En ocasiones pareciera resaltarse demasiado unívocamente el papel del arte como forma más acabada de expresión espontánea de la singularidad de un individuo particular. Si bien este carácter es innegable, y uno de los aspectos más valiosos de la producción artística, es sólo una cara de la moneda. No debe olvidarse que todo artista tiene durante su trabajo a un Otro en la mente, real o imaginario, en quien piensa a la hora de modelar su creación. Tampoco debe pasarse por alto que en tanto examinamos una obra de arte engendrada por otro siempre recorremos, de modo más o menos fiel, pero siempre sincero y empático, si realmente nos involucramos con la misma, una genuina ruta de su espíritu. Tenemos, entonces, un autor que intenta transmitir y comunicar algo de lo sublime e inexpresable de sus sensaciones y su mundo interno y un espectador que procura aprehender su experiencia, ahora plasmada en la pieza. Más allá de que se percaten o no de este proceso de comunión entre las almas el vínculo se establece entre ambos, y no es un vínculo trivial, sino particularísimo y específicamente humano; una tertulia entre seres distantes temporal y espacialmente, pero cercanos en el ágora de la obra de arte, que cristaliza una parte del alma del inventor ante la mirada sedienta del observador, que más y más se interna en el laberinto de sus senderos, llegando por último, de nuevo conciente o inconcientemente, a conocerle en algunos de sus aspectos más íntimos, lo cual sólo es posible si la creación fue en alguna medida, por más ínfima que fuera, concebida para un otro.
Este lazo no es otro que el Amor, que la aceptación y el reconocimiento desde lo profundo, genuino y personal -que no por ello es racional-, entre dos almas, opuesto a los parámetros de la costumbre y de la inercia social, que superficialmente, desligados, nos dejan yuxtapuestos unos junto a otros, como dados sin conciencia ni voluntad arrojados sobre los planos del mundo y de la historia. Sin esta reciprocidad auténtica es imposible la vida humana, sin este amor mediando entre la madre y su hijo sólo la muerte o la locura pueden sobrevenir. Es asimismo lo que subyace a la amistad verdadera, la alabada por los griegos. Es la sexualidad freudiana en toda su significatividad: un instinto sublimado que nos acerca y conecta al otro a través de la cultura. La obra, cualquiera sea su tipo, es siempre, por tanto, una llamada a la fraternidad, un vehículo o un canal para un mensaje de amor, codificado en lengua puramente humana. Esta condición necesaria para la subjetividad del hombre presupone la libertad, en tanto no es posible gestar un amor a través de la coerción o la predeterminación -lo cual no implica que su advenimiento sea únicamente resultado directo de una elección reflexiva o volitiva-, y la igualdad, ya que sería imposible un amor erigido sobre el desprecio, entre dos seres que se consideraran o fueran esencialmente distintos en todas sus condiciones y atributos.
El establecimiento de un nexo de esta naturaleza -una de cuyas formas es la creación de la obra de arte- es la máxima satisfacción del alma humana, su exclusivo valor absoluto. Es la única fuerza que puede levantarnos del lecho cada día, a sabiendas de que pasaremos la mayor parte del mismo en labores maquinales, con una monotonía que nos lacera el alma, y contemplado el sobreabundante martirio mundano, que llevó a Schopenhauer a decir, no sin fundamento, que para la mayoría de los hombres el infierno es la vida en la tierra. Solamente este preciado impulso nos permite soportar, sin ignorar, la dolorosa visión de las personas muriendo de hambre en las calles de la ciudad, de los ricos acumulando y despilfarrando frenéticamente el capital, en el vano afán de llenar con objetos materiales innecesarios un vacío que es espiritual, y de acallar un miedo especialmente burgués a la muerte. Es el sacro ímpetu que nos salvaguarda del peso de la conciencia de la inevitabilidad de la muerte, de la angustia existencial por el sinsentido y la crueldad de la vida. Es, por último, el apasionado vendaval que nos mantiene alejados de los mares del cinismo, la misantropía, el resentimiento, el nihilismo y la melancolía, a los que tan fácilmente nos pueden empujar los acontecimientos cotidianos; y nos permite disfrutar de algunos momentos felices y mantenernos en el anhelo y la lucha por un mundo mejor -recordando las certeras palabras del Che Guevara, que decía que en la vida hay que endurecerse pero sin perder jamás la ternura-, donde la vida en general transcurra sin tanta injusticia, aflicción, levedad y superfluidad.
Por estos motivos vale la pena resaltar el puente que tiende el arte, el amor, entre los espíritus: nos congrega, por la búsqueda de la satisfacción libre y concienzuda de nuestro deseo más humano, en una comunidad sincera entre iguales que se conocen, reconocen y admiten de buen grado, cuyo basamento esencial la predestina a la solidaridad y a la realización plena de sus constituyentes en el goce que mejor puede excitar el paladar de sus almas, aunque tristemente a veces se encuentre dicha sensibilidad tan escondida o negada, tras los velos de la costumbre, el padecer y la ceguera moral.
