Augurio Fatal


"El individuo ha luchado siempre para no ser absorbido por la tribu. Si lo intentas, a menudo estarás solo, y a veces asustado. Pero ningún precio es demasiado alto por el privilegio de ser uno mismo." Friedrich Nietzsche.


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La noche vasta y negra recubría la selva de místico silencio y amenazante oscuridad. Sólo se dejaban adivinar ligeras pisadas, rítmicas respiraciones y ocasionales crujidos. De cuando en cuando eran tales insinuaciones apagadas por la muerte, que resultaba de la caza nocturna que algunos animales emprendían: contra una maraña de troncos pútridos, a la orilla de un riachuelo, sucumbía una cría de pecarí a la mordida implacable de un ocelote, y, no muy lejos, una tarántula, grande y peluda como un coco, daba muerte a una desdichada rana verrugosa, que pasó demasiado cerca del hueco sombrío en la base de un árbol donde residía, y sufrió la veloz puñalada de sus colmillos, acompañada de la inyección letal.

Entre tales acontecimientos se hallaba, apacible e inconciente de las mortales contiendas circundantes, en un claro artificial, una tribu de durmientes, salvaguardada de la angustia de la noche por el éxtasis de los sueños y el cobijo de rústicas chozas de madera. Así cubiertos, y con algún cuchillo de piedra o lanza bastante cerca, se rendían los hombres con suficiente seguridad al descanso. No todos, sin embargo, se ocupaban en avatares oníricos: de una de las moradas emergió fugaz una ligera silueta difusa, apenas hecha visible por los últimos destellos de una fogata que agonizaba en el centro del terreno. Como un relámpago se desvaneció y reapareció a la entrada de otra cabaña, donde fue bienvenida en silencio por un hombre expectante. De un salto se arrojó sobre él la muchacha, morena y hermosa, y, sin que se intercambiaran palabras, se desató una tormenta de besos y caricias, que procuraban mantener mudas, y los momentos de placer se sucedieron veloces, en sensaciones que nada tenían que envidiar a las maravillas soñadas por los vecinos. “Mejor que me vaya, se hace tarde y amenaza el alba” dijo ella, pasado el tiempo, pero al ponerse en pie, abrumada de bienestar y plácido desgano, la detuvo él, rodeándola con el brazo por la cintura, y musitó “Sólo un momento más, juntos…”, haciéndola reconsiderar al instante. Con hipnótica presteza volvió al lecho y claudicaron ambos, sin darse cuenta, en un cálido abrazo que los transportaba a otra dimensión, también al hechizo del dormir.

Despertó presa de la angustia la joven, ya entrada la mañana, y se incorporó de un salto. Durante unos instantes se movió frenética de un lado a otro y procedió luego a salir de las tinieblas. Su amante, que recién había abierto los párpados, llegó a verla irse, temblando de ansiedad. Al asomar fuera, contempló desolada a todos los otros miembros de la tribu -mujeres, niños y ancianos mayormente, que no salían de cacería- mirándola con helada reprobación, inmutables, desde los umbrales de sus viviendas; un sendero de estatuas lóbregas que la condenaban, en ardiente mutismo. Fue cargándose de energía unos segundos y, disparada por una descarga de vergüenza, temor y culpa condensados, echó a correr hacia su hogar, seguida por las miradas flagelantes que la desgarraban. En su desconcierto tropezó con una roca y pareció lesionarse de gravedad, pues hizo un trecho rengueando, y el último tramo lo recorrió a rastras; sentía, sin embargo, justicia en el castigo, que la vestía con cierta dignidad para enfrentar su negro horizonte. Al pasar la puerta encontró, erguida, arrugada y rígida como un roble, la figura de su padre, que la miraba con desprecio y decepción mezclados; proyectaba su rostro la herida de la traición, de la fatalidad inesperada e inesperable. Sobre él posó fugazmente los ojos apabullados, para dirigirlos después, en solemne reverencia, hacia el suelo, a la espera de la tempestad. “Te has deshonrado, has deshornado a tus ancestros y me has deshonrado a mí” se limitó a vociferarle, y luego salió del lugar, pasando a su lado en una tensión que por poco echaba chispas. Avanzó acobijado de orgullo, ante el golpe del viento y la corriente de murmullos que arrastraba, hasta ponerse frente al lugar de la ruina de su sangre, donde lo esperaba imperturbable el muchacho, de imponente estatura y condición, atemperado por la aventura en la jungla salvaje y bañado de una blanca estela de renombre; audaz, gran cazador y temible luchador, era un rival físico sin par, mas también él gozaba de privilegio entre los suyos, pues era quien curaba a los enfermos, mediaba con los Espíritus y guiaba a las gentes hacia la sabiduría y la armonía con la Naturaleza.

