La máquina del sueño

PARTE I – Ascensión


Desbocado corría un caballo en el seno de una estepa magullada por el Sol. Su jinete, falto de temor, no hacía más que contemplar la soledad que lo rodeaba y aferrarse con todas sus fuerzas a las riendas, que de tanta fricción le habían herido ya las manos, mas no la voluntad. Impredecible era el destino de su montura e inmensurable el terreno por atravesar, pero mejor se encontraba sobre aquél insolente animal, que a pie en tan inhóspita locación. Largo tiempo más galopó velozmente, tanto que se asemejaba más a una máquina que a un ser viviente, hasta que cerca de un grupo de arbustos y rocas empezó finalmente a detenerse el equino, para pastar o buscar agua tal vez. Desdichado fue, sin embargo, cuando mientras marchaba desganado una serpiente cruzó arrastrándose entre sus patas y fruto de la torpeza la pisó en la cola, a lo que ella le respondió apuñalándolo con los colmillos; una mordida más rápida de lo que le toma a un rayo desvanecerse en el cielo. Corcoveó entonces violentamente la bestia y arrojó lejos de sí a su pretendido comandante, que voló varios metros por sobre la maraña de plantas rudas, donde observó por un instante la lucha despiadada entre un escorpión y una tarántula, para terminar cayendo duramente sobre el suelo, suscitando nuevos gritos de hombres y bestias, que alimentaban su confusión. Se incorporó con lentitud, intentando aclarar mientras tanto la mente, y observó que había aterrizado sobre otro jinete, cuyo jamelgo le había hecho correr su misma desventura y yacía ahora inmóvil a unos pasos de distancia. Revivió plenamente su conciencia al ver otra víbora que ágilmente se aproximaba en esa dirección, perdiéndose por momentos entre las heridas del terreno y el polvo que el viento levantaba, pero antes de que pudiera reaccionar, para su fortuna, un águila disipó la amenaza con sus garras; y con ella, ahora presa muerta, se fue bajo el Sol refulgente volando, hasta perderse en el horizonte.
Habiendo recuperado, entonces, un poco más la calma, comenzó el muchacho a acomodarse toscamente los cabellos, de tinte azul, que contrastaban con el suelo y se fundían con el cielo; a sacudirse el polvo del negro traje que vestía y a acomodar los complejos dobleces de aquella extravagante pieza de costura. Infundido de una invariable analgesia general, se acercó, seguido de eso, a quien, envuelta en ropas y velo negros que no podían ya, pese a cubrirla enteramente, esconder las raíces de su género, permanecía inconsciente sobre el suelo. Avanzó a través de unos cacharros y los restos de una precaria fogata, que por el paraje estaban esparcidos, denotando que llevaba ya algún tiempo allí y que sola no se encontraba. Cuando estuvo a su lado, víctima de una curiosidad irreprimible, procedió a quitarle el velo, al tiempo exacto que abrió ella los ojos, como si le hubiera estado levantando los párpados mismos. Atónito quedó al contemplar el tesoro que acababa de descubrir y tuvo la sensación de que ni la esmeralda más preciosa, la hoja del árbol más antiguo en primavera o la pluma de un ave del paraíso podrían siquiera empezar a reflejar tenuemente el verde resplandor de aquellos ojos. Tal fue su efecto que cayó tumbado al suelo por el peso de la maravilla y el desconcierto que lo invadían y se le escapó de los labios, simplemente, ‘Gaia’.
- Tristemente, muy lejos estamos de ese bello lugar – ella le dijo.
- Nada quisiera yo más – replicó él, luego de unos segundos, desde el suelo – que llevarte a donde tu gustaras, que salirnos de este hostil desierto, pero dime primero cómo te encuentras, que fuerte caída te has ganado, gracias a mí, y créeme que, aunque ahora no haya cosa que lamente más, el tiempo no vuelve atrás y solo me queda la humilde esperanza de enmendarme contigo en el futuro. Dime pues, ¿te duele el pelo? ¿la nariz acaso?
- Que tonterías dices, ¿es que no ves que me encuentro bien?, dolor no siento tampoco y deja ya de preocuparte en demasía y anímate un poco, que no es la vez primera que ese testarudo camello me arroja de su lomo – contestó la joven.
