La caricia que condena

El agua del mar cubría intermitentemente los pies de Agatha, que se encontraba sentada en la orilla, mirando a su padre nadar y jugando con la arena mojada. Pocas veces se había sentido tan feliz, la playa y la compañía de su padre eran dos de las cosas más preciadas para ella. A esto se le sumaba que era la primera vez que visitaba el Caribe y solo unos días atrás había sido su mítico cumpleaños número quince. La belleza del lugar la sorprendió en grado tal que pasaba día y noche contemplando el océano, recostada a sus puertas.

Luego de un rato de hacer pozos y ver como los mismos eran rellenados en pocos minutos, decidió ir a nadar con su padre; se levantó, con algo de pereza, y comenzó a correr hacia él, buscándolo con la mirada, sin embargo, el mar ya no regresaba, se alejaba únicamente y por más que andaba ella a la máxima velocidad que sus piernas le permitían, no pudo alcanzarlo. La playa se tornó un desierto desolado. Algo desconcertada por lo sucedido, se dejó caer sobre la arena, puso sus manos detrás de su cabeza y se quedó contemplando el cielo: el sol brillaba y no había nube alguna que opacara su resplandor. Unos momentos después, unas gotas comenzaron caer sobre la cara de Agatha, volviéndola todavía más insegura… despertó.

Al abrir sus ojos, se dio cuenta que afuera llovía tempestuosamente. Se apresuró en salir de la cama y cerró la ventana después. Durante unos instantes se quedó observando como el agua golpeaba continuamente techos de casas y autos. Tenía una perspectiva privilegiada desde ese lugar. También desde allí pudo ver que eran las once y treinta de la noche, por el reflejo de su reloj. Se sintió presa del hambre, ya que se había acostado sin cenar, pero no hizo caso a aquel malestar y se sentó en la cama. Prendió un modesto reproductor de música, que tenía apoyado sobre una mesita contigua, y sacó una caja de cartón bastante grande de debajo de la cama. Dentro había fotos de ella y su padre, algunos libros, muñecas desgastadas y una caja más pequeña, de donde extrajo una botella de whisky barato, llena hasta la mitad. Cerró las cajas, se recostó y se puso a beber unos tragos.

Antes de que pudiera acabarse la botella alguien comenzó a golpear, descaradamente fuerte, contra la puerta de su habitación.

- ¿Quién es? – preguntó Agatha con tono indiferente, mientras tapaba la botella y la metía nuevamente bajo la cama.

- ¿Quién va a ser, tonta? Por favor, abrime ya esta puerta que necesito decirte algo – replicó una voz femenina.

- En un segundo Erica, dame un segundo sin que te exasperes – respondió Agatha, al tiempo que se ponía en pie y cruzaba el río de cds, papeles y revistas, que cubrían casi la totalidad del piso de su pequeña habitación, para llegar a la puerta.

Soltó el cerrojo y en un momento la puerta se abrió completamente, empujando a Agatha hacia atrás. Tropezó y cayó en el suelo. Entró la otra mujer a la habitación, prendió la luz y comenzó a mirar, con desconfianza e impaciencia, cada rincón del precario cuarto de Agatha. Finalmente la vio tendida en el piso y con expresión de descontento en su rostro le dijo:

- No sé cómo tenés el atrevimiento de tratar así a tu madre… bueno, por lo menos no hay olor a droga en tu habitación hoy.

- Desde ya que no hay – le dijo su hija mientras se incorporaba sin ayuda.

- Dale nena, no tengo toda la noche – decía Erica, mientras Agatha se sentaba en la cama – toma esta plata y tráeme dos paquetes de cigarrillos, que se me acabaron hace un rato.

- Ahora te los traigo – contestó la hija, su voz transmitía tristeza y frustración.

- Arréglate un poco antes de irte por favor, nadie te pide nada, pero, cuando menos, no me hagas quedar en vergüenza.

