Ira Invernal (Wintry Rage)

“¿Han de oscurecer sus criminales pensamientos el claro cielo de su eterna primavera? ¿Engendrará la ira invernal de un implacable terror que lleva a la locura al verse sujeta al cetro que todo el día pesa sobre sus encogidos hombros?” William Blake.

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Iván se encontraba fuera de casa, cortando algunos troncos para obtener leña. El golpe seco de su hacha se esparcía un poco, tímidamente, para luego desvanecerse en la inmensidad del bosque de pinos cercano. Se detuvo por un momento para descansar, respiraba muy dificultosamente y los brazos le dolían. Cuando se disponía a retomar con su labor, escuchó el crujir de una rama, cerca de la arboleda y, al elevar la mirada por encima de los maderos, vio a dos lobos que olfateaban curiosos y, poco a poco, iban hacia el granero. Rápidamente, se dirigió en la misma dirección, aunque nevaba despiadadamente y los depredadores se movían mucho más hábilmente que él, sin hundirse ni agitarse. Por fortuna, se asustaron ante los gritos y gestos con el hacha, que Iván hacía mientras procuraba llegar, y salieron corriendo a los interiores del bosque, perdiéndose de vista en pocos segundos. Ya más tranquilo y aliviado, Iván entró al granero, dejó el hacha al costado de la puerta y comenzó a revisar a cada una de sus trece ovejas, para indagar si alguna había sido herida, aunque le resultaba una posibilidad lejana, dado que creía que habría escuchado el alboroto. Cuando terminó, y comprobó que todas estaban sanas, se sentó un momento para recuperar el aliento y, a continuación, tomó una vieja escopeta, que allí tenía guardada, y salió del lugar. Se internó escasos metros entre los árboles y disparó al aire dos veces, con la clara intención de mantener a los intrusos a raya, al menos por un rato. Volvió y tiró el arma en una esquina. Les dio de comer a sus lanudos animales, que estaban bastante atemorizados por los estruendos, y salió finalmente, exasperado, en busca de un poco de paz en su morada.
Presurosamente, motivado por el cruel frío que lo recorría, transitó los casi veinte metros que separaban el granero de la modesta cabaña. Cruzó el umbral, cerró la puerta tras de sí y se quedó contemplando unos instantes, desde allí, a su hermosa esposa Elena y a su hija Maryana, que estaban recostadas, cerca del calor. Se aproximó y depositó dos leños, que traía consigo, junto a la estufa, y notó que sólo la pequeña permanecía dormida, mientras que su mujer abrió los ojos y lentamente fue incorporándose. Lo miró fijamente, y con una sonrisa le agradeció todo su esfuerzo. Lo besó luego suavemente y se acomodó un poco la rojiza cabellera. Con un gesto le indicó a su marido que no hiciera ruidos fuertes, ya que su hija descansaba apaciblemente, y volvió a tenderse junto a ella, sobre una cálida piel de oso marrón, que el mismo Iván había matado años atrás. Él se sentó a la mesa, luego de colgar el abrigo, y se sirvió medio vaso de vodka, para intentar recuperar algo del calor que le había sido arrebatado. Junto a una lámpara de aceite Elena le había dejado una píldora y el diario, de hacía tres días. Tomó el medicamento y se puso a leer el periódico.
Tiempo después algo distrajo a Iván de su actividad; notó olor a humo y se levantó de la silla para ir a examinar la estufa. Al ponerse en pie se sintió algo mareado, sin embargo, logró comprobar con la mirada que era efectivamente desde donde intuía que provenía el malestar. No le pareció nada raro, ya que la pequeña chimenea solía taparse de hollín y tierra. Se aproximó luego y la movió un poco, intentando destaparla, y se dirigió a la cocina, para abrir una pequeña ventana. Cuando lo intentó, descubrió que estaba congelada por fuera y no se desplazaba un centímetro, si bien se esforzó intensamente en ello. Mientras pensaba qué hacer, notaba que el humo se expandía, cada vez más en el ambiente. Casi corriendo, pero todavía intentando preservar el delicado silencio, pasó nuevamente cerca de la estufa y volvió a sacudirla, en esta ocasión con más intensidad, mientras en voz baja murmuraba algunos insultos. Trabajosamente, subió las escaleras e intentó abrir el ventanal de la habitación principal, pero también estaba atorado. Bajó corriendo, ya agitado y sin preocuparse por el ruido, pensando que probablemente el problema estaría solucionado, para darse ánimos y no perder la calma. Se paró frente a la vieja y gris salamandra y vio como ésta seguía exhalando un vapor negro y desagradable, sin dar el menor indicio de culpa alguna. Tomó uno de los leños y le propinó una buena patada, para dirigirse luego hacia la puerta principal, con intención de