Intentó entonces ponerse en pie, pero un mareo la detuvo a medio camino y un hilo de sangre brotó camuflado de entre sus rojizos cabellos y comenzó a bajar por su cara, recorriéndole la blanca frente primero, como una copa de vino derramada sobre una mesa de suave y frío mármol. Espectáculo tal infundió temor y culpa en el muchacho, que de un salto se puso en pie y agarrándola por el brazo procuró ayudarla a terminar de incorporarse y la acompañó hasta una gran roca, que se encontraba a escasos metros de distancia, donde se recostó ella. Asombrado, notó el joven que el rastro de sangre que iba dejando la infortunada sobre la estepa se poblaba al instante de verdes brotes de vegetación que comenzaban a batallar contra el áspero y cálido viento que los azotaba.
- Si mi sangre esparcida sobre este pequeño parche de tierra engendra esta vida… - comenzó a decir la joven con los ojos ya cerrados - ¿la sangre de los dioses sobre la tierra engendrará los grandes bosques que tanto añoro ahora recorrer?, ¿será un segundo del tiempo de los dioses lo que a nosotros se nos aparece como los años que demora un fuerte roble o un bello pino en madurar? Acaso para las hormigas y arañas que transiten esta desolación serán nuestros minutos las largas horas en que crezcan sus bosques, nuestro pasto, ¿verdad?
- Me confundes, ¿es que estás diciendo que eres la diosa de las arañas y las hormigas? – replicó su oyente sonriendo y prosiguió luego con más seriedad – Mejor será que descanses aquí por un rato, yo iré a buscar agua para lavar tu herida, pero, antes que nada, traeré a tu camello a tu lado, para que no te sientas sola. Hablando de eso, ¿tiene un nombre verdad? … ¿y tú?
- Hazlo… por favor, a pesar de lo que pasó, adoro su compañía… mi nombre… es Serra… y el suyo… Mageta… – dijo con dificultad la joven, ya casi desvanecida.
- Por cierto, yo soy Crovax – le susurró tiernamente el joven al oído.
Comenzó entonces a alejarse, con el corazón bañado de preocupación y desconsuelo, por los efectos de sus actos, en busca de aquél animal que pudiera atenuar, aunque más no fuera una pizca, la pena de aquella joven a quien él había afligido. Sin embargo, pese a sentirse responsable, también se creía muy afortunado, de haber hallado a tan hermosa muchacha en tan grande lugar despoblado y el recuerdo de aquél primer encuentro con sus ojos lo llenaba de cálida alegría y genuino optimismo, que desterraban de su mente los angustiosos pensamientos, acerca de la gravedad de su estado.
Empezaba ya a cubrirse la estepa con manto de estrellas, cuando dio con el esquivo camello, que se alimentaba cerca del cadáver de su caballo, ahora presa de los insectos y algunos pequeños reptiles, del otro lado de la concentración de arbustos. Se adentró un poco entre las plantas y lo tomó de las riendas, a lo que el animal reaccionó con rechazo y provocó que el muchacho se cortara el brazo con una rama en punta trabada entre unas rocas. Chispas brotaron de la herida y las llamas de su sangre comenzaron a esparcirse, desde su cuerpo, hacía los troncos secos y las plantas. En un arrebato de inspiración, ahogó la herida velozmente en la tierra y tomó entonces al camello, con el brazo sano, que esta vez se mostró dócil, infundido de temor por el fuego que comenzaba a avivarse cerca suyo, y se alejó con él de allí.
Para cuando regresaron, ya en plena noche, el fuego devoraba casi todo el matorral, iluminando los alrededores, que se veían recorridos fugazmente por los animales que huían de la roja amenaza. Observó que la muchacha seguía durmiendo y dejó al animal a su lado, que ya lejos del peligro se limitó a refunfuñar un poco y echarse en el suelo a descansar. Los ruidos del jamelgo provocaron que Serra esbozara una sonrisa, conmoviendo el corazón del joven, que la contempló placenteramente por largo rato, como si bebiendo miel estuvieran sus ojos, mientras pensaba dónde podría encontrar algo de agua. A su alrededor no vislumbraba más que árida planicie manchada intermitentemente de arbustos y menos que nada anhelaba alejarse demasiado de Serra. Tampoco en los restos del rústico campamento quedaba reserva alguna. Volvieron a su mente entonces las extrañas preguntas que hiciera la muchacha tiempo atrás y comenzó a reflexionar sobre ellas. ‘Si nuestros vastos bosques son una diminuta pastura de los dioses, también nuestros profundos océanos han de ser nimios a sus pies… si agua es lo que deseo una gota de los dioses es lo que necesito… hacer llorar a un Dios es lo que he de hacer, pues’ resolvió finalmente Crovax y se dispuso a idear la forma en que le arrebataría un sollozo a una deidad.
