Eternidad de la locura

I

El sudor, la sangre y los alaridos se mezclaban en Jerusalén; apenas habían transcurrido unas horas desde el acceso a la ciudad -anhelado durante meses de sitio largos y tortuosos, plagados de hambruna, sed y sufrimiento- y ya se veía ésta como un enorme hormiguero sobre el que se derramó un tonel de vino: sumida en el caos, cubierta de rojo; los cadáveres flotando en un mar de plasma que llegaba casi hasta las rodillas de quienes seguían todavía en pie y las voces batallando cual los cuerpos; gemidos de dolor y pena chocaban contra eufóricos rugidos, el terror se desataba ante la furia, y el metal de las espadas, lanzas, alabardas y dagas, plateado como las alas de los ángeles, hendía la carne y los huesos de manos y piernas, cuellos y torsos, que fútil resistencia oponían. Todavía era tal el monto de condenados que erraba con desesperación por los senderos del sacro pueblo, que los caballeros no alcanzaban a blandir las armas con la velocidad necesaria para asestarlos a todos, por lo que pasaban corriendo entre ellos; una brutal estampida de acero que los dejaba a la suerte de venideros camaradas, y de las flechas, que aún llovían ágiles desde los muros pasado el mediodía. El sol contemplaba majestuoso la cruenta masacre, desde su trono celeste, atónito e imperturbable; despobladas de pálidas nubes estaban las alturas. Azotaba un calor flamígero a los beligerantes; indiferente a bandos y estados, cocía a franceses, ingleses y genoveses; árabes y judíos, cristianos y musulmanes; cadáveres rígidos y penitentes trémulos, guerreros avivados y víctimas desoladas por igual. Ganaban el paraíso los unos, extasiados; conocían el infierno los otros, atemorizados; parecían perdonarse los pecados de un lado, y condenarse del otro, mas era difícil de conciliar la magnitud de la reprensión con la inocencia de las almas de los niños, y su llanto incesante y el de sus madres, la debilidad de los ancianos y el pavor de los animales; morían todos, pese a ello, bajo la misma guadaña inflexible, aferrada con el fanatismo más fervoroso, que hervía la sangre y turbaba las conciencias, despojándolas de cualquier tenue vestigio de compasión o duda, que pudiera ensombrecer en alguna medida el odio absoluto hacia los infieles.
Pasaba el tiempo y comenzaba a ramificarse el caudaloso río de ira entre los callejones de tierra santa; los cruzados iban ahora en grupos más pequeños -o se encontraban solos inclusive, pues era vasta la ciudad en relación al número de invasores-, escrutando, con más atención pero con igual implacabilidad, casas y templos -sinagogas y mezquitas-, sótanos y torres, establos y mercados, erradicando de ellos toda luz de vida o resplandor de riqueza que pudiera atraer la vista, a través del fuego o del filo, y en su lugar dejaban anchas columnas de humo negro, que vestían el lugar de luto y exhibían a la distancia el retrato del ejército de Dios avanzando en la victoria y consumiendo a los herejes.
Dos caballeros, ya santificados de gloria, mas todavía sedientos de aventura, avanzaban temerarios, alejados de la cruenta anihilación del tropel, investidos de ímpetu por el pánico abrumador que arrastraba el viento, siguiendo una angosta calle, poblada de edificaciones bastante altas -de tres y hasta cuatro pisos-, unas hogares, otras torres de guardia -hasta desembocar en el extremo de una muralla- pero vacía, en apariencia cuando menos, de toda presa. Empuñaba intimidante espada bastarda y escudo ligero de madera -adornado de blanco fondo y dorada cruz en el centro- uno de ellos -que iba delante, pues el espacio no permitía que avanzaran en línea- y cimitarra únicamente el otro; ambos lucían además dicho símbolo en las blancas túnicas; estaban teñidas en múltiples sectores de rojo, púrpura y rosado por la sangre que les había salpicado en diversas intensidades -en ocasiones un poderoso torrente concentrado, otras un ligero rocío- durante la matanza, y atestiguaba ahora sus proezas bélicas. "¡Cuidado Francis, sobre ti!", gritó el que venía detrás, habiendo percibido un sonido por encima de ellos; al otear entre las ventanas de las construcciones observó a un muchacho sosteniendo un arco corto y preparando una flecha. Quien lo precedía oyó pronto la advertencia y reaccionó al instante; rápido como un leopardo volteó y miró en la dirección consignada, luego de lo cual procuró resguardarse con el escudo, mas el sol le cegó al levantar la vista y no pudo precisar hacía dónde se dirigiría el proyectil. Alcanzó éste su blando cuello, unos centímetros por encima del pecho, tornando inútil la cota de mallas que llevaba bajo la túnica y tumbándole; de inmediato, un hilo de sangre empezó a manar desde la herida, extendiéndose hacia el umbral de una morada, quizá intentando indicar el origen de la agresión. "¡El cielo Philip! tan espléndido resulta desde aquí, es… nuestro… por fin…", alcanzó a vociferar, entre gárgaras de sangre, antes de rendirse a la muerte. Su compañero se encontraba enardecido, unos instantes estuvo detenido entre los deseos de auxiliarlo y los de alcanzar al enemigo; al final se decidió por esto último -el cuerpo ya no se movía y la herida era obviamente letal- y cargó con el hombro contra la precaria puerta de madera, que lo separaba del interior del edificio donde había avistado al atacante. Después de abrirse camino -lo cual no le demandó mucho tiempo- atravesó un cuarto de entrada desordenado, saltando por sobre los restos de una baja mesa de madera partida, y comenzó a subir a través de la escalera de piedra que se erigía al fondo de la habitación, intentando andar con cautela, que la sed de venganza no le costara la vida. Al asomarse al segundo piso una suerte de jarra de arcilla le golpeó en la cabeza, haciéndose añicos y desconcertándolo por unos momentos; cuando aclaró la mente observó a una vieja que se refugiaba contra el rincón de la pared posterior, bajo la única ventana, y sostenía con manos temblorosas un bastón de madera, con el que parecía desear ingenuamente defenderse. Philip miró alrededor del cuarto en busca del joven asesino, mientras la mujer escupía un manantial de palabras en un lenguaje incomprensible para él, mas no logró ubicarlo, por lo que ascendió con precaución y se dirigió hacia la fuente de las blasfemias. Logró acallarlas dándole un golpe con el mango de la cimitarra a la mujer, que terminó tendida en el suelo. Creyéndola muerta, comenzó a encaminarse nuevamente hacia los peldaños, para alcanzar el último piso. Pero antes de que lo consiguiera, la impía comenzó a hablar en un perfecto inglés, a lo que, sorprendido, volteó y se quedó atónito escuchando: "Has de reponer, hermano. Has de saldar la deuda que hoy contraes, hijo. Has de experimentar el tormento que nos envuelve, demonio. Si no esta noche, que los siglos venideros equiparen nuestras penurias", dijo desde la misma posición horizontal -el tono lacónico de su voz helaba la sangre- en que había quedado; aparecían ahora sus negros ojos abiertos completamente, cual soles eclipsados, brillando intensamente con la llama de la convicción, alimentando el estupor del caballero. Transcurrieron los segundos, sin que más palabras fueran emitidas, pero seguía igual de patente la mirada deslumbrante de Medusa, petrificando a Philip. Logró, finalmente, valiéndose de toda la fuerza que había en sus músculos -paralizados se encontraban extrañamente los miembros, como detenidos por una pesada cadena invisible- y de la imagen vívida del cadáver de su compatriota en la conciencia, dar unos pasos, hasta quedar junto al cuerpo de la Gorgona y, como hiciera Perseo tiempo atrás, le separó la cabeza del torso, con un corte preciso y definitivo de la espada. Lentamente fueron retornándole las energías y empezó a percibir que podía moverse con mayor libertad; apoyó el arma a sus pies y comenzó a entrecerrar los puños y a agitar suavemente el cuello y los hombros, procurando volver a habituarse a la cordura más que a la motilidad. "¡¡MADRE!!", escuchó entretanto, a sus espaldas, desde el otro extremo de la habitación, y el ruido de pasos, que ascendía haciéndose cada vez más intenso. Pensó que serían otros caballeros que, habiéndose topado afuera con el cadáver de Francis, subían a socorrerle, mas no había tiempo para esperarlos: en un segundo, exhortado por el peligro inminente y propulsado por la adrenalina que recorría sus venas, saltó por encima del óbito de la anciana -sin voltearse primero-, a través de una tela desgastada que cubría la ventana. Antes de que estuviera fuera de alcance, sin embargo, una flecha le dio en el cuerpo, traspasando, aguda y mortífera como el aguijón de un escorpión, la delgada túnica y el débil cuero de la armadura que se escondía bajo ella. Sintió el corazón perforarse, y su latir detenerse, adormilado de tan largo frenesí; la vida abandonarlo y la luz fugársele de los ojos, al tiempo que caía con estrépito -luego de haber dado un giro completo en el aire-, a corta distancia de su compañero, quedando con la cortina sobre sí, haciendo las veces de sudario.