-Tepotchli, maldigo tu nombre, no has de salir impune de esta afrenta, traición a nuestras costumbres y al camino señalado para Iztli por sus antepasados. ¿Cómo te atreves a desafiar nuestras leyes?… ¡impertinente bastardo vanidoso! –dijo furioso, haciendo ademanes con una vara ornada que portaba, símbolo de su posición.

-Mide tus palabras, Tizitl; mi paciencia tiene límites. No tengo por qué tolerar tus insultos, nadie te ha hecho dueño de mis actos, ni jefe de nuestra gente –replicó en su defensa el joven, parado de brazos cruzados, irradiando severidad, mas procurando mantener la calma, pues reconocía su error y era fiel y respetuoso, como todos los demás, de los Espíritus y sus servidores.

-Veremos hasta dónde llega tu osadía cuando estemos frente a Necucyaotl; sígueme si te quedan excusas para defenderte, pues es evidente que estás en falta, y has de ser reprendido –afirmó con vehemencia, al tiempo que golpeaba la tierra con el báculo y volteaba, alejándose en dirección a un sendero al norte, que penetraba entre la vegetación.

Tepotchli lo seguía a cierta distancia, contemplando altivo los alrededores. Por sobre la cabeza del chamán –le llevaba unos treinta centímetros de estatura– observaba con cierto tedio el contornear de la ruta, interrumpido sólo por la visión de unos macacos, que paseaban joviales e indiferentes a él de rama en rama, y una serpiente, que cruzó delante de ellos, y se perdió reptando veloz entre las altas pasturas. Vislumbraron finalmente la morada de Necucyaotl, que se levantaba pasado un corredor de altas antorchas y jabalinas, incrustadas en la tierra e intercaladas de hombres adustos, entrados en años y salpicados de cicatrices, armados todos con arcos, cuchillas, palos o piedras. Lo recorrieron, ensombrecidos por las miradas férreas, y atravesaron también una alta escalera de madera, así como el corredor entre las plantas frondosas, que se extendía detrás de la misma, a lo largo de unos cincuenta metros, para llegar por último a la entrada, protegida por otros dos hombres fornidos, que la bloqueaban con largas lanzas cruzadas. Cuando los reconocieron, sin embargo, liberaron de inmediato el paso, sin que tuviera que mediar palabra alguna entre ellos, pues su reputación les precedía. Al pasar el umbral se abrió a sus pies un largo recinto rectangular, alumbrado por prístinos y vigorosos rayos solares, que penetraban desde los grandes ventanales, que se sucedían simétricos a lo largo de ambas paredes laterales, y algunos tragaluces más pequeños, en los cuatro extremos y en el centro del techo. En el fondo aguardaba Necucyaotl, sentado en su enorme trono, de respaldo ramificado en gruesas púas, engalanado con la piel de un jaguar y diversos collares dentados, que descansaban sobre su oxidado cuerpo, el cual había atravesado ya cincuenta primaveras y sufrido el doble de heridas; testimoniaban, ahora cerradas, lo intrépido de su historia. Su mirada estaba clavada en un lugar ajeno, y se mantenía fija allí, a lo alto, pese a que los confrontantes iban acercándose, con la frente baja y el paso retardado, mostrando servil deferencia. Cuando estuvieron a pocos metros se hincaron, y procedieron a contar sus versiones de la historia, empezando por Tizitl, pues la tradición mandaba que los mayores hablaran primero. Aunque los relatos estuvieron cargados de emoción, y el tono de voz se elevó en reiteradas ocasiones, ambos se mantuvieron coherentes consigo mismos, y no se dirigieron palabra o mirada alguna entre sí, ya que sabían que una irreverencia en tal lugar implicaba el destierro o la muerte. Necucyaotl permaneció impasible todo el tiempo. “Volved al caer el sol”, dijo solamente, después de haberlos escuchado, y los dos se retiraron enseguida, para esperar la sentencia decisiva.