Pasadas horas de larga meditación, recorriendo cuantas pudiera de las insondables ramificaciones de su imaginación, se desnudó completamente, antes de que rayara el alba y cubierto ya no más que de esperanza y abnegación se procuró una piedra con borde afilado, besó los ojos de la muchacha que dormía, ahora en fiebre, y comenzó a adentrarse en la estepa.
Se dejó caer pesadamente en el punto más desolado que pudo encontrar y se acomodó, cruzadas las piernas y derecha la espalda, asemejándose al comienzo de una meditación. Inhaló entonces, cuanto aire pudieron robarle sus pulmones a la estepa, y comenzó, piedra en mano, a cortarse a sí mismo. Cada herida la hacía con tanta fuerza como tenía en brazos y cada grieta en su cuerpo le devolvía el calor de roca fundida que baña la piel, no pudiendo, sin embargo, hacer ignición con sí mismo. Cada grito salvaje que contenía era una lágrima que lo desbordaba. El velo negro de la noche se rasgaba por el brillo de su sangre y así, pasadas las horas, llegó a opacar el fulgor del matorral con su tormento, pero no pareció conmover voluntad alguna, ya que la estepa seguía tan árida y el cielo tan deshabitado de nubes como siempre.
Al mediodía siguiente, mientras sus heridas eran acariciadas por los inclementes rayos del Sol y rememoraba incontables leyendas, intentando vanamente comprender a los dioses, escuchó un leve sollozo, casi fantaseado, que iba rompiendo en llanto y una sonrisa se dibujó en su demacrado rostro. Poco le duró, sin embargo, su alegría, dado que lluvia no sentía sobre su piel y truenos no resonaban en sus oídos. Al abrir los ojos no vio otra cosa que a Serra que se acercaba, tiritando y con mucha dificultad, hacia donde se encontraba él, con esos grandes ojos llenos de lágrimas, cual perlas cubiertas por el agua del mar.
- ¿Qué estás haciendo? ¿Es que acaso perdiste el juicio? – preguntó la joven, con la voz repleta de tristeza.
- No deberías caminar, tienes que descansar hasta que te recuperes. Mi alma puede tolerar este sufrir, pero con lo que sé, con seguridad, que no podría vivir es con la pena de tu morir por mi causa – le respondió el, intentando mostrarse entero todavía.
- Cuando desperté y a mi lado ya no estabas fui víctima del temor, si vine es porque no deseo verte sufrir, ¡mira tu cuerpo!, estás ya peor que yo ¿qué ganaremos con esto? Volvamos, pues si de morir hemos en este desierto, al menos compartamos nuestros últimos días cerca y ten también por seguro que entonces yo moriré feliz– continuó ella.
- Si hago esto es para intentar salvarnos… sin agua, como bien auguras, no muchos son los días que nos quedan… es por eso que, recordando cuanto me habías dicho sobre tu sangre, tome la decisión de hacer llorar a los dioses, para que tengamos de beber tú y yo ya más que tierra seca – contestó él, inmutable todavía en la misma posición.
- ¡Es una locura! ¿es que acaso crees que puedes comprender a los dioses? ¿cómo sabes siquiera que puedes llegar a ellos? No quiero que alguien más muera en vano… por mí… – dijo finalmente Serra, con lo último de sus fuerzas, y se rindió al desmayo.
Se incorporó torpemente entonces Crovax y la llevó, sobre su espalda, hacia refugio nuevamente. Sus brazos plagados de tajos y viciados de su fortaleza original apenas pudieron con su cuerpo. Cuando estaban ya cerca, ella recuperó parcialmente la conciencia y le susurró que se dirigiera en dirección a otra formación rocosa, a unos cien metros de distancia, y le pidió que le asegurara que, fuese lo que fuese que allí viera, no la iba a dejar sola. Su voz para él era ya lo que el fuego a la cera, por lo que simplemente asintió resolutamente y luego, combatiendo contra el cansancio y el dolor, como si sacra reliquia fuera lo que cargara, se abrió paso hasta aquellas piedras. A medida que se aproximaban, empezó a temblar ella con más intensidad y a respirar con agitación. Llegaron, finalmente, y descubrió allí Crovax la raíz de la tensión que afligía aún más a Serra. El cadáver de un hombre yacía, de brazos y piernas abiertas, sobre las rocas. La repulsión los asaltó de improviso a ambos: el cuerpo había sufrido los estragos de la fauna y el clima y era ya bastante difícil decir que había sido un hombre en vida, a no ser por los restos de sus ropas y un Ankh que colgaba de su pecho, separado de su cabeza y una de sus piernas.