Agatha suspiró, se desnudó íntegra y se puso un viejo pantalón, unas botas para la lluvia y una camisa negra. Entró en el baño, prendió la luz y se miró al espejo: su hermosa cabellera negra estaba muy despeinada y descuidada y el maquillaje, del mismo color, que adornaba sus ojos, diluido y corrido por el caer de sus lágrimas. “Que asco” pensó, y comenzó a lavarse la cara hasta que solo quedó el color blanco de su pálido rostro. Acto seguido se acomodó levemente el pelo y se pesó. Cuarenta y seis kilos exactos. Sonrió y salió del baño, pasó corriendo por la cocina – donde estaba su madre viendo televisión – y cruzó el umbral de la puerta principal. Cerró con un leve golpe, que parecía indicar su emoción por escapar, al menos por corto rato, de las discusiones con Erica.

Comenzó a bajar las escaleras del edificio – vivía en el sexto piso y hacía años que los ascensores no funcionaban – lentamente, escuchando las voces que provenían desde dentro de los otros departamentos. Ya por la hora, sin embargo, nadie parecía estar fuera de su hogar. Al llegar al segundo piso, Agatha se detuvo contra el marco de una gran ventana, enrejada por fuera, y se quedó mirando la calle unos segundos. Mientras lo hacía metió su mano en uno de los bolsillos de la camisa y comenzó a mover y jugar con un pequeño frasco de vidrio, que allí llevaba guardado. Finalmente se decidió a sacarlo y lo abrió. Vertió parte del contenido – un polvo blanco – sobre el marco de la ventana y lo contempló por unos segundos. Comenzó a sollozar. Sacó el billete de veinte dólares que le había dado su madre minutos atrás y formó una línea recta con el polvo, enrolló el papel y aspiró la cocaína. Todo preludio de llanto cesó y se sintió infundida de energía que la recorría velozmente. Agarró con todas sus fuerzas la reja de la ventana, inhaló profundamente y mientras comenzaba a soplar dio varios tirones a las barras, queriendo arrancarlas ilusamente. Bajó corriendo los dos pisos restantes y al salir se quedó inmóvil, al sentir las gotas que caían sobre su cuerpo. De pronto un trueno quebró el lúgubre silencio de aquella noche y la llenó de temor. Se recorría en ideas y fantasías de que la habían comenzado a seguir. Retomó nuevamente la marcha, corriendo todavía más rápido, en dirección a la pequeña tienda que estaba a dos cuadras de su edificio.

Al acercarse, comenzó a distinguir la luz del lugar, esto la tranquilizó y desaceleró un poco. Para cuando entró, ya estaba empapada y su aspecto sobresaltó al hombre que atendía la estación de servicio con despensa. Compró lo que le había sido encargado además de una botella barata de Vodka. Salió de la tienda y se fue a un costado, donde el techo todavía la resguardaba del castigo de la lluvia, pero donde también la luz casi era nula y nadie más se espantaría de verla; de cualquier modo en todo el recorrido no había visto a otra persona, a excepción del comerciante. Se sentó pensadamente contra la pared, abrió la botella, tomó un poco y la dejó a su lado. “Espero a que pare y vuelvo” se dijo y del bolsillo del pantalón sacó una cajita de plástico con dos cigarrillos de marihuana. Encendió uno y se quedó fumando y bebiendo por un rato, en total soledad.

Al terminar de fumar y de beberse casi todo el alcohol, se levantó, no sin bastantes problemas, y lanzó la botella casi vacía contra la pared del edificio continuo, que se encontraba abandonado desde que ella tenía recuerdos. El estruendo le arrancó unas carcajadas, que cesaron de inmediato cuando alguien apoyó la mano sobre su espalda. Sintió una angustia tan intensa, que parecía poder atravesar por el centro tanto su cuerpo como su espíritu y detenerlo en cuestión de segundos. Como instintivamente, poseída por aquel impulso, dio unos pasos hacia delante y volteó intentado sacudirse el temor de encima. Poco a poco lo fue identificando, reconociéndolo: medía aproximadamente un metro con noventa centímetros y vestía unos zapatos negros que relucían de lustre, camuflando la calidad mediocre y una larga gabardina negra, que parecía haber estado en contacto con el agua por varias horas, completamente cerrada, que solo dejaba entrever la parte baja de unos pantalones de vestir igual de corrientes. Una barba mal afeitada y una sonrisa altiva, que parecía querer imponer una idea de status y levantar por el cuello a cualquiera que, con razón o sin ella, quisiera cuestionarla, completaban lo necesario del sujeto. La angustia cesó en Agatha tan rápido como había irrumpido en su mente y en su lugar empezaron a germinar la desesperanza, la tristeza, el odio y aquel miedo, que en vano intentó abandonar momentos antes de conocer la identidad del curioso personaje.

