La Isla de las Sirenas

I

Empezaba la penumbra a vestir de luto al mar, mas no se apaciguaba la ira de las aguas con el paso de las horas; furiosas danzaban, desafiando la oscuridad con la blanca espuma sobre la cresta de sus olas, semejantes a las fauces de un lobo rabioso, iluminadas por la melancólica luz de la luna llena, único astro visible en el cielo infinito, mas que parecía condensar el brillo de cuanta estrella existe en el universo. Se divertía el océano exhibiéndole, mientras ella contemplaba atónita e inerme, los restos de un navío, elevándolos decenas de metros, tanto que casi le parecían asibles, para aplastarlos luego contra el hondo suelo azul, que los engullía y regurgitaba de continuo. Los gritos de la maldita tripulación hacía mucho se habían desvanecido, entre el silbido incansable del viento y el ruido constante de las gotas de lluvia, que hicieron las veces de réquiem. Ya no más que unos corrompidos maderos testimoniaban la masacre del mar, reflotando de continuo. Y con uno de ellos emergió el maltratado cuerpo de un marino, que se aferraba con fuerza sobrehumana a esa precaria y tenue flama marrón de esperanza. Confundido, intentaba mirar en derredor suyo, pero la sal y el viento golpeaban vigorosamente sus ojos, que a penas unos segundos resistían el asedio. Alcanzaba únicamente a dar ardorosas bocanadas con la mirada, que le devolvía aterrorizantes imágenes de gigantes murallas de agua, las cuales lo manipulaban con total arbitrio; dueñas se hacían, desvergonzadas, de su destino, y sentíase él absolutamente desbordado. Decidió, pues, sin más, encomendarse a Dios, y comenzó a balbucear desordenadas súplicas; algunas hacía años no pronunciaba, mas de momento acudían todas a la vez apresuradas, con rediviva claridad. Así mezcladas, entre sí y con la salada agua, rayaban la incoherencia, mas otro resultado no era posible, pues en su alma imperaba incuestionable la desesperación sola. Algunos minutos prosiguió así, hasta que sintió el estómago rebelársele y todo su contenido abandonarlo. Exhausto, contrajo por un instante, con máxima fuerza, todos los músculos, y se rindió enseguida, impotente, a la inconciencia, manteniendo los pesados párpados, ahora argénteos, cerrados, y abandonándose a las mareas. Le devolvió, poco después, el gesto el mar, saciado de placer quizá, o atormentado por el llanto de la gran perla estelar, y lo vomitó contra tierra firme, que lo recibió de mala gana, raspándole con garras de arena.

Despertó anonadado, pasadas largas horas, el sobreviviente del desastre, y se puso con dificultad en pie. Seguido de eso, arrastró las pesadas manos entre los rubios cabellos de su cabeza -alcanzaban hasta la mitad de su espalda en longitud- quitando los que tapaban su cara, y observando, mientras lo hacía, el virgen paisaje que frente suyo se iba descubriendo. Una playa de arena blanca como el azúcar aparecía ante sus ojos. También un bosque de palmeras, altas como los mástiles de su antigua embarcación, de imponentes copas con largas hojas verdes y marrones, entre las que se colaba la cristalina luz del sol de mediodía, que iluminaba el escenario desde las alturas. Comenzó, adolorido y rengueando, a alejarse atemorizado del mar, cuya visión todavía le recordaba la pasada catástrofe, buscando refugio entre los árboles. Se sentó bajo uno de ellos, que le profirió amigable el cobijo de su sombra. Desganado, empezó por sacudir con lentitud de su cara y manos la arena y sal que sobre ellas moraban, hacía largo tiempo, incomodándole. Miró luego lo que quedaba de su vestimenta: prendidas a sus pies seguían todavía las sandalias, exhibiendo las heridas de algunas tiras cortadas, los igualmente negros pantalones, que le cubrían las piernas hasta pasar un poco las rodillas, permanecían también consigo, algo rasgados en sus extremos, pero aún así persistentes, ayudados por ligero cinturón de cuero en su cintura. Irrecuperable resultaba, sin embargo, la blanca camisa; había sido descosida a la mitad, al parecer, por un clavo del madero, que además en el torso le dejó una lastimadura; se extendía la misma desde el corazón hasta los intestinos, mas por fortuna ya no sangraba. Se acarició levemente la magulladura, esperando ingenuamente acallar el dolor con la suave fricción de la yema de sus largos dedos, y apretó, con resignación, su ancla de la esperanza, una cruz de plata; magistral obra de artesanía, bordeada de pequeñas perlas y coronada con un gran rubí, rojo cual sangre divina, en el centro, que colgaba de su cuello, atada a él con cordel hecho del mismo elegante metal. Prosiguió, seguido de eso, a inhalar profundamente y emprender, una vez más, la trabajosa tarea de erigirse. Tragaba, entretanto, una pastosa mezcla de tierra, saliva y sal, que le raspaba la boca como cristal cortado. Pasó cojeando entre el laberinto de palmeras, en búsqueda de agua dulce, para aplacar el incendio en su garganta; algo filoso, que le diera acceso a los manjares encerrados en la multitud de cocos dispersos por la playa; o algún lugareño, humano o animal, a penas le importaba ya, que atenuara en alguna medida la soledad de su desgracia, y la angustia que, poco a poco, comenzaba a florecer en su alma.