Hastiado del lúgubre escenario, retornó Crovax con su compañera, al antiguo destino previsto.
- ¿Quién era ese hombre? – preguntó él, con cierto temor, cuando hubieron regresado.
- Murrow era su nombre… quien me trajo hasta aquí, es decir, quien conducía la caravana… - replicó Serra entre llanto.
- ¿Qué le pasó, pues? ¿Cómo es que le llegó una muerte tan violenta? –siguió inquiriendo Crovax, recordando en su mente al óbito desmembrado.
- Fue… mi culpa… a eso me refería antes… encontré una pequeña lagartija tomando Sol sobre una roca y la envolví en mis manos para enseñársela, pero cuando la solté sobre las suyas era… ¡un escorpión! ¡un escorpión que lo picó y le causó la muerte! No puedo explicar qué sucedió… pues por mi alma puedo jurar que no tuve intención de hacerle mal… pero que pereció es lo cierto y no hay nada ya que pueda hacer para cambiarlo – prosiguió ella, resignada.
- No comprendo tampoco qué pudo haber acaecido aquél negro día – le dijo él, al tiempo que la abrazaba, brindándole consuelo a su corazón – pero he de decirte que ni por un segundo dudaré de tus palabras, así que puedes estar tranquila sobre eso. Recuéstate y duerme un poco, ya no pienses en él más, ni en mí. Conserva fuerzas solamente.
Y volvió Serra a sucumbir al sueño. En la mente de Crovax seguía inmutable la idea de tocar el alma a los dioses, a su parecer la única viable ruta para la salvación de su amada, por lo que se preparó para volver a intentarlo.
Fue aquella una noche más fría que lo habitual, como congelada estaba la estepa por la luz de una luna llena, que se lucía majestuosa e imperante en el cielo, rodeada de infinitas estrellas, que parecían haber venido acompañándole, a presenciar el terreno espectáculo del infortunio de un mortal. Se dirigió entonces Crovax, a los ojos de esa luna y entre el susurro de aquellas estrellas, con el cuerpo desnudo y fatigado, mas con voluntad incansable y renovado deseo, hacia una extensa área de matorral que había descubierto detrás de las rocas que hacían ahora a la tumba del conductor de caravanas. Fue internándose progresivamente, y cuanto más avanzaba más le rasgaban la piel las secas ramas y las duras espinas, provocando que dejara a su paso una estela de fuego tal, que hubiera opacado al Sol mismo en su viaje diario al ocaso, y comenzara a gestarse un voraz incendio. Cuando llegó finalmente, después de atravesada muy larga distancia, al centro, alzó los brazos al cielo y su alma comenzó a arder lo que no podía su cuerpo, que, no sin menos pesar, era de todas maneras abrasado por las llamas. No pudo mantenerse en pie por mucho más, y el resto de la noche, que pareció durar lo que un milenio, la transcurrió revolcándose entre el fuego y las brasas, asfixiado por el negro humo. Mas con tal brutal fortaleza y esmero, no lograron terminar de consumirlo o ahogarlo por completo y se extinguió antes el incendio en derredor suyo que la última llama de su vida. Casi privado de fuerzas, se rindió al desmayo con la sola esperanza en su corazón de sentir pronto el dulce beso de las gotas de lluvia sobre su espalda que, ahora tornada rojinegra, quedaba exhibiéndose al cielo como retrato vivo de su padecer.