II

Intermitentes sonidos comenzaron a recorrer los oídos de Philip, casi sin llamar su atención en principio, mas luego consiguieron seducirla con una armónica melodía, y pasó a percibir un grave canto, que viajaba ligero con el aire, desde la lejanía. Posteriormente reconoció prédicas y oraciones clásicas, recitadas en latín, y se quedó unos minutos escuchándolas, serenado por la pasividad de las regulares voces, que se asemejaban a las de un coro de difuntos marchando infinitamente entre las tinieblas. El tiempo se escurría, inapreciable, a su alrededor; una glacial caricia le propiciaba, como sumergido en el agua fría de un arroyo apacible se encontraba, cada sector del cuerpo estimulado con delicadeza por el inaudible vaivén de la corriente, y la eternidad se sintió realidad, hasta que abrió los ojos, y volvió a hundirse en la mundanidad. Una araña se dedicaba, laboriosa y constante, como al ritmo de las recitaciones, a construir su tela en el vértice de una de las gruesas vigas de madera que atravesaban el techo; podría haberla contemplado durante siglos, en su mecánica perfección instintiva, mas fue sorprendido por el crujido de una puerta al abrirse. Se sentó, algo sobresaltado, y observó a su alrededor: yacía sobre una pequeña cama de madera maciza, ubicada en la intersección de dos altas paredes de piedra gris azulada, que transmitía un aire gélido a la vista, y se encontraba cubierto de una pesada manta de hilos violáceos, bajo la cual se asomaban los dobleces de la blanca chaqueta, de tela gastada, que llevaba puesta. Al otro lado de la habitación estaba apostado un pequeño escritorio de madera vulgar, acompañado de una silla igual de humilde, sobre el cual descansaban una pesada Biblia de tapa negra y un candelabro con tres velas, que alcanzaba a iluminar la totalidad de la pequeña habitación.
-¿Cómo te sientes, hermano? -preguntó un hombre delgado y pálido, casi calvo, que vestía una túnica negra, luego de cruzar el umbral y cerrar tras de sí la puerta.
-Algo adormecido todavía, y confundido, ciertamente -replicó Philip en voz baja, desde la cama. Unos segundos de silencio mediaron entre ambos, y prosiguió después-. ¿Podría explicarme, gentil señor, dónde me encuentro y cómo descarrié hasta este punto? Mis últimos recuerdos son vagos y tenebrosos; no me figuro mi supervivencia. Puedo evocar mis finales días en… tierra santa… la frenética entrada… la aniquilación… los gritos de los infieles… mas luego todo se nubla, sólo puedo rememorar destellos fugaces; un azul constante parece haberme acompañado largo tiempo, el mar y el cielo mezclados por el mecerse de una embarcación… sí… un viaje en navío… eso es… ¿cierto?
-Cubiertos de gloria, después de la victoria en Jerusalén, se hicieron a la mar un grupo de nobles heridos y corroídos, por el fuego del desierto y los horrores de la guerra, anhelando la paz del hogar. Entre ellos estabas tú, defenestrado… -hizo una pausa el cenobita, al tiempo que tomaba asiento- por ello imagino que no recuerdas con claridad. Ahora estás en la abadía de Santa María, en York, encomendada al cuidado de los heridos en batalla. Velamos por ti desde hace una semana, la cual transcurriste acalorado por la fiebre y el desvanecimiento, casi todo el tiempo hablando en sueños, a penas sorbiendo algunas gotas de agua y mordisqueando migajas de pan. Mas parece que el reposo prolongado y la tranquilidad de este monasterio van sanándote poco a poco. Ello me produce gran alegría, pues nadie merece más el bienestar que quien ha sacrificado las comodidades de su morada, el dulce vino y los abundantes manjares, para cumplimentar las órdenes divinas. Claramente tu aspecto también ha mejorado. Todos los días pasaba por la tarde a orar a tu lado y leer en voz alta algunos pasajes de la Biblia; es, por cierto, una grata sorpresa encontrarte hoy tan lúcido.
-Comprendo… -dijo Philip, después de unos momentos de reflexión, y de incorporarse de su lecho-. Ha sido una larga odisea, mas por santa gracia ya siento las energías recobradas, el cuerpo resistente, los brazos fuertes y la razón restablecida -proseguía mientras iba y venía de un lado a otro-. Me invade el deseo de salir a beber la clara luz del sol, a respirar el brillo de las verdes planicies. Pero antes me gustaría presentar mis respetos y mi gratitud, pues es grande el favor que me han concedido, y más grande aún la deuda en que me encuentro con ustedes.
-Es noticia feliz escucharte, mas debo recomendarte que no apresures tu recuperación, pues en ocasiones la convalecencia da falsos indicios de completud y sobreviene, inesperada, una fatal recaída. Por lo pronto, mandaré que te traigan cuantiosos alimentos; me cuesta imaginar cuándo habrá sido la última vez que comiste como el estómago del guerrero demanda. Además, convendré una cita con el abad, para que puedas presentarte ante él, y encargaré que te propicien vestimenta, por si deseas recorrer los interiores del edificio. No te sorprendas si escuchas rumores a tu paso, si las miradas se posan sobre ti incesantes, pues no estamos acostumbrados a tan ilustres personajes en nuestros olvidados aposentos. Por lo demás, déjame decirte que estamos honrados de encargarnos de tu cuidado, y no has de retribuir en esta casa con dinero alguno; tu reputación y tus acciones te preceden, y exigen actuar en consecuencia -comentó en júbilo, algo exaltado, con grandes ojos azules inflamados, el esquelético servidor de Dios, y se retiró luego de la habitación, dejando a Philip solo con sus pensamientos y su excitación.
Las horas huían mientras al azar abría la Biblia, siguiendo una tradición repudiada por muchos eclesiásticos, intentando dar con un augurio sobre su futuro, actualmente bastante incierto y nebuloso, cubierto de renombre, mas desprovisto de riqueza -todo había sido dispensado, incluso las tierras heredadas de su padre vendidas, para contribuir a la financiación del viaje y avituallamiento del ejército cruzado- y destino inmediato.
