El ciclo del amor


Ha quedado atrás el tiempo, está ya lejos, la última vez que sepulté al amor. Fue despiadado tener que exterminar, hoja a hoja, ese brote de felicidad, mas necesario para seguir adelante; sobrevivir se haría de lo contrario imposible, falta el agua que nutriera su apasionado germinar. A su retraimiento acompañaba el desvanecimiento de tu imagen, antes moradora eterna, del seno de mis fantasías. De todos mis medios me valí para odiarte, procuré un ahogo de escepticismo sobre la esperanza vana de tu correspondencia. Te volviste banal, te tornaste inconveniente; eras ya anatema de mi bienestar y, sin embargo, nada parecía atenuar la fuerza de mi deseo: los contratiempos solo volvían el ensueño más ideal todavía, más remunerativo al final. Sólo la conjugación de tu desprecio unívoco y mi resignación a dotar la idea que de ti tenía de sustancia pudieron, finalmente, herir los castillos etéreos, que en derredor de tu figura había erigido. Nada aniquila mejor al amor que el saber, que la certeza, o, mejor dicho, la aceptación de una idea realista, objetiva. Ya no eras la pintura difusa que me esforzaba por descifrar a lo lejos; ya no llenaba todos los cráteres de tu ser con mis apetitos. Me avoqué, en fin, a conocerte. Y en cuanto te conocí (indiferente e irrelevante es si el conocimiento que me formé de ti fue real o delirio) dejé de amarte. La pasión se aplacó como una tempestad desganada, y no desdeñable fue el desastre que dejó su tránsito. Pensándolo ahora, ¡qué insignificante fuiste siempre!, todo el tiempo magnificada por una fantasía, por un artificio, y abandonada después de su derrumbe; eras la sombra de mis anhelos, proyectada sobre los muros pálidos de mi conciencia; mas que indescriptible delicia verte tangible, tenerte fuera de mí, sosteniendo los cimientos, justificando mi locura y encendiéndola a cada palabra, a cada beso, que se ramificaba en cien ideas y mil sensaciones. Cuanto hubieras hecho era vacuo en verdad, en tal disposición todo conducía al mismo destino, al mismo alimentar mi alegre veneración, como no hay conducta que no sea asimilable, no hay vileza que resulte intolerable, atrocidad que no se pueda validar. Una peligrosa irracionalidad que pude abandonar, precisamente, con el pensamiento. Y tu silueta ya no era una escenificación idílica, un retrato de Afrodita; pasó a ser un recuerdo, cada vez más descolorido, más desligado de afecto, abandonado de pasión. No fue otra que la tristeza la que pasó a ocupar aquel vacío que dejó tu destierro, a apagar el incendio del querer, acompañada por la memoria; se dedicaban, en silencioso lamento, a reconstruir la ruina de mi espíritu. Queda, pues, el evocar, ocupando el trono que ayer ostentaba el imaginar, el deseo a cumplir. La nostalgia y la melancolía se diseminan por el aire; me dejan a su encuentro algo extraviado y distraído, un tímido sustituto de tu aroma ausente. Y el amor a ti cede, con sufrida dificultad, como cede, en un instante de inesperado terror, la construcción más estable ante el azote de la naturaleza; tomo entonces conciencia, trágica claridad, de mi más profunda fragilidad. Me detengo a contemplar y observo un paisaje ahora desolado, el amor ya no está, queda un vasto páramo allanado con violencia, haciendo las veces de tumba. Y de nuevo acude a auxiliarme, a atenuar la pena, la historia. Me susurra, tibio consuelo con aire maternal, que el entierro no significa la muerte, que su partida no es definitiva; al acecho yace, en una expectativa férrea, fraguada con lágrimas de ira, a la espera de una nueva mirada que deslumbre y encienda el fuego del alma, que le revitalice, para emerger con ímpetu de los abismos, rajando la tierra que lo aprisiona con la fuerza de un rugido contenido durante tiempos que parecen eternidades. Sólo queda, entonces, allá a lo lejos, entre las tinieblas y la penumbra, la esperanza del brillo de unos ojos; faros coloridos en la odisea a través del mar, que invoque al amor a levantarse de su sepulcro, a relevar a la memoria y a la razón, a bañar de prístina alegría el presente. Me deleitaré otra vez, ese día, interpretando un cuadro posmoderno que únicamente tendrá sentido para mí, saboreando la paradoja de querer con absoluta certeza, algo por entero desconocido. Débil equilibrio y sublime misterio; un peligro sentido como el epítome de la felicidad. Y si la suerte me sonriera, en el blandir de mi espada poseeríamos la guerra, en el yacer en tu pecho, seríamos amos de la paz, y ya no existirían Selene y Helios, viviríamos en un limbo sagrado, tierra media iluminada por la fusión de la luz de nuestras estrellas, trascendiendo afablemente nuestra individualidad.

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