Varias horas escudriñó entre las incontables columnas de madera de aquél palacio natural, sin satisfacción alguna de sus vitales anhelos, incluso hasta que llegó al otro lado del bosque, visualizando con desilusión, al salir de entre los árboles, otros quinientos metros de médanos de harina que se extendían frente a sí, hasta rendirse ante el agua del vasto océano, que, celeste y transparente de cerca, verde y oscura más lejos, cubría la distancia hasta donde llegaba la vista, y todavía infinita más, según sospechaba con desazón el corazón abatido del náufrago. Mientras recorría con la mirada la desolada línea costera de aquella cara de la isla, vislumbró hacia el oeste unas grises y negras rocas, camufladas entre la vegetación. Batallando contra el dolor en su pierna, se dirigió en esa dirección y, al acercarse, contempló, con extrañada alegría, que agua de lluvia se acumulaba entre algunas hendijas y desniveles de las piedras, apareciéndosele aquella sencilla fuente natural más bella que cualquier obra de excéntrica arquitectura que hubiera podido construir el hombre. Ciego de sed e ímpetu se apresuró a su encuentro, mas tropezó, antes de que sus labios pudieran probar una gota del deseado elixir, con una gruesa raíz que en la tierra yacía escondida, imperceptible, como una serpiente que lo acechaba, y cayó de lleno al suelo, estrellando duramente la cabeza contra una pequeña roca que sobresalía de la arena.

Recuperó la conciencia horas después; inmóvil permanecía recostado de cara al océano, en el que progresivamente se iba sumergiendo el sol, dejando en el cielo estelas violáceas y rojizas; un incendio multicolor que invocaba a las estrellas. Y a medida que éstas fueron haciéndose presentes, el plácido sabor de aquél cuadro taciturno fue abandonando el corazón del marino, y empezó a llenarse de las voces del sufrimiento, emanadas desde su maltrecho cuerpo, en especial su cabeza, de la que, agrietada como la proa de su embarcación al embestir el arrecife, manaba un riachuelo de sangre carmesí, que parecía continuar una de las venas de aquél ocaso. No pudiendo por más tiempo ignorar tales alaridos somáticos, comenzó a incorporarse, luchando contra el vértigo y el temor, que el cercano anochecer le infundía. Se ocupó presuroso de saciar, esta vez con relativo éxito, su sed, lamiendo y absorbiendo el agua que atesoraban recelosas las rocas. Siguió camino entre ellas posteriormente, buscando, de la oscuridad que le cazaba, un refugio. Harto difícil le resultó la empresa, pues andaba ya casi a tientas, y solo consiguió asilarse entre un herrumbroso tronco derribado y el enorme peñasco que lo había amortiguado. Se acobijó únicamente con unas hojas de palmera demasiado delgadas, y solo entre ellas, verdín y algunos hongos, intentó encontrar un sueño esquivo, impedido por un frío viento que le helaba hasta los huesos, de a salvajes ráfagas intermitentes, y el cosquilleo de multiformes insectos que recorrían su piel, como si ya no fuera su cuerpo otra cosa que una extensión del pútrido catre de madera sobre el que yacía. Lo asaltaron también, intensas como en aquella ocasión, las imágenes del naufragio; y, junto con los malestares en su cuerpo, no cesaron de aquejarle, hasta que comenzó a quebrar el alba, y así, cuanto la luz se elevaba desterrando a la noche, se atenuaban en algo sus pesares, lo suficiente como para permitirle por unos momentos conciliar el apacible dormir.