“Los impíos me han aguardado para destruirme; mas yo consideraré tus testimonios.” leyó de golpe, en el pasaje 95 del capítulo 119 de los Salmos, y una extraña electricidad le recorrió las vísceras, sintió el dolor perforar su cabeza, con aguda y desmedida intensidad, durante unos segundos, como una rápida estocada oracular, y supo que ya no requería continuar buscando por más tiempo. Cerró el libro y se recostó pesadamente, procurando reencontrar la calma, y cavilando acerca de aquellas pocas palabras que calaron tan hondo en su intuición.
Despertó en sincronía con el apetito y descubrió, para su satisfacción, que sobre el escritorio reposaba una bandeja con un vaso de vino, una pieza de pan blanco y un hondo plato, lleno hasta el tope de guisado, ya algo frío; de cualquier manera consumió todo con celeridad, sin reparar en excéntricos miramientos por temperatura, ingredientes o sabor, desterrando tales quejas de su espíritu como impropias de un soldado de Dios. Además notó que sobre la silla habían dejado una vieja túnica marrón y unas sandalias, comunes en los ambientes monásticos. Supuso que ya sería de madrugada, pues todo estaba en absoluto silencio y la visita del monje tenía lugar habitualmente por la tarde, sin embargo, procedió a vestirse y salir del recinto, animado a recorrer las inmediaciones del lugar por la abundante cena y la larga siesta que acababa de tomar. Paseó a lo largo de varios pasillos, pobremente alumbrados por los últimos vestigios de cera de las velas, y por lo que imaginó sería el comedor: una gran habitación cuadrada con dos largas mesas de roble a los lados, en las que había, dispersos, unos cuantos vasos. No se topó con ser humano alguno, en la quietud de la noche, y sólo encontró compañía de muertos, en una estantería, llena hasta desbordar de libros. Comprendía únicamente unas pocas palabras del latín, por lo que la mayoría le resultaban ininteligibles, sin embargo, encontró un manuscrito anónimo, en inglés, que describía trifulcas y narraba historias de saqueo a monasterios por los Vikingos, y se quedó ojeándolo durante un tiempo, sentado en uno de los bancos de leño que decoraban intermitentemente los corredores. La tenue luz dificultaba la lectura, mas la obra ameritaba el esfuerzo; los relatos de contiendas siempre habían despertado su pasión y, escritos u orales, ensalzados o sucintos, los devoraba a lo largo de su vida con una placentera sonrisa infantil en el rostro. Luego de unas horas lo atacó el cansancio nuevamente y retornó a su dormitorio, para entregarse al confortable lecho por lo que restaba de la noche.
Mientras caminaba pacientemente por los terrenos que rodeaban al claustro, durante la tarde del día siguiente, fue aproximado por un monje, que lo invitó cordialmente, dando señales evidentes de alabanza, a reunirse con el abad, quien lo esperaba en su despacho. Cambió entonces las glaucas y húmedas llanuras, pobladas de fina hierba, que danzaba con pies ligeros al compás del viento, y sobresalía brillante del plomizo fondo anubarrado del firmamento, extendiéndose ininterrumpida, hasta donde la vista alcanzaba a contemplar, por las secas paredes de piedra y la penumbra natural de la enorme construcción, que nunca alcanzaba a ser erradicada por completo, aun cuando la nívea luz del día penetraba vigorosa por las ventanas.
-Saludos, Philip de Winchester, es un placer alojar tu consagrada presencia en nuestro humilde convento. Mi nombre es Albert Heathstone, abad de Santa María, a tu servicio -hablaba un hombre bajo, de escaso cabello castaño, que rayaba la vejez y la obesidad, y caminaba lentamente, apoyándose en un báculo de madera ornada-. Permíteme decirte que puedes quedarte el tiempo que desees, y usar nuestras instalaciones como mejor te plazca. Si hay algo más en que podamos operar para hacer tu estancia más tolerable, no vaciles en hacérmelo saber.
-Agradezco enormemente su generosidad, y déjeme decirle que, en tanto permanezca en este lugar, donde me han propiciado tantos cuidados y donde no he recibido más que trato ameno, estaré alegremente a su servicio, puesto que no puedo ofrecerle otra cosa, para las tareas que usted me considere apto y necesario. Por cierto, ¿cómo conoce mi nombre? Aún no me he presentado -inquirió Philip, intrigado a la vez que feliz, por la hospitalidad de sus anfitriones y el reconocimiento que más y más percibía rodeando su nombre, como una estela dorada que inclinaba a la cordialidad.
-Una carta, que llevaba el sello de Robert II de Normandía, arribó oportunamente contigo, mencionando tu identidad y la rectitud y el sacrificio con que te condujiste durante la conquista de la santa ciudad. Hablaremos de las labores que puedas ofrendar enseguida, mas no hay prisa, como habrás visto, llevamos una vida ordenada y contemplativa, dedicada a la oración en su mayor parte. Ahora, si observas en el interior del cofre de madera que está al lado de aquella mesa… -decía mientras el cruzado avanzaba buscándolo- sí, sí, ése mismo… encontraras algunas de las pertenencias que usaste durante tu campaña. Afortunadamente no muchos parecen tener la osadía de robar a los santos, y supervivieron el largo trayecto hasta aquí.
Philip quedó estupefacto al abrir el baúl y encontrarse con el equipo de su amigo Francis: allí estaban su imponente espada bastarda, el escudo -astillado y descolorido-, el peto de la cota de mallas y la desgastada túnica blanca. La aferró con firmeza entre las manos, al tiempo que volvían a su mente las imágenes del desdichado deceso, y las lágrimas le brotaban irreprimibles de los ojos; la guardó luego de unos momentos nuevamente, con un gesto solemne.
-Es una gran fortuna que ahora pueda reencontrarme con estos objetos, más valiosos para mí que el oro mismo -habló cuando hubo recobrado un poco la compostura-. Fueron usados con destreza y honor, al servicio de la causa de Dios.
-Y seguirán estando supeditados a esa nobilísima insignia, al igual que tú; escúchame unos momentos, y comprenderás la difícil situación en que nos encontramos -añadía el abad, con aire serio, intentando recuperar la atención del caballero, que se encontraba extraviado en la niebla de la nostalgia-. Jerusalén se erige ahora bajo mando cristiano, y resiste férrea los embates del paganismo, como monumento vivo de la gloria de Dios. Sin embargo, aun habiendo adquirido tan deslumbrante gema, más preciosa que todas las piedras preciosas, la herejía persiste, y se disemina por doquier, inclusive, y más peligroso aquí que allí, en nuestra patria. Por lo tanto, si en verdad deseas ponerte a nuestra orden, siguiendo el testimonio -un escalofrío recorrió a Philip al escuchar esa palabra- divino, que son las voces de sus representantes en la tierra, has de combatir todas las formas de maldad y sacrilegio que se encarnan, como llagas purulentas, en los apóstatas, ateos y réprobos de toda clase; moradores indecorosos e impunes, hasta ahora, de las tierras de Inglaterra.
Philip se sintió incendiado de entusiasmo al escuchar el discurso, y se arrodilló cuando hubo concluido, conmovido, para reafirmar su juramento de lealtad y sometimiento a Dios y a sus emisarios.
-En estas nuevas circunstancias, has de adoptar técnicas de combate sigilosas, de pasar desapercibido entre tus enemigos y de ajusticiarlos antes de que puedan siquiera mirarte a los ojos. Ya no podrás avanzar vistiendo símbolos sacros, y tus futuras hazañas sólo han de recorrer los oídos de los habitantes de este lugar, mas regocíjate, pues Dios todo lo ve, y no pasarán desapercibidas para Él tus acciones; a fin de cuentas, Él es único merecedor de ser impresionado y el único de quien procede la verdadera gloria y la genuina recompensa -concluyó Heathstone, habiendo hablado más despacio, mientras parecía ir imaginando las futuras vicisitudes, que descenderían sobre los caminos de Philip, y hacía involuntarios ademanes con el bastón de madera.