Tristemente, no fue otro que el Sol quien lo despertara al mediodía, reavivando el ardor en su carne y el descontento en su alma. Con mucho esfuerzo, se volvió hasta quedar de frente al astro, a cada centímetro le torturaba la fricción entre su desgarrada piel y la dura tierra, y presa de la ira no hizo más que maldecir a los dioses con cuanto aliento pudo encontrar en su vapuleado cuerpo. Pronto, sin embargo, debió contener la rabia y comenzar a arrastrarse, con sumo dolor, entre ceniza y asperezas, lejos de los insectos que comenzaban ya a alimentarse de sus heridas. Algunos buitres volaban en círculos sobre él, acompañando su patética marcha y anunciándole la futura desdicha que se avecinaba. Logró, pese a todo, después de interminables y penosas horas de andar por el suelo como bestia, llegar hasta donde recostada yacía Serra. Utilizando la poca fuerza que le quedaba, se sentó a los pies de la roca en que ella dormía y aguardó allí a su fortuna entre lágrimas de frustración e impotencia. Verdaderamente parecía imposible concebir a alguien que sufriera más que él. Despertó ella entretanto, al escuchar el llanto de quien había entregado ya todo de sí para su bienestar. Descendió entonces, merced también de sus últimas energías, a su lado y se sentó luego sobre él. Le acarició llena de pena la corrompida piel y le besó, con todo amor y vida cuanto corrían aún por sus venas. Por azar o divino designio, entonces fue justo a caerle sobre los labios a él una gota de la sangre de su herida, suscitándole una convulsión fortísima que la arrojó lejos de su cuerpo.
En pie se puso dificultosamente Crovax, víctima ahora de un temblor implacable que le arrebataba el control de sus miembros. No más que unos pasos llegó a dar, sin embargo, cuando como una montaña le quedaron rígidas las piernas. Confuso, no pudo más que contemplar el estupor de Serra que lo observaba, con sus verdes ojos abiertos plenamente, inmóvil, desde el suelo. Los pocos vellos que todavía poblaban su piel descascarada comenzaron a extenderse y bajar a través de su cuerpo hasta perforar la tierra y descender en ella. No podía ya separar los brazos o las manos del cuerpo y sentíase explotar por dentro. Pronto su piel se fue tornando marrón y dura, como templada por aquellas tempestuosas noches de infierno. Comenzaron a estirarse su pecho y su cuello y a salirle de la cabeza largas, muy largas mechas de cabello azul. Pasados apenas unos minutos, su cuerpo se había transformado en el tronco imponente de un gran sauce, de cuyas ramas brotaban miles de largas hojas color zafiro. Gritó Crovax con toda su alma durante el proceso, pero no escapó sonido alguno de su nuevo soma.
Se acercó Serra a rastras, cargando con el pesado lastre de la enfermedad y la culpa, a la base del majestuoso árbol, que ahora se erigía dominante entre la flora de la estepa. Pero la detuvo nuevamente el terror, cuando observó estallar en llamas a la tupida copa del particularísimo sauce. Lo vio incinerarse, pero sin consumirse, como si el fuego no hiciera otra cosa que vestirlo gentilmente de fina seda carmesí; mas no pudo, merced compasión divina por su alma, darse cuenta del indescriptible martirio que implicaba aquél arder para Crovax, ya que inmutable se mantenía anclado a la tierra y solo sus delgadas ramas y las flamas que hacían a sus hojas se movían, al ritmo del viento, que comenzó a soplar con creciente intensidad, embelleciendo todavía más, si es que tal cosa era posible, la danza de su tormento.
Entretanto, para satisfacción del caro anhelo de los amantes, el cielo se pobló de grises y negras nubes, que rompieron el tenso silencio del ambiente, alimentado por el mudo lamento de Crovax, con el rugido de sus truenos y pronto se desencadenó una violenta tormenta que bañó entera a la estepa. Al tocar las gotas la tersa piel de Serra, erradicaron al instante de su cuerpo el malestar y le devolvieron la vitalidad, mas no pudieron hacer nada por lavar el pesar de su alma al contemplar que el árbol seguía en llamas, evaporando con indiferencia a cualquier gota que sobre él pretendiera posarse. Se puso en pie entonces ella y abrió plena su boca, de cara al cielo, para beber hasta saciarse de la bendita lluvia que aquél abnegado joven le había procurado.
- Querido Crovax – comenzó a hablar al árbol la empapada muchacha - mi vida la debo a tus esfuerzos, que soberano mal te han significado, y eso me llena de tristeza, tanto como ahora esta lluvia salada inunda la tierra. Pero lo que más duele es saber que nunca podremos ya recorrer juntos los místicos senderos de los bosques de Llanowar, donde moran los bellos elfos y la vida florece entre caudalosos ríos y cristalinas cascadas, y que atado quedas al sufrir que por mí has escogido. Solo quisiera, pues, por el amor que ahora te tengo, liberarte de tu condena.