El hombre, de porte intimidante, se acercó nuevamente a ella y, manteniendo su distintiva sonrisa invariable, le dijo:

- Veo que no estás sorprendida de verme. ¿Me estabas esperando acaso?

- ¿Por qué te estaría esperando a vos? – le dijo Agatha intentando mostrar, sin éxito, una relativa templanza.

- Creo que lo más indicado sería que no juegues a hacerte la indiferente… a menos, desde luego, que tengas la plata para cancelar nuestra deuda – le respondió el hombre irritado.

- Ya te dije ayer que no iba a llegar para hoy, Nathan, necesito más tiempo… - decía Agatha, tratando ya solo de contener las lágrimas – no me es fácil reunirla.

- ¡No te endeudes entonces, estúpida! – le gritó Nathan entre risas – Agatha preció haber sido golpeada por el ímpetu de aquellas palabras, de modo tal que casi la tumban… - Bueno, bueno – prosiguió él finalmente, ya más sereno – se ve que no estás para una buena en esta vida, creo que si te quedaras sin alcohol y drogas no pasarían dos minutos antes de que te suicidaras. Si quieres que considere otro plazo, acompáñame.

Después de haber dicho eso, Nathan pasó al costado de Agatha y siguió en dirección al edificio donde la botella había impactado. Por unos momentos ella permaneció quieta, intentando reunir fuerzas para sobrevivir a lo que se avecinaba. Al final volteó y comenzó a seguirlo. Las piernas le temblaban y tenía los hombros rígidos por la tensión, los mareos la hacían tambalear. Se mojó nuevamente al cruzar la solitaria calle y cuando llegó al otro lado, aquel que tantas veces se había mostrado comprensivo y amistoso cuando ella le compraba drogas, ahora abría de una patada una de las puertas podridas de ese sucio edificio, abandonado y consumido por el tiempo, y le ordenaba que entrara. Una vez que los dos estuvieron dentro, él la arrojó violentamente contra una pared húmeda y lodosa. Hubo silencio por unos segundos y luego solo el sonido del caer de la lluvia, y de sus pasos, acercándose. Sintió su respiración en la nuca y un frío que le llagaba a los huesos la puso todavía más tensa. Nathan apretó sus manos contra los hombros de Agatha y lentamente fue bajando, percibiendo cada respiración, cada temblor, cada sollozo. Le desabrochó los pantalones y se los bajó hasta los pies, comenzó a recorrer su cuerpo con las manos. Se detenía algunos instantes y proseguía, aumentando cada vez más el pánico en ella. Finalmente, comenzó a desabrocharse la gabardina y el cinturón, haciendo ruidos para que Agatha se diera cuenta, sin verlo; estaba de espaldas a él. Ella casi no podía respirar, lo hacía entrecortadamente y en intervalos muy irregulares. Luego de esa espera, que le pareció eterna y asfixiante, sucedió lo que más temía: sintió como la bombacha le fue prácticamente arrancada y su aborrecido opresor comenzó a penetrarla, despiadadamente. El sufrimiento físico y mental se le hacía extremadamente difícil de tolerar, cada tanto daba indicios de comenzar a llorar o gritar, pero se detenía al instante, porque ante tales señales su agresor no hacía más que incrementar la tortura. Dentro de ella confluían afectos y sensaciones descoloridas, percepciones teñidas y deseos opuestos, que la habían llevado casi al desmayo, solo uno fue momento de claridad, solo una percepción logró abrirse paso, plena e intachable, hirviente y a penas concebible: placer. Esbozó un principio de gemido, casi inaudible, pero lo suficiente como para suscitar una risotada en el atacante. Inmediatamente siguió un llanto incontrolable, por parte de ella, que ya ni siquiera podía sostenerse en pie y solo dejaba su peso en la pared y en las manos implacables e indiferentes del tormento. Lo último que sintió, fue una cucaracha, o al menos eso creyó, que caminaba por su brazo y su espalda luego. Víctima de un renovado terror, comenzó a retorcerse y forcejear, hasta que cayó al suelo estrepitosamente. Lejos estaba de poder incorporarse, simplemente permanecía quieta, con la mirada fija y el cuerpo destrozado.