Fue despedido después con cortesía, el noble soldado, aunque sin derecho a réplica, y se dirigió a su alcoba, para descansar y meditar acerca de los nuevos eventos que ahora determinaban su vida. Se vislumbraba a sí mismo apuñalando entre los arbustos a víctimas desprevenidas; matando sin poder ostentar con orgullo el estandarte de su ética cristiana, imposibilitado de gritar los motivos de su despiadado odio hacia los infieles y sin ser capaz de medirse abiertamente contra la destreza de otros guerreros. Tal forma de conducirse le parecía deshonrosa, no apropiada para alguien de su origen, ni para el soldado más humilde, mas las exigencias venían de una autoridad superior a cualquier linaje o rango terrenal, y se consoló pensando que en la vida de un hombre no podía haber oposiciones a la voluntad divina, si no quería asemejarse a aquellos a quienes tanto despreciaba.
Transcurrió los siguientes días obligándose a disfrutar del intervalo de paz de que disponía, pensando que quizá no tendría otro en años, pero también dedicándose a templar el espíritu, para poder cumplir con su nuevo deber. Como parte de los preparativos, hubo de escoger entre las armas y armaduras coleccionadas en un húmedo cuarto subterráneo del cenobio, acarreadas por pasados huéspedes; algunas se conservaban todavía en buen estado y otras se habían tornado inservibles por el tiempo y el uso, aunque era una diferencia casi imperceptible para los monjes, que arrumbaban todas por igual. Desde el comienzo supo que empuñaría la antigua espada de Francis, mas también se hizo de una pesada hacha de batalla y una daga afilada, con las que asimismo tenía considerable habilidad, para completar su arsenal. Respecto de la defensa, teniendo en cuenta el tipo de combate que entablaría, consideró suficiente una empolvada armadura de tela reforzada y un yelmo metálico cerrado, que escondería su rostro, y resultaba bastante amedrentador a la vista. Consiguió además la túnica negra del religioso que lo visitaba por las tardes -cedida con algarabía-, y se vio avanzando, bajo el cielo rojizo del ocaso, por entre los árboles frondosos, hacia su víctima; un espectro de las sombras blandiendo un fatal brillo argénteo, profecía del infierno, y no pudo concebir a alguien que pudiera oponérsele sin terror, lo cual lo llenó de seguridad y arrojo.

III

Los días se hacían efímeros, con el viento partían desdeñables; la ansiedad se tornaba difícil de sobrellevar, el espasmo de las manos, sedientas de alzar la espada, imposible de apaciguar, hasta que llegó la esperada chispa, a desencadenar el fuego de la vesania.
-Levántate contra la perversidad, haz caer el martillo de Dios sobre sus enemigos y no les permitas continuar tiñendo de oscuridad la pureza de nuestros espíritus. Dirígete al bosque del oeste, allí hallarás un árbol particular, más alto que todos los demás, donde suele reunirse, por la noche, según me han informado, un grupo de habitantes del cercano pueblo, a renunciar a Cristo y a venerar a las plantas y a monumentos de roca y troncos. Se bañan desnudos en el próximo arroyo y cometen actos de carnalidad, que no pueden pronunciarse, mientras entonan cánticos demoníacos. Podrás encontrarlos fácilmente, pues el lugar está por lo demás deshabitado; oirás las voces y verás el fulgor de las antorchas, reconocerás el rojo de Satán en sus ropas, dando testimonio -de nuevo, un rayo le recorrió las venas- de su lealtad. En su ciudad de origen están al tanto de los sucesos, mas les temen o les son indiferentes, ¡cobardes y traidores!, por lo que te ordeno que tomes el deber en tus manos y no dejes a uno solo con vida; erradica este extemporáneo hálito de idolatría y sienta el ejemplo, para sus familias y sus vecinos; que sepan que el camino que se aleja de Dios se acerca a la desgracia -aulló el abad, lleno de indignación, escupiendo en varias ocasiones, por lo colérico que se encontraba.
Philip reunió todo el equipo y partió a pie al mediodía -no lo separaban muchos kilómetros del lugar-. Decidió llevar la espada envainada y el hacha en las manos, considerándola más práctica para combatir en espacios reducidos. Las corrientes hacían ondear los pliegues de la holgada túnica, dándole el deseado aspecto fantasmal. Se adentró en el bosque, cuando empezaba a caer la noche, y comenzó a explorar el territorio, intentando ubicar el lugar designado. No le fue difícil orientarse, pues la copa del imponente pino, de tronco ancho y alargado, como la torre de un castillo que se adentra en los cielos, se divisaba a gran distancia, sobresaliendo entre el resto. A su alrededor se habían talado otros árboles, formando un pequeño claro, pasado el cual fluía, murmurante, un tímido arrollo. Se alejó varios metros y procedió a esconderse, detrás de un enorme tronco derribado, que yacía al pie de un nogal, formando una excelente trinchera natural. Allí permaneció al acecho, como un tigre en la jungla, hasta pasada la medianoche, cuando una antorcha y unas voces se acercaron. Se trataba de una pareja, la mujer llevaba un delantal aloque, y unos pantalones del mismo color el hombre. Clavaron la antorcha en una esquina y se sentaron a la espera. Poco a poco fueron llegando personas y llamas, hasta que frente al pino se hallaban siete, de diferente género y edad, mas todas portaban alguna prenda roja. Estaba bastante iluminado el santuario, y las canciones no tardaron en hacerse presentes, interrumpiendo el velo negro y los tenues sonidos de la noche. Philip estaba más atrapado por la curiosidad que por el odio y contempló danzas y ritos, con cuchillas, velas y otros adornos, por unas horas, hasta que finalmente lo abrumó el hastío, y la certeza de que no arribaría nadie más. Se cubrió la cabeza con el casco y la capucha de la túnica; aferró el hacha con ahínco, mientras se iba llenando progresivamente de resolución, y se puso en pie. Avanzó despacio, sin interrumpir las oraciones, que eran profesadas con exaltación, de cara al árbol; el ángel de la muerte acercándose invisible, al abrigo de la penumbra. Una de las mujeres volteó, quizá presintiendo la amenaza, y profirió un grito de horror, al ver el resplandor difuso del hacha, a la luz de los fuegos, y como ésta se hundía completa en el cráneo del hombre que estaba arrodillado más atrás. Apoyó luego la bota sobre su espalda y la arrancó, para batirla contra el cuello de otro infortunado, que, sentado junto, únicamente había tenido tiempo de pararse; la sangre estalló hacia arriba y lo bañó, cual lluvia de rubíes, otra vez decorándole las vestimentas. De nuevo el fragor de la matanza, y su cuerpo se sintió verdaderamente vivo, por primera vez desde que abandonó Jerusalén. Un tercero tomó una espada corta, de entre los objetos de la ceremonia, y lo embistió, mas Philip consiguió interrumpir la carga, lanzando el hacha con todas sus fuerzas hacia él; se clavó ésta en la frente y lo dejó tumbado de espaldas. Ya no veía atormentados humanos, sino sólo súcubos e íncubos, que eran desterrados con presteza al averno, donde les correspondía habitar. Desenvainó la espada y se acercó hacia el último hombre vivo, que revisaba unas mochilas y cestas, de espaldas a él, probablemente en busca de un arma, casi sin poder controlar la intensa sacudida de los miembros. Antes de que lo alcanzara, una de las mujeres procuró adentrarse en la oscuridad del bosque, pero fue detenida por un poderoso golpe lateral, que, impactando