Se encendió su alma al compás del dolor y la amargura, que en perfecta sincronía llegaron a acompañar su entrada en la vigilia. Bebió de nuevo algo del agua entre las rocas, e intentó infructuosamente abrir un coco golpeándolo contra ellas, queriendo acallar la orquesta de su hambriento estómago, que hacía días no probaba bocado. Frustrado, salió luego en busca de un lugar que le sirviera de mejor hospedaje las venideras madrugadas. Mientras recorría secciones desconocidas, aunque no muy lejanas de la isla -su condición le impedía andar con demasiada presteza-, no podía evitar rascarse la herida, que exhibía del lado derecho de la cabeza; cosa que le provocaba sumo displacer, mas la picazón le resultaba tortura igualmente insoportable. Arribó, andados unos pocos kilómetros, al umbral de una suerte de cueva, que perforaba en una pequeña montaña rodeada por el bosque. Se adentró en ella y percibió que constaba de no más que unos treinta metros de extensión. Contra algunas de sus paredes se apilaban pequeñas rocas, algunas de las cuales le parecieron viables para procurarse algo de alimento. Alegre y en más calma, las tomó y dejó separadas, junto a sí. Se recostó, posteriormente, y cedió, en un suspiro eterno, el resto del día al sueño. No mucho después, sin embargo, abrió los ojos asustado, por los sonidos de una fuerte tormenta que se desataba en el exterior, y hacía eco dentro de su improvisada hostería. Al mirar hacia la entrada de la misma, notó que ya era plena la noche, y solo los relámpagos y algunos difusos rayos de luna tenían la valía de interrumpir la oscuridad. Decidió, por tanto, reprimir su deseo de huir, y permaneció allí, procurando reencontrar el descanso, que llegó al cabo de unas horas, transcurridas oyendo las cíclicas goteras de su fría morada.

Se levantó ya entrada la mañana, atribulado por unos fuertes escalofríos y el insidioso latir de la herida en su cabeza; a cada hora le resultaba más perturbadora, como un ácido que lentamente y de continuo le iba corroyendo la carne. Capturaron su atención los pequeños estanques, que se habían formado en el suelo durante la tempestad, y con brusquedad los consumió hasta la última gota. Tomó después la roca que le pareció asemejarse más a una brillante daga, y, con ella en mano, se dirigió presuroso hacia la arboleda, donde habitaban indefensas sus peludas víctimas. Pudo, por fortuna, esta vez, abrir al medio los cocos, y vorazmente se alimentó de la pulpa en sus entrañas; un frugal almuerzo que le supo a banquete de nobles.

Dos días más transcurrió así, con la mente funcionándole torpe y desmembrada, en un continuo estado oniroide; nutriéndose de las miserias de la lluvia y las migajas de los árboles; amarrándose a la cordura con la frenética búsqueda de compañía, que no encontraba más que en el vaivén de las hojas y las olas al ritmo de las corrientes.

Silenciado ya su estómago, un caluroso mediodía, pasó a cavilar sobre su destino, y los avatares que el mar traería a sus despertares, si es que alguno le restaba. Le costaba concentrarse, de continuo era distraído por el susurro de las plantas y el aire bordeando sus contornos. Sin percatarse, hipnotizado por el ensueño que le había apresado, mientras imaginaba escapes fantásticos y auxilios divinos, se enterró las mugrientas uñas en la cabeza, con intención de rascarse, mas barrió justo sobre la sección infecta, a lo que una puntada lo dejó petrificado de dolor. Se encogió sobre sí en el suelo, abrazándose con desmedida fuerza las rodillas, intentando aligerar el tormento que le convulsionaba, pero se intensificó éste al contemplar los dedos cubiertos de viscosa masa negra, símil al caviar, mezclada con pus, polvo y algunos cobrizos cabellos. Profundamente alterado, se incorporó de un salto y corrió hacia acostumbrado amparo, donde intentó atrapar el reflejo de la herida en algún charco, pero, casi privados de luz, ninguno le retornaba más que difusas imágenes de su desalineada melena y una incipiente barba. Se encargaron, sin demora, de llenar aquél vacío sus pensamientos, que espejaban trozos putrefactos de fruta y carne, en los que se gestaban larvas y huevos de millares de moscas, arañas, cucarachas, escarabajos y cuanta repulsiva sabandija hubiera visto alguna vez en su vida. Turbado, se sentó contra la pared más lejana de la opaca habitación y, con los párpados apretados y el cuerpo tiritando, se ocupó, forzadamente, en más felices paisajes, hasta que expulsaron los oscuros temores y cedió terreno su hollinada conciencia al dormir. Profundo fue, durante aquellas horas, su sueño, avivado por la fiebre y el debilitamiento general de su ser; prosiguió hasta que empezó a sentir de su cabeza escapar a borbotones una suerte de espeso alquitrán, que le descendía, pestilente, por la cara; la inseguridad empezaba velozmente a acrecentarse. Súbitamente, entonces, escapó del mismo lugar, ágil, una delgada silueta humanoide, y comenzó, pronta, a alejarse de allí. Abrió entonces sobresaltado los ojos el náufrago y le preció verla desaparecer, a la vuelta de la entrada a la montaña, como la sombra se desvanece al encender una vela. Respiraba con agitación y se encontraba bañado en sudor, su corazón latía a ritmo irregular y acelerado. Conquistó un poco de paz atribuyendo tales quimeras a la pesadilla, y se levantó. Afuera nacía la mañana, y la fresca brisa que recorría la isla le tranquilizó aún más. Se dedicó a caminar a lo largo de la ruta que marcaba el agua sobre la playa, mientras contemplaba, sumido en la nostalgia, al sol elevarse, desde el oriente, por sobre un vasto grupo de nubes pálidas, que concentradas alrededor suyo, como altares celestiales, magnificaban la deslumbrante ascensión.