Nathan quedó satisfecho, sonreía complacido. Se arregló rápidamente la ropa y contempló unos segundos lo que quedaba tirado en el piso de aquella niña, que hacía algunos años atrás, había llegado a él queriendo comprar marihuana, que suponía para tolerar el abandono del tal Edward, si no recordaba mal, su padre. Ya hacía tiempo que en él imágenes como estas no engendraban más que desprecio, así que simplemente se retiró, procurando no ser visto casualmente.

Pasaron algunas horas más hasta que Agatha pudo ponerse de pie, volver a vestirse y comenzar a arrastrarse hasta su casa. En todo el camino casi no pudo dejar de llorar el odio que la recorría: hacia su madre, Nathan, el vendedor de la estación de servicio, que aparentemente no escuchó nada, pero en especial se odiaba a sí misma: la deuda, el sometimiento, el placer en que veía su última decadencia. Cuando finalmente llegó a su edificio, contuvo la respiración, se mojó la cara con la lluvia y el llanto comenzó, por fin, a ceder. Subió las escaleras con mucho esfuerzo mientras esperaba ansiosa que al llegar, su madre ya estuviera durmiendo. Entró, sigilosamente, en el departamento y se asomó primeramente a la cocina. Allí estaba Erica, frente al televisor. Volteó, la miró por unos segundos y no pudo distinguir nada muy en claro, debido a que solo la luz proveniente del televisor alumbraba, sin embargo, le dijo a su hija:

- A veces entiendo por qué se fue Edward. Te mando a comprar algo a dos cuadras y volvés cuatro horas después oliendo horrible y, seguramente, no trajiste lo que te mandé, ni la plata. Menos mal que no puedo verte, creo que me moriría de pena.

Agatha tuvo deseos de asesinar a su madre, sin embargo no le quedaba energía ni para algo que al momento parecía necesario lógicamente. En cambio, corrió hasta el baño, se quitó la ropa y se quedó bajo la ducha, hasta el amanecer. Cuando los rayos del sol comenzaron a pasar a través de un pequeño tragaluz en el techo del baño, salió de la tina, se secó un poco y ya completamente exhausta, recorrió un último tramo, para caer rendida al sueño, todavía desnuda, sobre la cama.

Al abrir sus ojos, percibió que había parado de llover y ya era plena la noche, de aquel nuevo día. Miró su reloj, que daba las diez en punto y se quedó unos minutos más tendida sobre la cama. Su rostro carecía de expresión precisa, solo daba indicios de desconsuelo y apatía, se asemejaba más al molde de una joven que a la joven misma. Salió de su habitación buscando a su madre, pero no estaba por ninguna parte de la casa. Por un momento la idea de Erica siendo torturada y asesinada por el traficante – no solo una vez la había amenazado con algo semejante – recorrió su mente y se sintió entre el alivio y el temor, o una condensación de ambos. De cualquier manera, desestimó la idea enseguida, ya que también era usual que su madre fuera a visitar a alguna de sus vecinas. Pronto volvieron los recuerdos de la noche pasada y decidió que ya había tenido suficiente. Todavía desnuda, se terminó el whisky que le quedaba, se fumó su último cigarrillo de marihuana, se cambió y salió posteriormente a recorrer la ciudad.

Pasó por muchos bares y boliches, en todos se reencontraba con viejas amistades y todas la ayudaban a mantenerse alejada del pesar de su memoria. En uno de esos lugares, sin embargo, también fue vista por uno de los contactos de Nathan, que no tardó en advertirle que quien supuestamente sufría mucho por no poder pagarle, andaba de juerga por el centro de la ciudad, sin la menor preocupación.