a la altura de las rodillas, la dejó postrada, con una pierna menos, gimiendo de dolor. Pasó después por encima de su inerme cuerpo, y atravesó la cabeza del anterior objetivo, con una estocada de la espada, que entró por la nuca y salió, del otro lado, a la altura de la nariz, llegando a penetrar unos centímetros en el pino. Luego extrajo el acero, dejando caer el cadáver de boca a la tierra, a lo que otra de las féminas sucumbía al desmayo. Una más seguía todavía en pie y consciente, aunque inmóvil, pálida como la nieve, paralizada de pavor. Inspiró hondo, hizo una pausa durante unos segundos y le cortó la cabeza de un golpe cruzado, que dejó de nuevo la espada sujeta al tronco, esta vez por el filo de uno de los lados. Ya más relajado, pasados unos momentos, envainó la hoja y acabó el sufrimiento de la arpía que se agitaba en el suelo, con el miembro amputado, tirándole de los cabellos, hasta sostenerla a la altura de su pecho, y cortándole luego la garganta, con un veloz movimiento, relámpago horizontal, de la daga. Respecto de la que permanecía desvanecida, le atravesó con la misma arma el corazón. Finalmente, para terminar con su cometido y dejar una advertencia, procedió, reprimiendo la aversión -nunca había intentado acto tal; era como arrastrado, con leve resistencia, por una corriente de fascinación-, a remover los ojos de todos los cadáveres y a apilarlos en la base del árbol; talló, seguido de eso, "Quienes dan la espalda a Dios no verán más que su ira", en el tronco, por encima de una amplia mancha de sangre. Antes de partir recogió todas las prendas originalmente rojas -ahora ya casi todas se habían tornado de ese color-, juntó los cadáveres y los incineró; lavó los filos y las manos en el agua helada del arroyo y, con una de las antorchas en brazos, se adentró en el bosque. Mientras caminaba con lentitud, procurando recuperar el aliento y las energías, escuchó un sonido en la oscuridad, que lo sorprendió y atemorizó. Sacó nuevamente el hacha, y se dirigió hacia allí con cautela. Descubrió, andados unos cuantos metros, para su tranquilidad, que se trataba de un gran caballo negro, que resoplaba aburrido, atado a una haya, en la frontera del bosque. Por fortuna se mostró dócil a su mando, y volvió montándolo, bajo el resplandor cristalino de la luna llena, al monasterio.
Llegó contrastando con la claridad del alba, y los monjes lo recibieron con simpatía, aunque algo impactados, de verlo empapado en sangre, sobre tan alto y brioso animal, que lo volvía todavía más intimidante. Uno de ellos le indicó que el abad se alegraba de su retorno y lo vería por la tarde, antes que la cena fuera servida.
-Personalmente, le recomendaría tomar un baño largo y descansar, se le ve agotado. Por lo pronto, deje a su caballo conmigo, nosotros nos haremos cargo de alimentarlo y buscarle un lugar en el establo -explicó con tono condescendiente y servil.
Y así lo hizo: se despojó con gusto de las pesadas armas y ropas, y se sumergió en el agua primero y en la cama después, para dormir placenteramente, hasta que fue despertado, durante el ocaso, y le anunciaron que lo aguardaban. Se vistió ágil, con la delgada túnica marrón, que ahora se sentía más ligera que una pluma, y se dirigió a la reunión, llevando las ropas rojas de los perecidos en un saco.
-Bienvenido de vuelta, hijo. Me llena de tranquilidad saber que has retornado a salvo, que no han logrado herirte los malditos -exclamaba Heathstone, mientras Philip arrojaba delante de él el costal con las telas carmesí-. ¡Ahhh! Es una grata imagen contemplar estos harapos, prueba de tu hazaña. Espero que todos estén recibiendo el merecido resarcimiento por sus actos, en el infierno. ¡Lo has hecho bien!, sin dudas, y tu recompensa embellece y se hace vasta, más allá de este mundo de hueso y polvo, sin embargo, hay mucho todavía por hacer: golpes que soportar, sangre que derramar; el camino es áspero, sobre zarzas de piedra andarás durante siglos, mas es el único que conduce a Dios… ¿estás dispuesto a escucharme y a cumplir su inequívoco mandato, a dar testimonio de tu fe?
-Lo estoy, en cuerpo y alma; hoy como ayer presto a tragarme el sol para legitimar el peso de mi creencia. Deme mis órdenes, y rece por las almas de quienes estén en mi camino, pues es unívoco asimismo el resultado: si encarnan la maldad, han de extinguirse bajo el fuego de mi acero -contestó Philip de rodillas, encogido por la sensación genuina de una carga divina descendiendo hacia él, junto con las palabras del abad.
-Escucho la certitud en tu voz, y observo la rectitud en tus actos, te encomiendo pues, arrebatar la vida a un noble cortesano, William Fardock es su nombre, habitante de la próxima ciudad hacia el norte. Practica las artes de la adivinación y la numerología, hace caso omiso del consejo del sacerdote local, que lo impele a abandonar dichas prácticas, abolidas por la ley de Dios. Y no sólo eso, sino que además presta sus servicios a otros, que creen ingenuamente en sus sandeces, y les quita el oro de las manos y la cristiandad del espíritu. Mátalo sin revelarte, mátalo sin piedad y sin despertar sospechas; vuelve luego al templo a recuperarte, y a congregarte con tus hermanos, que te recibirán llenos de admiración y esperanza, al igual que yo -mandó Heathstone, con su típico carisma en la voz y en los gestos, que emergía acalorando la sangre, como la embriaguez después del vino, y destilaba grandiosidad, moviendo a la obediencia.

IV

Andaba entre las calles rengueando, haciéndose pasar por un fraile desposeído -lucía el hábito del monasterio desgastado y lleno de agujeros, y la cabeza rapada-, buscando la morada de su víctima; fue indicada por un poblador indigente, que rondaba el pueblo mendigando y clamando haber sido robado, a cambio de algunas de piezas de cobre, como la que ostentaba un banderín rojo con una hoz y un martillo dorados, símbolo de la familia. Dio con ella fácilmente, siguiendo las directrices, pues sobresalía de entre el resto de las casas por su calidad arquitectónica, y el escudo flameaba enérgicamente con el fuerte viento, como un ave batiendo las alas bajo el sol. Además observó al que supuso sería su objetivo, caminando al azar sobre el balcón frontal, contemplando la lejanía del horizonte, y como el sol se escondía lentamente detrás de las montañas. A medida que se iba acercando a la puerta, lo recorría la sensación de ser observado, seguido incluso; volteó en varias ocasiones y escudriñó en todas direcciones, mas nada le pareció extraordinario, por lo que desestimó sus temores, atribuyéndolos al juego de la imaginación, y procedió a golpear. Fue atendido, pasados unos minutos, por el mismo hombre obeso que había visto momentos atrás. Lo miraba intrigado, con sus pequeños ojos marrones casi cubiertos por los abultados pómulos.
-Noble señor, ¿permitiría a este humilde servidor de Dios incurrir en la osadía de abusar de su hospitalidad? Me encuentro de paso por la ciudad, camino a Santa María, el monasterio del sur, donde he de permanecer el resto de mis días, mas ya no puedo seguir en pie sin alimento, caminando con los ojos sedientos, de volver a beber los renovadores colores del vino. No le quitaré más que un breve tiempo, y unas piezas de pan, aunque sólo puedo ofrecerle mi bendición y mi gratitud en retorno, por lo que apelo a su generosidad -preguntó Philip, con la cabeza gacha y el cuerpo cojo, carraspeando mientras hablaba.