Lo distrajo, horas más tarde, una risa femenina, que provenía, macabra, desde los desolados senderos del bosque. Se adentró, temerario, buscando el origen de los sonidos; ya nada tenía que perder. Andaba sigiloso, oteando en toda dirección. El silencio gobernaba el lugar, solo interrumpido por el susurro lejano del océano. De repente, en un movimiento impredecible, una mano se posó sobre su hombro, dejándolo congelado de miedo. Antes de que pudiera voltear, escuchó de nuevo las perseguidas carcajadas, esta vez acariciándole la espalda, que le inundaron de tristeza. Al girar, finalmente, vio a una joven de largos cabellos, negros como el carbón, que le cubrían los pechos, pero que, por lo demás, se hallaba desnuda. Le devolvió tan preciosa figura el alma al cuerpo y, con todos los pesares alivianados, se precipitó en articular palabra, por vez primera en días.

- ¿Quién eres, niña? - preguntó tímidamente, sonrojado y algo desconfiado todavía.

La mujer, de piel clara como la espuma del mar, y unas dos décadas o menos de edad, lo miraba sonriente, con expresión de curiosidad infantil, pero sin emitir palabra alguna.

- Mi nombre es An... - le costaba rememorarlo - André, capitán... - se mordió la lengua -, es decir, antiguo capitán, del San Rafael, galeón de la flota portuguesa - anunció el marino, al tiempo que le tendía la mano -. Es un placer conocerte - prosiguió enseguida - ¿Cómo te llamas? ¿Qué haces así, como Dios te trajo a la tierra, en esta isla, perdida en lo recóndito de los mares?

Pero, de nuevo, no hubo respuesta, e iba el deteriorado guerrero comenzando a impacientarse: su pie golpeteaba contra la arena y su rostro demandaba respuestas, con semblante enfadado, detrás del cual se escondía el angustioso deseo de escuchar la voz humana una vez más. Al verle exasperarse, la muchacha retrocedió unos pasos, con graciosa indiferencia, y sentó su esbelto cuerpo en el suelo. Sonidos empezaron a brotar de su boca, mas no eran inteligibles, parecían pertenecer al dialecto primal de las bestias. Si bien carente de significado verbal, una aguda pieza musical empezó a germinar, y se coló diligente en los oídos del capitán, que, ingenuos, e impotentes ante su belleza, la acogieron. De inmediato se encontró apresado por la apatía, derramando lágrimas como un río; un himno fúnebre que en breves segundos lo dejó derribado, de cara al verde entramado de follaje, que se entretejía sobre él, con el corazón latiendo aletargado; se encontraba su cuerpo despojado de anhelo vital, y sucumbió su alma al desmayo, como otrora lo hicieron sus camaradas al ahogo.

