Un enigma insalvable


Danzo entre sombras difusas, entumecido por el veneno que recorre mis venas, como la presa de una serpiente, me traslado torpe, chocando con el rechazo y la indiferencia de mis anhelos. Encuentro en mis bolsillos los restos materiales de lo que ahora es mi vida, que en absoluto me sacia, que siempre recurrentes me invaden impulsos coartados. Frenético oscilo entre mis razones y mis deseos, no pudiendo, al parecer, actuar según ninguna. Busco romances y hallo contingencias, persigo azar y retorna regularidad. Encarcelado estoy, entonces, entre pasiones insatisfechas, mas que todas me tironean con fuerza desmesurada e implacable, como atados a caballos inconciliables están mis miembros y ya siento no mucho más resistir mis tendones. Cuánto más me pregunto, cuánto más observándome acometer los designios de mi ambivalente voluntad por caminos errados, cuánto más encontrarme movilizado por un vendaval que a indeseados puertos me hace arribar. El frío de mis huesos es siempre la espada que pende amenazante sobre este ser idealmente irresoluto, amorfo y repugnante, recordándome a cada instante el invariable fracaso ante mí mismo y frente a todos. Quizá no importe si al dejar fluir en libertad las corrientes, tempestuosas o apacibles, cristalinas o impuras, de las infinitas venas del caudaloso río de mi espíritu, sin oponer dique, natural o artificial alguno; encuentro en mis pensares la dicha de mis intentos, del proyecto de mi vida, que al levantar cada pieza de arquitectura me retorna una sensación de sosiego innegable, a pesar de que a cada paso se destruye y recompone en una novedad la obra. Pienso que, a fin de cuentas, en estos tiempos se juzga a partir de los fines. Los resultados son la talla de las almas, me digo. Mas yo quiero siempre tener presente mi ineptitud, quiero siempre abrazar mis desatinos, quisiera, mejor dicho, quizá, dejar de flagelarme por ellos. Hay preguntas que siempre regresan todavía interrogantes, indiferentes a cuanto cavilar ocupo en ellas. Hay mandatos desiderativos que siempre encuentran el modo de mantenerse irresueltos. Siéntome en ocasiones como cortando cabezas a la hidra de Lerna. A cada una que cae me encuentro en júbilo y profundamente placentera sabe la batalla en sí, mas humanos son mis brazos y por tanto se fatigan, haciendo germinar en mi espíritu la prosecución de una solución definitiva. Desesperado, huyo corriendo de la ciénaga mientras abro, cubierto de tortuosa esperanza, puertas que dan a espacios llenos hasta el tope de vacío e incertidumbre. Lo caótico del escenario me resulta atemorizante, y la obra que en él se exhibe me repulsa hasta la náusea. Sin embargo interminable se proyecta ante mí, no puedo mover el cuello, encadenados están mis ojos a ese espectáculo vulgar. ¡Oh amor! ¿Por qué ahora llegas a mi lecho? ¿Es que acaso se me ha vuelto natural este habitáculo hediondo que contemplo? ¿Será ya que no ansío en verdad mirar en otra dirección? Dejar de ponerme a su lado querría y encontrarme de una vez en su ombligo, rodeado del cálido aire que genera la admiración, he de admitirme. Maldigo este placer herético que me llena de culpa. Miro a mis pies y en pánico me veo sobre la superficie de Un Mundo Feliz. No lo tolero, la angustia es demasiada, el placer me excede, la culpa me abruma, la alegría se me escapa, entre los dedos; como intentando asir con manos torpes arena blanca de la playa, infinita en extensión, que es la fuente de mi alma, me encuentro. Presurosa e incansablemente busco encontrar la risa ingenua, inocente y profunda del Lobo Estepario. ¡Y en qué maligna fantasía se me convierte ahora! Por ningún lado se me aparece aquella dichosa gracia y me siento traicionado, decepcionado, el cansancio me envuelve más a cada momento, como el capullo al gusano, me eclipsa al Sol progresivamente