-Será un honor proveerle de alimento, pues en esta casa no somos glotones ni avaros, y siempre ayudamos a quienes obran por las buenas causas. Hacemos donativos regulares al templo de la ciudad y el clérigo que allí reside es un viejo amigo de la casa, quizá le conozca. Pero no nos quedemos hablando aquí, pase, pase, por favor… -indicó confiado el hombre, mientras conducía a Philip hasta una larga mesa, en el centro de la sala, acompañada de cuatro sillas y varias bandejas y jarras, con pan y frutas, agua y vino, posibles remanentes de la cena. Se sentó trabajosamente, mientras su anfitrión se retiraba a otra habitación y volvía con un vaso, que llenó hasta el tope de tinto néctar, y se lo entregó con complacencia.
-Coma con libertad, no es mucho, pero ayudará a atenuar el dolor de sus entrañas. La cocinera no está aquí; se fue acompañando a mi esposa y a mis hijos, a lo de la familia de ella, y no volverá hasta dentro de varias horas, por lo que no puedo ofrecerle un plato más elaborado, lo lamento verdaderamente -explicó después, al tiempo que se sentaba junto a al pretendido fraile, y quedaban separados sólo por una silla.
-No se aflija, se lo imploro, esto es mucho más de lo que hubiera podido desear, verdaderos manjares -alegaba Philip, mientras se atragantaba de alimentos con una mano y preparaba la daga con la otra, escondida bajo la mesa-. ¿Podría decirme su nombre? La benevolencia aquí hallada no pasará desapercibida, se lo aseguro, pero no me gustaría aclamar la reputación de la persona equivocada.
- No busco fama -contestó riendo el hombre rollizo-, sin embargo, con gusto le diré que me llamo Will…
Las palabras y la sonrisa fueron suspendidas por una feroz acometida de acero, que estalló desde las sombras, e ingresó por el costado de la cabeza de Fardock, a la altura de la sien. Se desplomó sobre el respaldo y quedó inmóvil, mirando las escaleras que llevaban al segundo piso, con los ojos abiertos como doblones de bronce, inundados de sorpresa. Su victimario le quitó un anillo de oro de las manos, que llevaba grabado, con asombrosa precisión, el emblema de su casa, y se dirigió a una pequeña ventana que daba a la calle, desde la cual observó paciente, hasta que quedó desértica. En ese momento procedió a salir, encapuchado, y, manteniendo el papel que interpretaba, se alejó rengueando, en dirección al establo de la ciudad, donde lo aguardaba Golgotha -así había bautizado a su caballo-. Durante ese lapso volvió a invadirlo la sensación, vaga pero intensa, como el vaticino de una tormenta, de ser perseguido o controlado y, en esta ocasión, algo lo dejó trastornado: observó de reojo, sin levantar la cabeza, a un hombre sumamente extraño, escondido tras una carreta, que parecía seguirlo con la mirada, cuya imagen lo sobrecargó de angustia. Jamás había contemplado ropas similares, y, sin embargo, le resultaban a la vez familiares: zapatos que brillaban más que el sol de mediodía, pantalones apretados de corte y tela insólitos, al igual que la chaqueta y un extraño lazo que le rodeaba el cuello, todo negro como el carbón, a excepción de una blancura increíble, más clara que cualquier otra prenda que hubiera tenido antes entre manos, que la leche incluso, destellando sobre su pecho. Además le inquietaba el cabello, al ras pero puntiagudo, completamente inusual. ‘Un extranjero seguramente’ pensó para tranquilizarse, recordando que había vivenciado una situación semejante en oriente, hasta que se habituó a las raras costumbres foráneas, y siguió avanzando, mas casi al trote, abandonando la pretendida cojera. Vio todavía a uno más, casi una copia exacta del anterior, sólo que algo más bajo y relleno, a cubierto entre las paredes de dos casas, hasta que se encontró con su montura y escapó al galope, apremiando a golpes al animal para que aumentara la velocidad, justificando toda crueldad por el temor -a que tan deshabituado se encontraba últimamente- y por todo medio que contribuyera a su distanciamiento de los Demonios Negros -como los había denominado momentáneamente en su mente-.
Cuando retornó a Santa María entró de golpe en los aposentos del abad, y le vomitó toda la historia y todos los sucesos, incluso los macabros del final, convulsionado por la ansiedad y el miedo, que venían turbándole inmutables desde que emprendió el viaje de vuelta. Agitado, con las manos temblorosas, dejó el anillo sobre la mesa, como si se desprendiera de una fatigosa armadura de plomo, y cayó de rodillas, con la mirada desolada vagando al azar por los rincones.
-Concéntrate Philip, debes recobrar la calma. Es evidente que se trataba de extranjeros, y ni siquiera estás seguro de que te buscaran a ti realmente. Recuerda las oraciones, repítelas incansablemente en momentos como éste, pues no hay mente devota que no puedan sanar. Aférrate a esta cruz con convicción, en tiempos de tempestad, y no te faltará faro para guiarte, entre los azotes del vendaval y las traiciones de las aguas -susurrábale Heathstone sereno, mientras ponía un crucifijo en sus manos desganadas, procurando transmitir tranquilidad, intentando disimular la sorpresa, suscitada por la profunda perturbación del normalmente frío y templado caballero-. Te has visto entre las criaturas más diabólicas y has sorteado con éxito los peligros más sutiles, en tierras lejanas y en tu propia casa, mas quizá ha sido todo demasiado repentino… El mal es una fuerza poderosa, y en ocasiones nos carcome sin que lo notemos, dejándonos atrofiados e inermes, cuando menos lo esperamos y cuando más necesitamos defendernos. Lo has hecho maravillosamente, otra vez, cumpliendo tu deber con diligencia y precisión; no más podría demandarse a un soldado de Dios. Te has ganado la calidez y comodidad del lecho en tierra de paz, y te doy libertad para descansar el tiempo que necesites, hasta que te sientas restaurado enteramente, sea mañana, sea dentro de veinte años.
-Intentaré sobrevivir, como siempre lo he hecho, apoyándome en Dios… -sollozó Philip, tragándose las lágrimas como trozos de vidrio, y se retiró a su habitación, con lentitud, andando como un caído; se entregó entero al abrazo de las sábanas y sólo el completo estado de desgano de su cuerpo pudo apaciguar el mar crispado de su corazón, y abrirle las puertas del sueño.
Los días transcurrían interminables en el monasterio, recorridos por el habitual silencio y la pasividad de sus moradores, y en la mente de Philip no había más que tormenta. Los rezos y los prolongados baños tibios, la paz, el aburrimiento general, no hacían otra cosa que contribuir al malestar en su mente; tierra fértil para que germinaran las fantasías persecutorias y las ideas de conspiraciones y amenazas ocultas, zarpazos vengativos de sus víctimas, que sólo podía abandonar a costa de enormes esfuerzos de voluntad. Las horas pasaban sacando chispas, haciendo fricción con su cuerpo; prisionero eterno de una cámara de tortura invisible e indecible era en ese estado. Antes de que pasaran dos semanas fue a rogar que le encomendaran otra misión, para tener algo en que ocuparse, mas su solicitud fue rechazada, con motivo de su necesidad de restablecimiento. Unos días después de cumplido el primer mes intentó ahorcarse en su habitación, colgándose de una pesada soga atada a una de las vigas del techo, mas fue descubierto por un monje antes de que se le agotara el aire y denunciado al abad, que no pudo creer la historia al comienzo.