Cuando abrió los ojos, pasado algún tiempo, percibió, con desilusión, que, de nuevo, se encontraba a solas. Enseguida empezaron a derretirse los restos de serenidad que la sepulcral sonata había dejado en su alma, evanescidos por la irracionalidad de los sucesos. Volvieron a conquistarle la jaqueca y las monstruosas fantasías, de las que había escapado durante algunos piadosos momentos. Se incorporó y, rojo de furia, entró a correr, sin rumbo previsto, entre las palmeras. A cada instante se iba hinchando de incomprensión e ira, dando saltos y tironeándose los dorados cabellos, deseando haberse rendido a la muerte noches atrás en el mar, intentando inyectar algo de lógica en el desquicio que le velaba. Todo a la vez y todo en vano, hasta que finalmente cedió su cerebro ante la ataxia y cayó inconciente al suelo; un arroyo sangriento nacía de su oído izquierdo, ceniza de la feroz lucha que se había desatado en su interior.

Estuvo deambulando errante por varias horas; extraviado entre la niebla de un sueño comatoso que le poseyó el alma; durante el cual sintió parir, a través su oreja ensangrentada, otro difuso esbozo humano, que le abandonó presuroso, escabulléndose entre las hojas. Otra vez se encontró gélido de temor, con la espalda fría y empapada de transpiración; una angustia que le inundaba la mente de a oleadas, como el mar iba conquistando a la playa con el subir de la marea. El corazón alborotado y la respiración entre cortada; el pánico avasallando a la cordura. No más efecto opiáceo surtieron los tímidos pensamientos, deseos de recurrir al sinsentido onírico para explicar lo sucedido; desestimados fueron de inmediato, exiliados por la abrumadora sensación de no poder ya distinguir las ideas de la realidad, de no recordar la calma y de no poseer la fortaleza necesaria para continuar sopesando el caos. Y justo entonces, como el rayo corta con la oscuridad, una voz asesinó al silencio, serenando al agitado marino, que se encontraba en el umbral mismo de la locura.

- No es todavía el momento de ceder - se escuchó de entre las ramas.

Curioso, el capitán empezó a observar en todas direcciones, buscando el origen de la aguda voz, infundido de una tranquilidad sobrenatural. Finalmente, una mujer con cabellos teñidos de vino tinto, largos hasta los muslos, se alzó ante su vista de entre los troncos, voluptuosa y sin ropas, luciendo brillantes ojos color miel. Empezó a acercarse a él, con gracioso y seguro andar, que lo dejaba inmóvil, pese a la desconfianza que ya todo fenómeno le suscitaba.

- Escasos momentos hace que has engendrado a tus hijas... ¿y ya estabas pronto a abandonarlas? - le dijo sonriente, al tiempo que acariciaba su mejilla con ternura.

- Mis... ¿hijas? Es que yo no... no entiendo de qué me hablas... ¿te refieres a ti y a la otra... muda... blanca... tu hermana? - contestó el marino, al tiempo que se sumergía en una profunda reflexión.

- Sí, ella y yo, yo y ella... nacimos de ti... a quien primero conociste es la mezcla de tu aflicción y tus dotes para el arte... desgraciadamente, dicho encanto tiene su precio... carece de capacidad para el habla. Es esa, por contraparte, mi esencia, pues soy producto de tu habilidad verbal y tu esperanza, mas no me desenvuelvo bien en sus dominios, me son completamente extraños, incomprensibles... ajenos. En fin, nacimos de ti, por ende, somos tus hijas - explicó la delgada joven pelirroja.

- Quisiera comprender... hi...ja - dijo dubitativo - pero no vislumbro más que sueños; si la vida es más que un sueño, ya no sé lo que es la vida... hija... me estalla la cabeza... necesito alivio... si no es que la guadaña de la muerte me ha alcanzado sin enterarme, y me encuentro ya flagrando entre las llamas del infierno.

- Entiendo que es sádico e inútil retenerte, mas déjame entregarte un obsequio, antes de partir, en retribución por abrirnos las puertas de la existencia. Será una memoria que guardes el resto de la eternidad, puedo asegurártelo, vale tolerar el más inclemente castigo, empeñar el diamante más perfecto y resignar el más apasionado beso, que engendra un amor atemporal. No puedo concedértelo a solas, sin embargo. Es preciso que mi hermana me acompañe, al igual que en el inicio, volveremos a ser una y perfecta... como la vida, nos separamos y diversificamos, para ti, retornaremos al principio, y contemplarás lo sublime - afirmó llena de resolución, y comenzó a alejarse hacia el bosque.