Cuando dieron las cinco de la madrugada Agatha difícilmente podía mantener el rumbo. Volvía a pie del último lugar donde había estado y le quedaban unas veinte cuadras todavía por recorrer. Ya cuando estaba más cerca, divisó la pequeña capilla, ahora abandonada, donde había sido bautizada. Sin dudarlo, entró por una ventana, que estaba mal tapiada, y se recostó en una de las gradas, semi destruidas, que quedaban en el fondo del lugar. Durante algún tiempo se quedó recordando con alegría su niñez y las épocas en que podía comunicarse con su madre, se preguntaba si el abandono de su padre habría sido lo único que socavara su relación. Mientras se perdía en estas reflexiones, casi se quedó dormida, pero un fuerte estruendo la sobresaltó. Se sentó y observó que la estatua de Jesús crucificado que colgaba sobre lo que quedaba del antiguo altar se había desprendido, revelando un enorme agujero en la pared, que daba a la calle, y cayendo al suelo, aunque sin dañarse. Miró hacía la abertura unos minutos más, en un momento le pareció ver una luz que venía desde afuera, sin embargo nunca existió o desapareció rápidamente, así que volvió a recostarse. No mucho después, volvió a ser perturbada por unos ruidos, esta vez, sin embargo, se trataba del sonido de la madera al resquebrajarse. Atemorizada, se incorporó y quedó atónita al ver como Cristo se había vuelto carne y trataba de liberarse, de la cruz a la que estaba clavado. Antes de que Agatha pudiera decidir si huir o permanecer allí, Jesús había logrado incorporarse y la contemplaba, apacible y sereno, aunque sus heridas permanecían abiertas y perdía mucha sangre, que tenía un olor extraño, a la vez conocido e indefinible. Comenzó a caminar hacia ella y Agatha, detenida por el estupor, no podía más que aguardar. Cuando estuvo a su lado, Cristo le acarició el pelo, manchándolo de sangre y le sonrió tiernamente.

- ¿No hay nada que quieras decirme? – preguntó, con una voz que apaciguó los temores de Agatha. Esta tardó unos instantes en responder, miles de preguntas y oraciones le venían a la mente y le parecía imposible decidirse. Finalmente dijo, al tiempo que las lágrimas le mojaban las mejillas:

- Perdón.

- ¿Perdón? ¿Por qué habría de perdonarte yo? – le replicó él.

- Por mis pensamientos, mis actos, mi vida, todo – le contestó Agatha con dificultad.

- ¿Por qué lloras? ¿Por qué te preocupas? – decía Jesús, sonriendo ahora más acentuadamente - ¿Es que acaso creías que yo esperaba algo de ti? ¿Por qué sentiste una libertad semejante como una falla? ¿Sería que no llegó cómo tal? – Se sentó junto a Agatha y la abrazó, cubriéndola con su sangre, la besó en la frente y cerró sus ojos con la mano – Ya no es importante pensar en estas cosas por más tiempo, vamos a otro lugar.

Al abrir los ojos Agatha se encontró en la playa del Caribe junto a su padre. Él se levantó, se alejó unos pasos de ella y empezó a saludarla mientras le decía que pronto estarían juntos nuevamente. Ella lo contemplaba y se sentía feliz, tan solo por estar cerca de él. El viento comenzó a soplar con bastante fuerza y Agatha percibió que en cada ocasión que el viento la recorría, una parte de ella se volvía arena y se perdía volando. Esto no la inquietaba, por el contrario, la idea de formar parte de aquel paraíso eternamente la llenaba de júbilo. Pronto ya no quedó nada del cuerpo de la joven Agatha…

Erica despertó algo tarde, cerca de las nueve, ya que había vuelto pasada la medianoche, de jugar a las cartas en lo de una de sus amigas. Mientras se preparaba el desayuno, encendió el televisor y sintonizó un canal de noticias. Al parecer alguien había incendiado una antigua capilla abandonaba y dos dotaciones de bomberos trabajaban para apagarla. Cuando la cámara enfocó de cerca el lugar, lo reconoció al instante…

No hay comentarios:

Publicar un comentario