-Es inaudito que hayas intentado quitarte la vida, lo cual bien sabes constituye un pecado injustificable, una renuncia al regalo más valioso que Dios nos hace a todos… no puedo comprenderlo, después de todas las penurias soportadas y los honores conquistados, ¿qué es lo que falta en tu vida, a qué se debe tu desmoronamiento? -preguntó Heathstone anonadado.
-Me he dado cuenta de algo, y es una verdad inherente a mí mismo: cuanto que mi pecho necesita aire, mi corazón late y mis oídos se atragantan de palabras, mi alma bebe la conmoción de la batalla, se avoca a ella con cada fina hebra del pensamiento, con cada músculo del cuerpo, y, falta su atrapante presencia, perece y se marchita, como el árbol no sobrevive sin el sol. Es sencillo; entonces, en tanto quiera vivir, he de pelear, aunque eventualmente ha de significar mi muerte, pues al menos así obro a favor de la corriente de mi naturaleza, y sirvo a Dios en el proceso, de lo contrario, he de morir por mis propias manos, inútil, arrancado de razón por la inclemencia de las espinas de la paz -argumentó Philip pensativo, apagado por la lógica que encontraba en sus propias palabras.
-Debo recordarte que tu última tarea estuvo teñida de las marcas del pavor, y que llegaste como una liebre perseguida por los lobos; sin embargo, también creo que nadie mejor que uno mismo para conocerse, y que el servicio que has prestado ha sido de indudable valor e incuestionable eficacia. Por lo tanto, te asignaré un trabajo más, una medicina de sangre, sí puede llamársele así, que espero termine de cerrar las heridas de tu alma -hablaba el abad, mientras determinaba en su mente cuál sería el mejor encargo, no demasiado peligroso pero aún así desafiante.- Hay una hechicera, testimonio vivo de lo aberrante, que habita en un bosque pasadas las colinas del este, a unos tres días a caballo, a quien acuden las gentes crédulas y vulgares, en busca de amuletos, talismanes, curas fantásticas y ungüentos afrodisíacos, en fin, sortilegios de toda clase. Aléjala del sendero del bien, para que no pueda seguir corrompiéndolo, y hazte de confianza y fortaleza nuevamente.
Se apresuró al establo, cubierto de ánimos, listo a reescribir el extravío de sus andares, mas volvió a sufrir un arrebato del destino, que parecía determinado a enceguecerlo. Encontró a otro personaje misterioso observándolo, desde atrás de unos barriles, llenos con agua para los animales, que huyó rápido como un zorro, al percatarse de que había sido descubierto, y desapareció tras uno de los enormes muros de roca del edificio principal. Usaba botas negras, altas hasta la mitad de las pantorrillas, con pantalones, de manchas marrones y verdes como las de un sapo, metidos dentro. Vestía además una camisa arremangada, de idéntico patrón. En su conjunto, considerando además la oscuridad de su piel, se asemejaba bastante a una planta.
-Ahora me vigilan también los Demonios Selváticos… han de ser cómplices de los otros, estoy seguro. Estarán planeando el ataque, buscando el momento oportuno para dar la mordida, como hiciera aquél muchacho en el desierto -manifestaba a su caballo, resignado, con la voz llena de fatalidad, mientras lo acariciaba suavemente-. Golgotha… te ves tan sereno, que no puedo evitar sentirme ya más aliviado. Huyamos de aquí, no tiene sentido preocuparse demasiado por lo que no puede comprenderse con claridad, mas hemos de permanecer alertas, listos a repeler el ataque y a reaccionar con ferocidad, como un león ante las hienas.
Galopó durante tres ocasos por las llanuras, con el viento golpeándole reconfortante, y el cielo ensombrecido, por la amenaza del peligro indescifrable, de la espada pendiendo sobre su cabeza. Atravesó las colinas y una ruta comercial, bastante transitada, y se adentró en el bosque, al cuarto mediodía, olvidando las intrigas y distrayéndose en los avatares de su labor. De cuando en cuando se topaba con algún viajero, que probablemente se desviaba unos kilómetros del camino para consultar su suerte o buscar alguna medicina profana. Siguiendo a uno de ellos dio con la casa, rústica edificación de madera y paja, erigida en un claro elevado. Un magnífico caballo blanco descansaba amarrado a una araucaria cercana, mas no había otras personas en los alrededores, a excepción de su improvisado guía, que entró en la residencia, bienvenido por una joven mujer, de cabellos castaños y piel morena. Avanzó imperturbable hacia la casa, con el hacha en una mano y la daga en la otra, como un águila cae insospechada con sus afiladas garras sobre una serpiente; en su mente se arremolinaba únicamente la resolución, la primacía de un mandato profundo, vital, que opacaba cualquier otra consideración, como el fuego del sol al de una vela. Derribó la puerta de un estruendoso puntapié y se quedó parado en el umbral, bloqueando la única salida.
-Ustedes dos, si quieren seguir viviendo, pueden irse ahora, y abandonar estas prácticas abominables para siempre; de lo contrario, volverán a encontrarme, y en esa ocasión no hallarán en mí una gota de misericordia -ordenó, con la dureza propia de un militar, a los hombres que se encontraban sentados frente a la maga, separados por una mesa de piedra, en la que se observaba esparcido un polvo blanco, con gotas de sangre vertidas en diversos puntos, y varias patas desparramadas, de algún pequeño animal peludo, ardillas o liebres quizá. Los extraños estaban desconcertados, y hubo un largo momento de silencio.
-¿Quién diablos cree que es para amenazarnos? Yo soy el duque de… -alcanzó a decir uno, que vestía con elegancia, finalmente, pero no pudo completar la frase, pues el hacha se le clavó en el pecho, acallándolo. La mujer profirió un agudo grito ensordecedor, que ahuyentó a los pájaros y al otro hombre. Philip observaba sus ojos y su rostro y se anticipó al próximo acto, dejando el paso libre y ubicándose más cerca de la presa, al tiempo que guardaba la daga y desenvainaba la espada, poniéndola ante ella, para prohibirle el movimiento. De un salto se puso en pie el que restaba y salió corriendo de la casa, sin siquiera pensar en tomar el arma del cuerpo del muerto y contraatacar. "Es el final… no dolerá, pero se avecina la eternidad de calvario", soltó de la boca, y el acero de las manos, atravesando el corazón de la hechicera, que pereció agitando el brazo sobre la mesa, intentando asir con fuerza espasmódica el polvo incorpóreo, que se mezclaba con el aire, y mirando con odio a su ejecutor, como si sus ojos, saetas verdes, pudieran penetrar la armadura que lo envolvía. Cuando al fin permaneció quieta Philip tomó un mechón de su cabello. Antes de retirarse le llamó la atención una pequeña roca negra, de forma circular, que llevaba tallada en el centro una estrella de cinco picos, y era de extraordinaria suavidad, como las que se hallan bajo las cristalinas aguas de los arroyos y los ríos. Bajo ella se escondía un libro, titulado “Manifiesto Comunista, por Karl Marx y Friedrich Engels”. Guardó ambos objetos con cierta curiosidad, aunque más bien indiferente, considerando que ya tenía suficientes pruebas de su éxito. Mientras se acercaba a Golgotha, con la concentración adormecida por el éxtasis del triunfo, fue reanimado por la visión de dos Demonios Selváticos, guarecidos tras los árboles, casi fundidos con ellos, indistinguibles. Aparecían en un lugar y después en otro, aterrándolo. Un campesino caminaba distraído en su dirección, mas tan aletargado se encontraba, que no lo notó, y topo con él bruscamente, reaccionando automáticamente con una violenta puñalada al hígado, que lo dejó tumbado, retorciéndose de dolor. Antes de que pudiera extraer la daga y tomar entera conciencia de lo sucedido los demonios estaban a su lado, apresándolo uno por cada brazo. Otro se puso frente así, saliendo con ímpetu de entre unos arbustos, y le clavó, cerca del hombro, una diminuta aguja, seguido de lo cual sintió un líquido ingresar a su cuerpo, y su resistencia frenética se detuvo, casi al instante; se desvaneció como un insecto, indefenso ante el veneno de una araña.