Y como si en el cielo mismo hubieran hecho eco esas palabras, por la justicia de su amante, vino de inmediato un relámpago a darle al sauce una estocada mortal que lo dividió en dos, extinguiéndose así, finalmente, su anaranjado resplandor. Serra cayó tendida ante sus restos y entre lágrimas y desesperación cortó una de sus muñecas para intentar revivirlo con su sangre, pero no surtió el efecto deseado y comenzó a sentirse desvanecer, hipnotizada por un extraño sonido que la invadía desde la lejanía…


PARTE II - Despertar


Abrió el joven los ojos y apagó el despertador, que sonaba incansablemente a su lado. El reloj daba las diez de la mañana y los rayos del sol se colaban por las hendijas de la persiana de la pequeña habitación. Empezó después a despegarse las ventosas de la cabeza y refregarse un poco los ojos y observó, mientras lo hacía, el despertar de la muchacha que acostada estaba junto a él. Lo miró ella sonriente y le susurró que guardara silencio al tiempo que señalaba a otro hombre, que dormía todavía, en un sillón cercano a la cama. Procedió también a quitar de su cabeza las ventosas y las dejaron ambos en la pequeña mesa de luz, donde estaba también el reloj.
- Que sueño… raro… ¿no? – dijo en voz baja el muchacho, algo ruborizado.
- Déjame ver… no sabría decirlo, es que no puedo recordar nada de lo que soñamos, que raro – respondió la mujer intrigada, también procurando preservar el frágil silencio.
- ¿De qué hablas? ¡Es imposible que no lo recuerdes! – contestó él, sobresaltado.
- Cállate Alejandro, que vas a despertar a Sebastián – le reprimió ella.
- Entonces no te hagas la desentendida, María, bien sabes que la máquina garantiza que recordemos todo lo que soñamos. Sé que fue extraño y atemorizante, quizá hasta algo vergonzoso, pero no por eso podés negarlo – replicó Alejandro.
- Te digo que no me acuerdo, así que deja ya de molestarme por un tonto sueño, que esta noche tendremos otro. Desde el principio tuve mis dudas sobre esta máquina y a lo de ayer solo accedí para que me dejaras en paz, pero veo que no sirvió de mucho. La idea de compartir los sueños es muy atractiva, pero ya ves que ni siquiera funciona adecuadamente – añadió irritada María.
- ¡Es que no entendés! No fue CUALQUIER puto sueño. Fue un sueño muy particular… y… y es preciso que te acuerdes. No le eches la culpa a la máquina, que yo me acuerdo perfectamente y miles de unidades se vendieron ya en todo el mundo y si fueran tan defectuosas, como vos decís, no hubieran tenido tanto éxito. Incluso te voy a mostrar algo más, para que dejes de poner esa excusa – insistió Alejandro.
Se levantó entonces de la cama y cruzó la habitación velozmente, hasta un escritorio con estantes, que estaba en una esquina del cuarto, mientras María daba un hondo suspiro y se dejaba caer pesadamente sobre el colchón. Abrió un cajón del mueble, donde habitualmente guardaba coloridas cartas de un complejo juego de mesa, al que solía dedicar largas horas años atrás, y revolvió entre ellas hasta que encontró un panfleto arrugado y lo tomó, entre satisfacción y desdén mezclados. Casi corriendo, retornó a la cama y se lo entregó, con expresión demandante, a María. Entretanto, Sebastián se había despertado y los observaba, algo extrañado, mientras procuraba desperezarse un poco. Arrancó ella el papel de las manos de Alejandro y lo contempló por un instante. Rezaba el panfleto ‘NUEVA máquina inalámbrica ONIR-ONx456. Comparta mágicas experiencias con sus familiares y amigos y recuérdelas por el resto de su vida tal y como si realmente hubieran sucedido, posibilidades ilimitadas a un precio…’ . Luego de leerlo María miró con desazón a Alejandro y tiró el papel al suelo.
- No me importa lo que diga una estúpida propaganda, no estoy mintiendo, te digo en serio que no recuerdo nada – dijo ella, casi a los gritos.
- Es increíble que después de tantos años de conocernos me quieras hacer creer que mágicamente el aparato funcionó conmigo pero no con vos, hacete cargo de lo que soñamos y déjate de joder - le respondió él, también furioso.