- ¡No me abandones, oh hija! - gritó el náufrago, al tiempo que caía, desilusionado, de rodillas sobre la arena.

Se llevó las manos a la cara y rompió en llanto; cada metro que ella se distanciaba le abandonaba un poco esa paz artificial, tan gustosamente devorada momentos atrás, y le inundaba la discordia. No pudiendo ya guerrear, por más tiempo, contra la situación, se entregó de nuevo a Cristo, apretándose la cruz contra el pecho, con intensidad tal que parecía apuñalarse el corazón, y en su mente repitiendo oraciones fugaces.

Emisarias de la muerte llegaron, pasado el tiempo, las dos muchachas a su lado, caminando en sincrónica armonía, como si fueran dos engranes del reloj de la vida. Le encontraron agonizando de cara al cielo; las lágrimas habían cesado, dejando a su paso áridas rutas transparentes, que atravesaban las asoleadas mejillas, hasta disolverse entre los espesos matorrales de su barba castaña. Tenía la mirada perdida, impasible, fija en todo y nada simultáneamente; ante ella se desenvolvía, tarda, la marcha de las nubes. Parecía el juicio haberse extinguido en el alma del marino, que ya solo esperaba el llamado divino, mas se reavivó brevemente, al eclipsársele el sol, por dos rostros, radiantes de hermosura y vitalidad juvenil, que se introdujeron osados en su campo visual, como niños sedientos de aventura en tierra prohibida.

Le ayudaron a incorporarse, jalando levemente de sus brazos. Titiriteras de su destino, lo arrastraron hasta la frontera entre la playa y el bosque, y lo dejaron sentado contra una enorme palmera, que hizo las veces de palco. Elevó de a poco la vista, a lo que el majestuoso trasfondo aguamarina iba dominando el panorama; con cada venir de las olas se desvanecía un poco más su espíritu, en la estela de la muerte, que flotaba pesada, intoxicando el aire de la isla.

Se alejaron unos metros de él las impúdicas mujeres, deteniéndose al sentir arena mojada, que envolvía con delicadeza sus tercios pies, blancos como la nieve y suaves como las plumas. Se tomaron luego de las manos y comenzaron un ritual que llevaban inscrito inconfundible, grabado con cincel en el mármol de sus almas. Se fundían una melodía y un murmullo tenues, acompañados de una danza, en principio tímida, que se acrecentaba con pasión, como las tormentosas nubes en el cielo se iban congregando, privando al sol del conmovedor espectáculo, que con ardiente deseo se resistía. Se desencadenó un torbellino de sensaciones, que desató mar adentro un violento tifón; de las alturas relámpagos y truenos escapaban numerosos, incontables, coloreando de a pinceladas desgarradoras el cielo, ahora negro, y masacrando al silencio. El viento golpeó con igual ímpetu la cara del náufrago, casi arrancándole los cabellos y forzándolo a entrecerrar los ojos, a lo que se negaba con fiereza, procurando con testaruda decisión seguir contemplando aquella cromática explosión del clima. Mientras era sujetado por la corriente contra el tronco del árbol, empezó a escuchar el canto que viajaba ligero en el aire, y se desprendía de su silbido, susurrándole con afilada sinceridad: <<No prosigas intentando evadir la suerte, que a tus oídos llega afable, anunciando la caricia de la muerte inevitable>> Al encuentro con tales palabras su corazón se detuvo por completo; pareció hacerlo también el mar, e igualmente cedió la tempestad; se congeló el tiempo expectante, y solo quedó un soplo delicioso que iba inflando más y más el corazón del capitán. <<No reniegues de tu destino, joven te atrapa, pero rico te sobrevino; si llegara a tus pies, de aquí a muchos años, no tendrías eternidad suficiente, para encontrar doblón más reluciente, que este sol de atardecer>> Y al oír la última letra, estalló finalmente, exuberante de belleza; una compasiva sentencia que le condenó pacíficamente. Extraviado de dolor se desplomó por última vez, dejando caer los brazos y los párpados, en una exhalación interminable; paradójica mezcla de resignación, calma y maravilla.

II

- ¡Tierra a la vista! - gritó eufórico un marinero; se encontraba apostado sobre la proa de una fragata, recorriendo la línea del horizonte con un rústico catalejo.

De inmediato la voz se esparció por la cubierta, hasta llegar a oídos del capitán, que estaba absorto en sus pensamientos, a unos pasos del timón. Enseguida volvió a la realidad, y comprobó por sí mismo la versión: el contorno de una isla se dibujaba al noroeste de su ubicación actual. Al instante ordenó que se dirigiera la nave en esa dirección, y a la tripulación que se preparara para desembarcar.

