Periplo de la muerte por el Pacífico

Resultaba imperativo huir de la isla. Esa era la idea que comenzó a primar en la mente de la mayoría de los pobladores de la lejana colonia, una vez que la muerte empezó a ser demasiado frecuente, demasiado cercana. El fuego de la vida se apagaba en ese entonces con tanta facilidad como las velas al caer la noche. Los únicos grupos de personas que se mantenían aún unidos y con algún grado de coordinación eran destacamentos del ejército y la armada, que se encontraban frecuentemente en el lugar para aprovisionarse, como parte de distintas misiones encomendadas por el Rey.
Sin embargo, ni siquiera la disciplina militar de un imperio con larga tradición bélica resultó totalmente indemne ante aquel asedio de la plaga. Incluso a sabiendas de que la deserción era castigada indudablemente con la horca, un timonel, un artillero y dos infantes de marina de un buque de la flota se encontraron remando hacia mar abierto con absoluta resolución, en un estado de liberación semejante al que se generaba cuando terminaba una batalla, cuando el griterío ensordecedor y el fuego y el humo eran sustituidos de un momento a otro por un silencio absoluto  y un cielo claro y resplandeciente. Escapaban callados, sin destino, tratando de ignorar la creciente pesadez de los remos y el dolor en los brazos. Intentando no distraerse pensando inútilmente en los peligros del mar, en la falta de provisiones o en la incertidumbre del futuro. Ninguno conocía demasiado bien las agua de la zona, eran oriundos de provincias muy lejanas y sólo estaban allí de paso. 
- Seguimos vivos y ninguno de nosotros tiene rastros de la peste, quizá consigamos salvarnos a fin de cuentas, aunque ya no podremos regresar… - dijo uno de los infantes de marina; un hombre flaco, alto y pálido, que se pasaba nerviosamente la mano por la cabellera pelirroja, la tez bien afeitada y los botones relucientes de la casaca roja.
- No creo que haya escapatoria, vamos a morir de sed pronto sin dudas – replicó el timonel, un joven robusto de mirada taciturna y desganada.
- Nadie conoce bien las tierras de esta zona, ni los mapas son precisos o completos. Nuestra suerte no está echada, podemos llegar todavía a una bahía de sirenas de dulce canto y amazonas de largas piernas, donde podremos recuperarnos sin que la armada pase por ahí jamás - opinó el artillero, un hombre desalineado de unos cuarenta años, luego de unos momentos.
Nadie le respondió. El otro infante de marina permanecía con la mirada perdida en el horizonte, nadando únicamente en los pensamientos y fantasías que hacían brotar de continuo, sin control, sus emociones de ansiedad y desolación, y remando mecánicamente, del mismo modo que se mueven las manecillas en un reloj. Y así también fueron todos quedando absortos y ensimismados, contemplando subir y bajar al sol y la luna, sobreviviendo por la piedad de las lluvias y el viento, intuyendo visceralmente cómo la vida se les escurría lenta e inevitablemente, como arena entre los dedos.
Pese a todo, transcurrido un tiempo totalmente amorfo y difuso, encontraron tierra firme, antes que la muerte, y nuevamente se sintieron aliviados. Arrastraron el bote hasta playa con sus últimas energías, se tumbaron en la arena y casi inmediatamente fueron presas del sueño. Despertaron al atardecer, con el cielo violáceo sobre ellos, y la arena blanca y el mar verde, casi negro, a sus pies. Luego de haberse despejado se adentraron curiosos en las inmediaciones de la vegetación y los árboles, y se alegraron al hallar varios cocos desperdigados, con los que pudieron aplacar su voraz apetito. Un poco más locuaces y menos sombríos, se quedaron hablando bajo unas palmeras. Conversaron acerca de su suerte y sus posibilidades, y de alguna manera no pudieron evitar que la esperanza volviera a germinar tímidamente en sus espíritus, pero pronto, antes de la medianoche, volvieron a quedarse profundamente dormidos, con los cuerpos todavía exhaustos y debilitados.
El timonel despertó primero, antes del mediodía, y comenzó a recorrer los alrededores en busca de alimento, sin alejarse demasiado y sin despertar a los otros. En un momento escuchó un crujido y al voltear la mirada vio a un mono pequeño escabullirse velozmente hacia lo alto de un árbol. Entonces sintió un fuerte golpe en la cabeza y se desvaneció.
Ya entrada la noche se encontraron prisioneros en una choza pequeña, alumbrada tenuemente por unas trémulas antorchas, y vieron a su alrededor a varios robustos nativos que hablaban en una lengua incomprensible para ellos. El artillero intentó preguntarles quiénes eran, y decirles que buscaban la paz, pero no tuvo ningún éxito. Fue acallado por una fuerte patada en las costillas. Y así otra vez su ánimo se tornó a la desesperación. Dos días fueron mantenidos cautivos sin alimento y sin contacto humano, sólo escuchaban los sonidos de sus captores fuera de su cárcel, y se consumían intentando vanamente adivinar sus propósitos o liberarse y escapar.
Al final la paz definitiva les fue otorgada en aquella misteriosa isla. Unos lugareños los degollaron hábilmente, con unas lanzas cortas de punta de piedra toscamente afilada. Luego fueron sus cuerpos llevados fuera y desollados, desmembrados y cocinados por un grupo de jóvenes y de mujeres. Pasadas unas horas todos los habitantes, que colmaban un gran claro en las profundidades del bosque, se quedaron en silencio contemplando la excepcional comida, y cómo su líder comenzaba a degustarla y compartirla con sus sirvientes de mayor jerarquía. Después de que terminaran, ante una audiencia que escuchaba en actitud solemne, un anciano bajo y con el aspecto más extravagante de todos ellos, adornado y con la piel pintada, comenzó a proferir un largo discurso. Antes de poder concluir, se vio interrumpido abruptamente por un hombre de los que estaban ubicados en la primera fila del público, que estornudó fuertemente, y él y todos los que estaban más próximos se sintieron sumamente sorprendidos y extrañados, pues nunca habían visto antes un gesto como ése. El silencio de las voces pervivió en la isla, y se adueñó de ella.

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