dejarla entreabierta para purificar el aire. No habiendo dado más que unos pasos, escuchó un agudo crujido, seguido de un fuerte golpe. Volteó y, sorprendido, observó que el calorífero se había desprendido de la chimenea y caído de costado, abriéndose y expulsando el carbón y madera ardientes que contenía, en el lugar donde su esposa e hija dormían. Maryana despertó dando un alarido, que conmovió profundamente el corazón de su padre. Ascuas blancas habían caído sobre su tersa piel, y la quemaban, provocándole un dolor a penas figurable por intermedio de tales gritos. Su madre despertó también al instante, e intentó socorrerla, pero percibió, horrorizada, que un trozo de carbón le había abrasado la pierna, en el muslo, y que su pelo comenzaba a arder rápidamente, por una astilla de madera encendida, que se posó sobre su cabeza. Se incorporó velozmente y fue hacia la puerta, con la esperanza de aliviarse de aquella inminente amenaza, sumergiéndose en la nieve. Sin embargo, tropezó con el otro leño, y su cráneo golpeó fuertemente contra el borde de la mesa.
Iván corrió azarosamente unos momentos, desconcertado y sin saber qué hacer, y quedó luego anclado en inerme estupor, bajo el marco de la puerta de la cocina. Quería moverse y ayudarlas, desesperadamente y con todas sus fuerzas, pero los músculos permanecían en una tensión inmutable, y así fue condenado a presenciar como el carbón había dejado en carne viva la piel virgen de su pequeña hija, ahora inconsciente, por quedar exhausta de gritar y estar expuesta a semejante dolor, y por la impresión de ver su cuerpo y el de su madre en tal estado. Era consumida sobre el altar flamígero que formaba la piel de oso llameante en que yacía, sin poder ya oponer resistencia al destino, lento pero inevitable, que la devoraba.
Obligado y encadenado a ver al amor de su vida, único atenuante de la soledad que primaba en su vida en la lejanía, madre de su única hija, ser destruida por el fuego, a ver su cara, cuya imagen tantas veces le había traído paz, ser corrompida y deformada por aquella fuerza incontenible. Fue demasiado. Lo que más asustaba a Iván era no saber si la caída había acabado con ella, o debería aún padecer la sentencia de la quema.
El fuego comenzó a extenderse hacia él y, movilizado por una fuerza que parecía provenir de lo más elemental y dominante del alma, saltó por encima del cuerpo flameante de su esposa y abrió la puerta de la casa. Seguido de ello, comenzó a correr hacia el granero. Ya no sentía nada, a excepción de los movimientos de su corazón, que latía aceleradamente. Al llegar, comenzó frenéticamente a buscar la escopeta, que no recordaba dónde había puesto. Las ovejas, asustadas, se golpeaban contra las puertas de sus corrales, incrementando el grado de su desesperación. Finalmente la vio, tirada contra un costado. Corrió hacia ella, la levantó y se preparó para el final: se sentó contra la pared, se quitó una de sus botas y puso el cañón del arma en su boca y el pie en el gatillo. Las lágrimas brotaban a borbotones de sus ojos que, sin poder centrarse en un punto fijo, parecían haber quedado atados eternamente a las imágenes de su esposa e hija víctimas del fuego. Los cerró con un último esfuerzo y presionó el gatillo. No sucedió nada. Una y otra vez perseveró en sus intentos, hasta que logró resignarse y aceptar que el arma estaba descargada. Con mucha dificultad, se puso en pie y la arrojó lejos de sí. Dentro de él ya no quedaba más que un mar tempestuoso, y las fuerzas de su cuerpo estaban a punto de extinguirse. Solamente deseaba el fin. Así, exhausto y cabizbajo, a penas pudiendo renguear, se acercó a la puerta del granero y contempló su morada: por dentro brillaban las llamas danzantes, que indiferentemente aniquilaban todo cuanto había amado y todo por lo que se había esforzado. El dolor se apoderó de él. Sentía una presión desmedida en el pecho, que lo sofocaba y comenzaba también a hacer fuerza contra su cuello y estómago. Un mareo le quitó la verticalidad y así, postrado en el suelo, no pudo soportar la náusea que lo atacó, y vomitó todo cuanto tenía dentro. Quedó inmóvil, como si tuviera un yunque sobre el torso, que le impedía erigirse, y su conciencia ya estaba casi desvanecida. Sentía llegar el final. Ya no había nada por hacer, no quedaba esperanza que pudiera levantarlo. Cerró sus ojos por última vez y decidió sólo esperar, mientras una y otra vez rememoraba los trágicos sucesos, y su cuerpo se secaba de lágrimas. Todo fue silencio, todo fue un lento, interminable desagote; únicamente podía escuchar el crujir, cada vez más fuerte, de unas ramas en el bosque…

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