<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-3880616522026186326</id><updated>2012-02-16T12:11:44.965-03:00</updated><title type='text'>Stories from the Soul</title><subtitle type='html'>'Here I and Sorrow sit'</subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://wickedlore.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3880616522026186326/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://wickedlore.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>Leander</name><uri>http://www.blogger.com/profile/10838958512352319107</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='27' height='32' src='http://www.chrisabraham.com/knights-templar.jpg'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>10</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3880616522026186326.post-3902685867571394493</id><published>2010-11-07T10:41:00.004-03:00</published><updated>2010-11-07T13:48:14.271-03:00</updated><title type='text'>La comunidad en el arte</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify; font-family: georgia;"&gt;&lt;br /&gt;En ocasiones pareciera resaltarse demasiado unívocamente el papel del arte como forma más acabada de expresión espontánea de la singularidad de un individuo particular. Si bien este carácter es innegable, y uno de los aspectos más valiosos de la producción artística, es sólo una cara de la moneda. No debe olvidarse que todo artista tiene durante su trabajo a un Otro en la mente, real o imaginario, en quien piensa a la hora de modelar su creación. Tampoco debe pasarse por alto que en tanto examinamos una obra de arte engendrada por otro siempre recorremos, de modo más o menos fiel, pero siempre sincero y empático, si realmente nos involucramos con la misma, una genuina ruta de su espíritu.  Tenemos, entonces, un autor que intenta transmitir y comunicar algo de lo sublime e inexpresable de sus sensaciones y su mundo interno y un espectador que procura aprehender su experiencia, ahora plasmada en la pieza. Más allá de que se percaten o no de este proceso de comunión entre las almas el vínculo se establece entre ambos, y no es un vínculo trivial, sino particularísimo y específicamente humano; una tertulia entre seres distantes temporal y espacialmente, pero cercanos en el ágora de la obra de arte, que cristaliza una parte del alma del inventor ante la mirada sedienta del observador, que más y más se interna en el laberinto de sus senderos, llegando por último, de nuevo conciente o inconcientemente, a conocerle en algunos de sus aspectos más íntimos, lo cual sólo es posible si la creación fue en alguna medida, por más ínfima que fuera, concebida para un otro.&lt;br /&gt;   Este lazo no es otro que el Amor, que la aceptación y el reconocimiento desde lo profundo, genuino y personal -que no por ello es racional-, entre dos almas, opuesto a los parámetros de la costumbre y de la inercia social, que superficialmente, desligados, nos dejan yuxtapuestos unos junto a otros, como dados sin conciencia ni voluntad arrojados sobre los planos del mundo y de la historia. Sin esta reciprocidad auténtica es imposible la vida humana, sin este amor mediando entre la madre y su hijo sólo la muerte o la locura pueden sobrevenir.  Es asimismo lo que subyace a la amistad verdadera, la alabada por los griegos. Es la sexualidad freudiana en toda su significatividad: un instinto sublimado que nos acerca y conecta al otro a través de la cultura. La obra, cualquiera sea su tipo, es siempre, por tanto, una llamada a la fraternidad, un vehículo o un canal para un mensaje de amor, codificado en lengua puramente humana. Esta condición necesaria para la subjetividad del hombre presupone la libertad, en tanto no es posible gestar un amor a través de la coerción o la predeterminación -lo cual no implica que su advenimiento sea únicamente resultado directo de una elección reflexiva o volitiva-, y la igualdad, ya que sería imposible un amor erigido sobre el desprecio, entre dos seres que se consideraran o fueran esencialmente distintos en todas sus condiciones y atributos.