- Bueno che, cálmense un poco – interrumpió Sebastián, que se paseaba en calzoncillos y medias por la habitación – que es demasiado temprano para andar peleando. Al fin y al cabo, ¿qué carajo es tan importante de ese sueño que querés que se acuerde?
- No puedo decírtelo Sebas, no es por vos pero… – contestó avergonzado Alejandro – es algo entre ella y yo.
- Está bien, los dejo un rato a solas para que lo resuelvan y mientras preparo algo para desayunar, pero ténganse paciencia, que si escucho gritos llamo a la policía – decía Sebastián sonriendo, intentando transmitir calma a sus amigos, mientras se ponía unos jeans gastados que recogió del piso.
Tomó de la mesa de luz luego Sebastián un colgante de Ankh y se lo ató al cuello, después de lo cual se acercó a María y la besó apasionadamente en los labios.
- Y vos… podrías tratar de hacer un poco de memoria ¿no? – le dijo finalmente y se retiró de la habitación, cerrando la puerta al salir.
- Ya se fue, ¿ahora lo vas a admitir? – preguntó ansiosamente Alejandro, un instante después de escuchar el sonido de la puerta al cerrarse.
- Basta, por favor, ¿qué tiene que ver Sebas en esto? Yo no tengo nada que admitir, vos vas a tener que aceptar la idea de que ese sueño forro se perdió entre la infinidad de otras noches sin sueños recordados, que son la norma – contestó María, enojada por su persistencia.
Al escucharla, Alejandro se sentó vencido sobre el piso, en el medio de la habitación, víctima de la tristeza y la incredulidad. No podía terminar de asimilar la idea de que el sueño más hermoso que podrían haber soñado jamás, el que los acercaría a sus pasiones subyacentes, a sus deseos tácitos y, en fin, a su sublime amor, no lo recordara.
Profundamente conmovida quedó María al contemplarlo y la gris figura que se lamentaba frente suyo aplacó la ira que la recorría y la movió a su lado, para abrazarlo por detrás e intentar darle consuelo a su angustiado corazón.
- Hay algo de mí que no sabe nadie… que solo sabía mi vieja… antes de morirse, que no sabe Sebas y que no sabes vos tampoco - comenzó a susurrarle con dificultad María – algo que me aterra, pero que creo que puede aclarar lo que pasó y te lo voy a decir si así dejas de sufrir, pero tenés que jurarme, por nuestra amistad, que no se lo vas a contar a nadie. Ni a Dios cuando te mueras, ¿está bien?
Asintió él, con el mismo semblante de templada resolución que había esbozado durante su sueño y llena de la misma confiada entrega prosiguió ella.
- Soy esquizofrénica – le dijo, en un susurro apenas audible, pero que entró en los oídos de Alejandro como el rugido del más feroz león – así que… -intentaba proseguir, con la voz trémula y el llanto casi incontenible – puede ser que ayer… en realidad, no fuera yo quien soñaba con vos.
Por unos segundos más permanecieron así, algunas lágrimas de María corrieron por el cuello de Alejandro, que todavía más absorto se encontraba entonces.
- Puede ser que ayer, en realidad, fueras vos quien soñaba conmigo –logró únicamente parafrasear, con una sonrisa llena de melancolía y desesperanza en el rostro.
Al escucharlo, rompió en llanto pleno María y salió corriendo de la habitación, motivada por el temor que le suscitaba el pensar en la inestabilidad inmanente a su condición y en lo frágil, confuso y peligroso que había resultado su ser para su amigo.
Tardó Alejandro un buen rato en volverse a poner en pie, y lo hizo para colocarse, abatido, frente a la máquina del sueño, que todavía permanecía encendida y con algunas luces titilando.
- ¿De haber sabido, de antemano, que me permitirías probar el más anhelado amor mío, durante una noche, para quitármelo luego, por siempre, te hubiera usado de todos modos? – le preguntó a la máquina Crovax Alejandro, al tiempo que oprimía el botón de apagado de la misma.


2 comentarios:

  1. Nene... Eso fue.... Mind blowing...
    Como dijo matias "sublime"
    Te aplaudo.

    Noise and Kisses!!

    P.D. no me acuerdo el nombre de mi cuenta pero por las dudas aclaro, soy Agus ^-^

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