Tizitl deseaba genuinamente que se ordenara la ejecución pública de Tepotchli, a quien atribuía toda la responsabilidad por lo sucedido. Se creía sagrado, imprescindible para la tribu, y en reiteradas ocasiones había aconsejado a Necucyaotl personalmente, por lo que esperaba gozar de su favor. Tepotchli, por su parte, también se veía a sí mismo como un baluarte de incalculable importancia para los suyos. Ansiaba profundamente que se le permitiera emparejarse con Iztli, si bien sabía que tal privilegio estaba reservado para un chamán de otra tribu, al cual sería entregada a cambio de algún preciado saber secreto, o para el hijo de alguno de los jefes vecinos, en pos de afianzar una alianza o sellar un pacto. Aun con todos sus reales o pretendidos méritos, el uno y el otro quedaron completamente insatisfechos con el veredicto. “Los dos son útiles a nuestro pueblo, pero los dos asimismo han faltado a las antiguas tradiciones. Tepotchli usurpó a la hija de Tizitl, sin derecho y sin autorización, pero Tizitl falló después en disciplinar a su hija y en reconocer su parte en el asunto. Es, por tanto, mi voluntad y la voluntad de nuestros hermanos y nuestros antepasados, que Tepotchli jamás vuelva a entablar contacto con Iztli ni con su padre, ni siquiera de palabra. En tanto que Tizitl ha de darse por satisfecho con la prohibición de su relación y mantenerse también alejado de Tepotchli. Si alguno falta a lo ahora dispuesto, será expulsado de entre los suyos, a perecer en la soledad y la deshonra. Esta es mi voluntad y la voluntad de nuestros hermanos y nuestros antepasados”, dictaminó Necucyaotl en tono mecánico y lacónico, al nacer la noche, y tanto Tepotchli como Tizitl acordaron públicamente que la disputa estaba saldada, tragándose el desdén en sus corazones, pues sabían que la palabra profesada era inapelable. Sin embargo el rencor caló hondo en sus almas esa madrugada, y germinó fuerte en silencio a partir de allí, como un fuego esparciéndose voraz por la vegetación, al abrigo de la penumbra antes del alba.

Los días y meses siguientes transcurrieron de modo bastante rutinario, si bien Tizitl excluía intencionalmente las hazañas del amor vetado de su hija de todas sus historias, y lo omitía igualmente en sus oraciones. Tampoco desaprovechaba oportunidad para soltar un comentario negativo acerca de él en la charla con algún herido, necesitado de hierbas medicinales, o con un vecino desamparado que requería su ilustrado consejo.

Tepotchli sentía, como nunca había llegado a figurárselo posible, el rechazo secreto que hacia él se había extendido entre toda la tribu, escondido bajo un manto de respetuoso temor. Alimentado por el resentimiento que ello le generaba, y por la pasión que sentía aún hacia Iztli, la cual nunca se extinguió pese a todos los inconvenientes, se encontró en ciertas noches tempestuosas con ella nuevamente, olvidando, durante algunas horas, el riesgo que corrían sus vidas; adormilado ante el caer de las gotas de lluvia y el calor de sus cuerpos expiaba el odio que lo desbordaba. Le prometió en una ocasión llevársela y escapar hacia la lejanía, más allá del insondable océano azul, a cuyos pies crecen tenaces las masas de manglares, pero nunca lo llevó a cabo, pues sabía que en tal caso no sólo los desterrarían sino que serían perseguidos y, de ser atrapados, ejecutados. Con el paso del tiempo empezó a estimar que traicionaba a ambas partes: a su amor por un lado, y a la tribu y los ancestros por el otro. Se volvió huraño y desagradable al trato, reafirmando aún más las impresiones negativas de los otros; era un arrecife a las puertas del mar, vasto y macizo, inmutable, mas socavado poco a poco por la rasgadura, casi imperceptible pero constante, del eterno tiempo mísero.