V

Al abrir los ojos se encontró con los brazos paralizados por una camisa gris, cuyas largas mangas se sujetaban a la espalda, y sentado en una dura silla de lata. Podía ponerse en pie, pero sus músculos estaban fláccidos y apagados. Su mente se encontraba igualmente detenida, ralentizada, y las ideas parecían tardar siglos en gestarse. Dos demonios hablaban entre sí, bastante inquietados, a unos metros de él, en la misma habitación cuadrada y relucientemente blanca, de techo bajo, sin ventanas, aunque en extremo iluminada.
-Coronel, tengo entendido que los exámenes médicos ya finalizaron, y no hay señales evidentes de daño cerebral, sin embargo todavía faltan realizar algunas pruebas… Parece estar despertando, quizá deberíamos ir a hablar a otra parte -comentó el Demonio Negro.
-No se preocupe por él, ya está bajo control, y pronto será descartado. Acaban de informarme que los médicos le administraron drogas antipsicóticas y sedantes, por lo que ya no debería dar mayores inconvenientes -informó el Demonio Selvático.
-Tendremos que fabricar una historia paralela al Proyecto que explique los homicidios. Era sencillo mantener a raya las investigaciones policiales cuando los muertos sólo eran comunistas, y nadie estaba al tanto más que superficialmente de los hechos, pero desde que asesinó al asistente del senador Martins, durante la reunión con la representante del sindicato de empleados ferroviarios, y al desgraciado que topo con él por casualidad a la salida del edificio, todo se nos ha ido de las manos. Además dejó escapar vivo a un testigo. Los sucesos se han divulgado a la prensa… fue imposible evitar este resultado. Ha de ser eliminado lo antes posible; un suicidio o una eventualidad funcionarían bastante bien -explicó el hombre vestido de negro.
-Agente Willard, fue algo arriesgado, sin duda, pero la experiencia no será en vano, se lo garantizo. Únicamente tenemos que procurar que el Proyecto se mantenga confidencial, como hasta ahora. Ésa es nuestra prioridad más importante, si estos incidentes se ligan a nuestras investigaciones podríamos perder el apoyo político y la financiación; debemos evitarlo a toda costa. Con los nuevos datos recolectados podremos avanzar mucho, y sería un verdadero desperdicio que todo se fuera a pique por unas bajas accidentales. Víctimas de guerra, y sacrificios necesarios, si me lo pregunta -alegó el coronel.
Philip escuchaba con atención, aunque sin comprender demasiado; sólo sabía que se acercaba su final, y tal certeza no le provocaba ningún malestar, por extraño que resultara. Se distrajo unos momentos con unos papeles que había sobre la mesa metálica que tenía frente a sí, dispuestos en desorden y escritos en una caligrafía perfecta, mecánica. Leyó en ellos: ‘Vocero de Nueva York, 18 de junio de 1960. ‘MÚLTIPLE HOMICIDIO EN REUNIÓN DE LA LIGA COMUNISTA. SIETE MUERTOS.’, ‘DIRIGENTES SINDICALES MASACRADOS.’, ‘SIGUEN MURIENDO LOS ROJILLOS EN NUEVA YORK.’, ‘¡LOS COMUNISTAS RECHAZAN A DIOS, DIOS RECHAZA A LOS COMUNISTAS!’ y frases similares. Inclusive había retratos de gente familiar, pero indefinible, como personajes de un antiguo sueño, del que ya no quedan sino los contornos en la memoria.
-Sería una pérdida lamentable, después de tantos recursos dispensados. Actualmente incluso podrían ser de utilidad, en ciertas circunstancias. Por ejemplo, podríamos distribuir un grupo en zonas estratégicas de Cuba y esperar que los cadáveres empezaran a apilarse, y el pánico asociado al comunismo se esparciera entre la población; sería más bien indiferente si en algún momento se desquician y empiezan a matar al azar, o práctico inclusive, ya que acabarían autodestruyéndose o muertos por civiles, evitando ser capturados para indagación o interrogatorio. Bah, de cualquier forma no obtendrían de su boca más que disparates, ése es parte de su encanto. No creo que pudieran averiguar algo de valor sin tener conocimiento explícito del Proyecto. Más allá de todo, de parte del F.B.I, el director me ha informado que, pese a lo sucedido, seguiremos ayudando con la experimentación y tomaremos las medidas necesarias para darles oxígeno entre las autoridades locales, sin embargo, debemos proceder con extrema cautela y discreción -añadió Willard.
-Estoy completamente de acuerdo. Muchos nos repudiarían si el Proyecto se hiciera público, pero no se pueden escatimar esfuerzos o caer en vana sensiblería en esta lucha contra el comunismo, que no da tregua y no toma rehenes; quizá si pasaran unos meses bajo el yugo del despotismo soviético nuestros críticos serían más razonables. De cualquier manera, por favor infórmele al director que el Dr. Watson, jefe del equipo psiquiátrico, me ha hablado favorablemente respecto de nuestra presente capacidad de manipulación y control: se ha visto sustancialmente incrementada desde que empezaron a combinar la estimulación neuroeléctrica de la corteza cerebral con el condicionamiento ambiental y los psicofármacos. En su conjunto, los sujetos de prueba son bastante estables. Los delirios no son uniformes, sino más bien espontáneos y dependientes de cada individuo; podría decirse que se los desencadena, en lugar de construirlos artificialmente, lo cual resultaría tecnológicamente imposible. Por ejemplo, este sujeto parece haber desarrollado una suerte de recreación de la Edad Media, a la cual logra asimilar casi todas las experiencias y percepciones externas, según los registros de las entrevistas de exploración psicológica. Por tanto, se le ha condicionado con símbolos, comunistas y católicos, y citas bíblicas, entre otras cosas; como verá, son fácilmente encausables hacia nuestros objetivos. El resto de las variables de personalidad pertinentes se evalúan antes de seleccionar a los sujetos como candidatos para el Proyecto. Estos eventos imprevistos no han de detenernos, constituyen más bien una señal del progreso alcanzado hasta ahora. Debemos analizar los resultados detenidamente y continuar trabajando con máxima dedicación. Todavía restan sortear obstáculos importantes: aparentemente el ‘filtrado’ por la alucinación no es total, y aparecen ciertos puntos donde las realidades se mezclan y los sujetos se tornan volátiles; una suerte de intuición primaria o vestigio de deseo continuo de rechazar la ilusión termina perturbándolos, como el sonido incesante de un torno de dentista, y volviéndolos impredecibles. Tengo todos los datos técnicos en un archivo preparado especialmente, se lo entregaré antes de terminar el día. Ahora podríamos ir a almorzar y luego concentrarnos en preparar el informe y los relatos oficiales -concluyó el Demonio Selvático, al tiempo que ambos salían por la puerta, y dejaban a Philip inmóvil, extraviado en el limbo, entre dos mundos, a la espera narcótica de su ejecución.



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