- ¿Cree que encontremos algún rastro de la tripulación del San Rafael en esa isla, capitán? - preguntó el suboficial.

- No puedo saberlo con certeza, sin embargo, espero que así sea, no tenemos provisiones para continuar la búsqueda, fuera de nuestra ruta original, por mucho más. Si pronto no hallamos alguna noticia del galeón, tendremos que emprender el retorno, reabastecernos y aguardar nuevas órdenes - respondió éste, con un aire de hastío en la voz.

- ¡Dios nos guíe hacia ellos! Su Majestad seguramente nos recompensará si somos nosotros quienes localizamos al glorioso buque perdido... es una pieza esencial de la flota... moral y tácticamente - pensaba en voz alta, esperanzado, el subordinado.

Luego de la breve conversación, se dirigió a su cabina el comandante y revisó los mapas y las cartas de navegación, en busca de la isla, pero, para su sorpresa, no aparecía registrada. Pasadas algunas horas, fondearon cerca de la costa, y descendió él junto a cuatro marineros, en un bote de remos, para hacer un primer reconocimiento del territorio durante la mañana. Un aire de incertidumbre corría entre la tripulación: se habían formado variopintas leyendas en derredor de los sucesos que resultaron en la pérdida del San Rafael, meses atrás. Algunos rumoreaban que había sido hundido por barcos holandeses en el atlántico, otros, que su capitán había enloquecido y escapado con la nave, tornándose a la piratería y traicionando al imperio. Sea como fuere, no se conocía una versión oficial, y todavía se destinaban tiempo y hombres en su búsqueda.

Al descender en la playa, comenzó a soplar un fuerte viento desde el oeste, que casi le voló el sombrero al capitán. Se encontró con renovado valor al sentir aquella brisa sobre el rostro, y su deseo de explorar aplacó las molestias que la expedición implicaba y la desmoralizante superstición de los marineros, que cubría la nave desde que se conocían las órdenes, como una aureola fantasmal. Mandó a sus subalternos, que se mostraban igualmente exaltados, encender una fogata y comenzar a elevar unas tiendas, en cuanto el viento amainara un poco. Asimismo, les prohibió alejarse de la costa. Se encaminó luego hacia el bosque, que se erigía en los interiores de la isla, solo, deseoso de retar cualquier peligro que pudiera presentársele, con sable en una mano y pistola en la otra.

Caminó largo rato con entusiasmo, atento a todos los sonidos y desafiante ante todas las sombras, que jugaban a las escondidas entre las plantas. En un momento cayó un coco, como una bala de cañón, cerca de él, pero, por suerte, no llegó a golpearlo, y solo consiguió arrebatarle un sobresalto. Miró asustado en todas direcciones y un haz de luz le dio justo en la cara, cegándolo por unos segundos. Se cubrió con la manga de la chaqueta y se dirigió en busca de la fuente del reflejo, todavía más precavido; intermitentemente, el viento soplaba ahora también desde el este. Encontró, entre unos arbustos, sobre la base de un gran tronco, cerca de otra apertura a la costa, un esqueleto que, cubierto con algunos harapos, dormía inmutable, ya casi asimilado por el terreno. Lo contemplaba el capitán desconcertado, y se acercaba despacio, apuntando al azar hacia todas partes con su arma. A medida que lo hacía, observó que del cuello del cadáver colgaba una preciosa cruz plateada, desde donde se disparaba el rayo solar que lo turbara momentos atrás; la reconoció de inmediato como perteneciente a su colega perdido. Esbozó una profunda sonrisa y quitó la joya del muerto, ayudándose con el sable.

- La corona te favoreció con el mando de una embarcación sin par, aunque muy por encima de tus méritos estaba, solamente por el origen de tu cuna. A mí me correspondía ese honor, desde el adiestramiento demostré tener más cualidades, así también lo hice en batalla. Ya vemos, sin embargo, que el azul de la sangre no es suficiente para salirse impune con la injusticia por mucho tiempo. Dios te ha dado la muerte, quizá para ella sí eras ya digno. Me alegra haber sido yo quien te encontrara, ser yo quien tenga la seguridad de que no ostentarás vanagloria, soberbia, tripulación... tumba digna siquiera - dijo satisfecho, con renovado aire, mientras enterraba los huesos, que lo miraban con escalofriante pasividad.