Iba a cazar ahora casi siempre en soledad, y pese al peligro que implicaba y a que el mismo Necucyaotl había intentado disuadirlo de ello, siempre volvía con un jabalí, tapir, tortuga o, en el mejor de los casos, ciervo al hombro. Sin embargo, a partir del verano se privó de salir, al igual que todos los demás cazadores de la tribu, puesto que Tizitl lo había prohibido expresamente, alegando que la voluntad de los Espíritus era que todos los habitantes de la jungla permanecieran en paz mientras el agua bañara la tierra -la lluvia venía precipitándose día tras día interrumpidamente desde hacía varias semanas-, dando tiempo a un nuevo florecer de la vida. Profetizó la muerte de todo aquel que saliera del pueblo y tomara una vida durante esa tregua sagrada. Las provisiones de raíces y frutas empezaban no obstante a mermar, y la tarea se tornaba muy difícil de sobrellevar, con el hambre y la añoranza del alimento asado insuflando el descontento. Tepotchli fue el único que finalmente resolvió salir a buscar una presa, probablemente inclinado hacia ello por los acontecimientos vividos, mas su determinación no fue absoluta: una parte de sí, una memoria infantil, primitiva, casi inconciente, visceral, lo atormentaba con la duda y el temor. Abandonó corriendo, a paso trémulo, con el arco en las manos y dos flechas de reserva en la boca, con la lluvia incansable sobre sus hombros, el lugar de su nacimiento, entre el círculo glacial que formaban los otros en la entrada de sus hogares, contemplándolo en escéptico y sepulcral silencio, como hicieran antes con Iztli. Al adentrarse en la selva se olvidó de ellos, pero sentía todavía sus ojos vigilantes en la espalda, y una voz interior constantemente le susurraba, casi inaudible, pero llena de certeza, “Morirás”. Su mente se ocupaba en silenciarla, mas aun avocado a otros pensamientos especialmente felices la sabía presente, subyacente. Divisó, después de un rato de andar enlodándose los pies, a lo lejos, a un asustadizo venado -el sabor de cuya carne ya casi no recordaba-, que bebía a la margen de un estanque, bastante crecido por las lluvias y rodeado de bambúes, higueras, palmeras y mangos; se elevaban imponentes hacia el cielo negro y gris, que se encontraba en tronador estertor, disparando refulgentes relámpagos y asustando a todas las criaturas vivientes. Tuvo que hundirse hasta la cintura en el agua para ponerse a tiro, pero logró darle muerte con singular destreza: bastó una rápida flecha al cuello, disparada sin hacerse notar, para que se desmoronara. Se disponía a ir a recogerlo cuando de una gruesa rama que pendía sobre el cadáver le pareció ver caer a tierra de pronto a Necucyaotl, que le dirigía una mirada penetrante y lo dejaba paralizado; un trueno estalló ensordecedor al momento exacto en que sus pies tocaron el suelo. Al recobrar la lucidez se percató de que no era el líder de su gente, sino un enorme y pesado jaguar, que se sumergía, con la fascinante armonía cautivadora propia de sus movimientos, en el lago, y comenzaba a acercarse nadando hacia él. Desconcertado, dejó caer el arco y escupió las flechas; luchando contra el agua consiguió alcanzar la orilla, y entró a correr entre las plantas infundido de temor y veneración, mas no se percató de que huía alejándose de la aldea. En ningún momento pensó en voltear, el sonido rítmico de las gotas golpeando sobre el suelo y las hojas lo mantenía ajeno al dolor en sus piernas, como gritos agónicos y encolerizados fundidos durante el clamor de una batalla. Sin embargo no se encontraba enteramente concentrado, en su interior se debatían el niño humilde y crédulo que se sabía ya muerto y el hombre apasionado y orgulloso que se sentía capaz de sobreponerse a cualquier obstáculo, provocando que tropezara y perdiera el paso en varias ocasiones, sorprendiéndose y alarmándose por semejante torpeza, tan ajena por lo común a él. Al mismo tiempo imaginaba que el felino, representante de la voluntad de Necucyaotl y los suyos, iba acortando la distancia, tornándolo todavía más intranquilo y desesperado. Esas fantasías confluían con la memoria de sus hazañas guerreras y de las historias que de niño le contaran los chamanes, los viejos y su madre, de los rituales alrededor del fuego y de las victorias y los festines entre los suyos, mezclándose todo confusamente en su conciencia, desorientándolo en grado tal que por unos momentos cerró los ojos, pero sin detener la frenética marcha. Volvió a abrirlos empujado por un irrefrenable impulso interno, deslumbrado ante una visión ciega que lo acalló y desoló todo dentro de sí, y se halló frente a una serpiente, de anillos rojos y negros, que se arrojó fugaz y destellante hacia él desde la rama en que pendía, como un dardo envenenado lanzado por los dioses, mas logró esquivarla, moviendo el torso al costado y dando media vuelta, en un reflejo súbito. No obstante la satisfacción le duró poco, pues al terminar de voltear y observar a la víbora escabullirse entre las raíces, por donde él había venido, elevó la mirada y contempló, con laxo e inerme estupor, al jaguar en plena carrera, que dio un salto y se abalanzó sobre él, despojándolo de la vida.

Únicamente así, a través de la muerte, pudo volver a ser aceptado en la tribu, y las historias volvieron a absorberlo y a hablar sobre él en los tiempos que siguieron; un nuevo ejemplo desventurado pervivía y daba renovada vitalidad a las creencias y costumbres, que demostraban su sustantividad en el espíritu de los individuos.

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