el tedio. Recuerdo escuchar de muchos sabios, rodeados del aura de magnánima nobleza y certidumbre, que solo puede irradiar quien porta la Verdad, que el motor del espíritu es ese resto infinito de la división del deseo por la acción para su satisfacción. Perversa y cruel se me aparece hoy dicha operación, que acontece constantemente, agrietándome cada vez más, como el Sol a tierra que no conoce el cosquilleo del agua. Me pregunto entonces por qué todavía perdura mi existencia, a qué maldita morbosidad divina puedo atribuir el hecho de que sigo indudablemente concatenando los hilos inmensurables que hay en mi cabeza. Se voltea la moneda, observo, asombrado -¡Eureka!-, a consecuencia de ese mágico cuestionamiento, y veo, distorsionada en principio, la imagen que hace a la otra parte de este -ahora lo entiendo claramente- aparato masoquista que es mi alma. A borbotones comienzan a brotar, de las aberturas de mi psique, las imágenes felices del goce, que, en el fondo, es indisoluble en cualquier padecer, e inseparable de él, y colorean de alegría el lienzo de mi alma. Cuasi equilibrado me encuentro, otra vez entre miles, cerca del ansiado cero, ese nirvana que parece continuamente escapárseme por rutas entero diversas. Más tranquilo a partir de allí, me dedico, con indulgente condescendencia, a vislumbrar cuánta razón tenía Nietzsche, cuántos adjetivos me sobran para tratar de dibujar hábilmente el sufrimiento y que sería interesante leer algún escrito acerca del budismo y tal vez una que otra letra de Schopenhauer. Procuro aliviado emprender el retorno al hogar, mas el estupor y la sorpresa, desvergonzados, se hacen del centro justo de mi pensar, al percatarme de que mis pies se posan únicamente sobre el fino aire. Velozmente soy desterrado de mi absorte estado previo, en que tan temeraria e infantilmente me perdí, como siguiendo el aroma tóxico del canto de una sirena o como un pobre caballo que, con la visión sesgada, transita inadvertido de cuanto ocurre en gran porción del paisaje. Igual de inconsciente que un animal actué ciertamente, pues aterrorizado percibo que, sin desearlo -¡oh estúpido!-, hube caído en las enormes fauces del acantilado. La vista me deja atónito. Por vez primera me es introducida la calma -¡qué sublime satisfacción conocerla!-. Comprendo cuán vano es el diccionario conjunto de todas las lenguas de la humanidad para retratar siquiera la medida más ínfima de tiempo vital que pudieran el físico y el biólogo más sabios mesurar o imaginar. Evoco el abrazo de una mujer, acaso el único signo incompleto de paz que en alguna ocasión previa conocí. Ya llegan el mar y las rocas. Verdaderamente no he equivocado el sendero a casa.

2 comentarios:

  1. Nació un Allan Poe argentino XD

    Lea en este escrito usaste muy bien los recursos del narrador en primera persona, ese personaje que esta al borde de la desesperación, que intenta buscar un eje en su razón pero siempre, en ese laberinto que lo hacés recorrer, cae en brazos de sus propias pasiones. No sé si fue casualidad, sea porque lo posteaste así sin darte cuenta o acaso fue tu intención, pero la idea de no colocar puntos y aparte es muy buena porque al lector (en este casi yo =P) lo estas llevando frenéticamente con las palabras.
    Bueno no quiero seguir analizando tu texto, no sea cosa que me siento que estoy en la tribuna de la doctrina narrativa jajaja.

    Doy mi aprobación

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  2. Lea, excelente! tiré el lance de leer el texto por arriba nomás, pero me obligaste a prestar atención. En serio, me recuerda mucho a los delirios de Poe, y se sienten los tintes freudianos ;) (me siento un catador de vinos...). Bueno, mientras termino de formatear una maq me voy a leer algun otro.

    Juan

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