Empezó después a alejarse, a lo que el viento pasaba a provenir, conservando la intensidad, enteramente desde el oriente, azotándole por la espalda mientras regresaba al campamento. Con el cambio en la corriente de aire se modificó también su ánimo; pasó, con extraña rapidez, de estar feliz y conforme a triste y desconsolado. Pensaba ahora que no era culpa de su antiguo compañero el lugar de su nacimiento, tampoco lo eran las decisiones de la corona, con seguridad que no. Comenzaron a pesarle tanto las piernas que tuvo que sentarse unos minutos a descansar, esforzándose por contener las lágrimas, que, con extraña destreza -no era un hombre habituado al llanto-, huían de sus ojos. Llegó al lugar del desembarque cerca del anochecer. Allí, sus hombres no solo no habían encendido el fuego o levantado una tienda, sino que estaban próximos a partir hacia la fragata, abandonándolo. Al verlo se les llenó el corazón todavía más de miedo, e intentaron aparentar que no estaban preparándose para dejar la isla, soltando uno los remos y sentándose y pretendiendo conversar los otros.

- ¡Hemos de partir de inmediato! ¡Al bote! ¡Hombres, si es que aprecian su vida, procurarán que estemos sobre la cubierta de la Joana antes de que caiga el sol! - gritaba él mientras se acercaba a ellos velozmente, blandiendo la espada al aire, víctima también del mismo terror.

- ¡A la orden, capitán! - respondieron las cuatro graves voces al unísono.

Presurosamente subieron todos al bote, abandonando por la prisa las tiendas a medio armar, y comenzaron a remar hacia la fragata los marineros, con un vigor que el capitán hubiera deseado poder obtener de ellos en muchas contiendas pasadas. De haber tenido un remo más, él mismo se hubiera unido a ellos, pero no habiendo excedentes, se limitó a aferrarse con fuerza a la cruz, que llevaba ahora en el bolsillo del blanco pantalón. <Ese lugar está embrujado.>, <<La sangre me ha quedado helada, los muertos han de habitar allí.>>, <Desde que abandonamos el hogar no he tenido un buen presentimiento.>>, <Por alguna razón este condenado trozo de tierra no aparece en los mapas, han de haberlo borrado a propósito, para prevenir a futuros cristianos del peligro que allí acecha.> decían los marinos mientras acortaban la distancia con su santuario flotante. Solo el capitán permaneció mudo, procurando mostrar entereza ante sus hombres, rezando en silencio todo el camino.

- ¡Zarpamos de inmediato! ¡Sin demoras, volvemos a casa! - dijo a los oficiales, a penas hubo puesto un pie sobre su barco.

Todos lo miraron confundidos, pero obedecieron sin vacilar, y comenzaron a levar anclas. Entretanto, él se abrió camino, procurando camuflar el paso trémulo, hasta su cabina, donde se arrojó sobre una silla. Acto seguido tomó una jarra de vino y se sirvió hasta rebalsar una copa; la bebió de un solo trago, como si hubiera estado vagando por el caluroso desierto varios días sin líquido. Antes de que pudiera hacerlo de nuevo, notó que el suboficial estaba en el umbral de la puerta, mirándolo con inquisitiva curiosidad, pero temeroso de hablar.

- ¿Ca... Capitán... qué... qué sucedió? ¿Alguna noticia del San Rafael y sus tripulantes? ¿Por qué nos retiramos tan pronto? - se atrevió a decir finalmente, intentando compensar con volumen la inseguridad en su voz.

Tardó algunos minutos en llegar la respuesta; se encontraba reflexivo el comandante, acariciando las gemas de la cruz.

- No hay señales de vida, el lugar parece estar desértico... no necesitamos perder más tiempo aquí. Los hombres están asustados, no vale la pena el riesgo. Regresaremos mejor preparados, en otro momento... si tal deber nos es encomendado. Por lo pronto, alégrate, volvemos a Lisboa... y no con las manos vacías, hoy hemos logrado lo que pocos hombres: incrementamos la extensión de nuestra gloriosa nación. Hoy hemos descubierto... - pensó unos segundos - la Isla de las Sirenas.

1 comentario:

  1. Ufff, no pense que era tan largo cuando empece, pero me atrapó la verdad! Pegó capitan de mar y guerra no? jaja. Muy bueno Lea, sos groso!

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