&lt;br /&gt;   El establecimiento de un nexo de esta naturaleza -una de cuyas formas es la creación de la obra de arte- es la máxima satisfacción del alma humana, su exclusivo valor absoluto. Es la única fuerza que puede levantarnos del lecho cada día, a sabiendas de que pasaremos la mayor parte del mismo en labores maquinales, con una monotonía que nos lacera el alma, y contemplado el sobreabundante martirio mundano, que llevó a Schopenhauer a decir, no sin fundamento, que para la mayoría de los hombres el infierno es la vida en la tierra. Solamente este preciado impulso nos permite soportar, sin ignorar, la dolorosa visión de las personas muriendo de hambre en las calles de la ciudad, de los ricos acumulando y despilfarrando frenéticamente el capital, en el vano afán de llenar con objetos materiales innecesarios un vacío que es espiritual, y de acallar un miedo especialmente burgués a la muerte. Es el sacro ímpetu que nos salvaguarda del peso de la conciencia de la inevitabilidad de la muerte, de la angustia existencial por el sinsentido y la crueldad de la vida. Es, por último, el apasionado vendaval que nos mantiene alejados de los mares del cinismo, la misantropía, el resentimiento, el nihilismo y la melancolía, a los que tan fácilmente nos pueden empujar los acontecimientos cotidianos; y nos permite disfrutar de algunos momentos felices y mantenernos en el anhelo y la lucha por un mundo mejor                     -recordando las certeras palabras del Che Guevara, que decía que en la vida hay que endurecerse pero sin perder jamás la ternura-, donde la vida en general transcurra sin tanta injusticia, aflicción, levedad y superfluidad.&lt;br /&gt;   Por estos motivos vale la pena resaltar el puente que tiende el arte, el amor, entre los espíritus: nos congrega, por la búsqueda de la satisfacción libre y concienzuda de nuestro deseo más humano, en una comunidad sincera entre iguales que se conocen, reconocen y admiten de buen grado, cuyo basamento esencial la predestina a la solidaridad y a la realización plena de sus constituyentes en el goce que mejor puede excitar el paladar de sus almas, aunque tristemente a veces se encuentre dicha sensibilidad tan escondida o negada, tras los velos de la costumbre, el padecer y la ceguera moral.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3880616522026186326-3902685867571394493?l=wickedlore.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://wickedlore.blogspot.com/feeds/3902685867571394493/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://wickedlore.blogspot.com/2010/11/la-comunidad-en-el-arte.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3880616522026186326/posts/default/3902685867571394493'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3880616522026186326/posts/default/3902685867571394493'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://wickedlore.blogspot.com/2010/11/la-comunidad-en-el-arte.html' title='La comunidad en el arte'/><author><name>Leander</name><uri>http://www.blogger.com/profile/10838958512352319107</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='27' height='32' src='http://www.chrisabraham.com/knights-templar.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3880616522026186326.post-4482233312790763330</id><published>2010-10-02T10:38:00.008-03:00</published><updated>2010-11-05T12:56:33.515-03:00</updated><title type='text'>Augurio Fatal</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;span style=";font-family:georgia;font-size:100%;"  &gt;&lt;br /&gt;"El individuo ha luchado siempre para no ser absorbido por la tribu. Si lo intentas, a menudo estarás solo, y a veces asustado. Pero ningún precio es demasiado alto por el privilegio de ser uno mismo." &lt;i style=""&gt;Friedrich Nietzsche.&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div face="georgia" style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;-----&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="line-height: 115%;font-size:100%;" &gt;L&lt;/span&gt;&lt;span style="line-height: 115%;font-size:100%;" &gt;a noche vasta y negra recubría la selva de místico silencio y amenazante oscuridad. Sólo se dejaban adivinar ligeras pisadas, rítmicas respiraciones y ocasionales crujidos. De cuando en cuando eran tales insinuaciones apagadas por la muerte, que resultaba de la caza nocturna que algunos animales emprendían: contra una maraña de troncos pútridos, a la orilla de un riachuelo, sucumbía una cría de pecarí a la mordida implacable de un ocelote, y, no muy lejos, una tarántula, grande y peluda como un coco, daba muerte a una desdichada rana verrugosa, que pasó demasiado cerca del hueco sombrío en la base de un árbol donde residía, y sufrió la veloz puñalada de sus colmillos, acompañada de la inyección letal. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="text-decoration: underline;font-family:georgia;font-size:100%;"  &gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal"  style="text-align: justify;font-family:georgia;"&gt;&lt;span style="line-height: 115%;font-size:100%;" &gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Entre tales acontecimientos se hallaba, apacible e inconciente de las mortales contiendas circundantes, en un claro artificial, una tribu de durmientes, salvaguardada de la angustia de la noche por el éxtasis de los sueños y el cobijo de rústicas chozas de madera. Así cubiertos, y con algún cuchillo de piedra o lanza bastante cerca, se rendían los hombres con suficiente seguridad al descanso. No todos, sin embargo, se ocupaban en avatares oníricos: de una de las moradas emergió fugaz una ligera silueta difusa, apenas hecha visible por los últimos destellos de una fogata que agonizaba en el centro del terreno. Como un relámpago se desvaneció y reapareció a la entrada de otra cabaña, donde fue bienvenida en silencio por un hombre expectante. De un salto se arrojó sobre él la muchacha, morena y hermosa, y, sin que se intercambiaran palabras, se desató una tormenta de besos y caricias, que procuraban mantener mudas, y los momentos de placer se sucedieron veloces, en sensaciones que nada tenían que envidiar a las maravillas soñadas por los vecinos. “Mejor que me vaya, se hace tarde y amenaza el alba” dijo ella, pasado el tiempo, pero al ponerse en pie, abrumada de bienestar y plácido desgano, la detuvo él, rodeándola con el brazo por la cintura, y musitó “Sólo un momento más, juntos…”, haciéndola reconsiderar al instante. Con hipnótica presteza volvió al lecho y claudicaron ambos, sin darse cuenta, en un cálido abrazo que los transportaba a otra dimensión, también al hechizo del dormir.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal"  style="text-align: justify;font-family:georgia;"&gt;&lt;span style="line-height: 115%;font-size:100%;" &gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Despertó presa de la angustia la joven, ya entrada la mañana, y se incorporó de un salto. Durante unos instantes se movió frenética de un lado a otro y procedió luego a salir de las tinieblas. Su amante, que recién había abierto los párpados, llegó a verla irse, temblando de ansiedad. Al asomar fuera, contempló desolada a todos los otros miembros de la tribu -mujeres, niños y ancianos mayormente, que no salían de cacería- mirándola con helada reprobación, inmutables, desde los umbrales de sus viviendas; un sendero de estatuas lóbregas que la condenaban, en ardiente mutismo. Fue cargándose de energía unos segundos y, disparada por una descarga de vergüenza, temor y culpa condensados, echó a correr hacia su hogar, seguida por las miradas flagelantes que la desgarraban. En su desconcierto tropezó con una roca y pareció lesionarse de gravedad, pues hizo un trecho rengueando, y el último tramo lo recorrió a rastras; sentía, sin embargo, justicia en el castigo, que la vestía con cierta dignidad para enfrentar su negro horizonte. Al pasar la puerta encontró, erguida, arrugada y rígida como un roble, la figura de su padre, que la miraba con desprecio y decepción mezclados; proyectaba su rostro la herida de la traición, de la fatalidad inesperada e inesperable. Sobre él posó fugazmente los ojos apabullados, para dirigirlos después, en solemne reverencia, hacia el suelo, a la espera de la tempestad. “Te has deshonrado, has deshornado a tus ancestros y me has deshonrado a mí” se limitó a vociferarle, y luego salió del lugar, pasando a su lado en una tensión que por poco echaba chispas. Avanzó acobijado de orgullo, ante el golpe del viento y la corriente de murmullos que arrastraba, hasta ponerse frente al lugar de la ruina de su sangre, donde lo esperaba imperturbable el muchacho, de imponente estatura y condición, atemperado por la aventura en la jungla salvaje y bañado de una blanca estela de renombre; audaz, gran cazador y temible luchador, era un rival físico sin par, mas también él gozaba de privilegio entre los suyos, pues era quien curaba a los enfermos, mediaba con los Espíritus y guiaba a las gentes hacia la sabiduría y la armonía con la Naturaleza. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal"  style="text-align: justify;font-family:georgia;"&gt;&lt;span style="line-height: 115%;font-size:100%;" &gt;-Tepotchli, maldigo tu nombre, no has de salir impune de esta afrenta, traición a nuestras costumbres y al camino señalado para Iztli por sus antepasados. ¿Cómo te atreves a desafiar nuestras leyes?… ¡impertinente bastardo vanidoso! –dijo furioso, haciendo ademanes con una vara ornada que portaba, símbolo de su posición.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal"  style="text-align: justify;font-family:georgia;"&gt;&lt;span style="line-height: 115%;font-size:100%;" &gt;-Mide tus palabras, Tizitl; mi paciencia tiene límites. No tengo por qué tolerar tus insultos, nadie te ha hecho dueño de mis actos, ni jefe de nuestra gente –replicó en su defensa el joven, parado de brazos cruzados, irradiando severidad, mas procurando mantener la calma, pues reconocía su error y era fiel y respetuoso, como todos los demás, de los Espíritus y sus servidores.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal"  style="text-align: justify;font-family:georgia;"&gt;&lt;span style="line-height: 115%;font-size:100%;" &gt;-Veremos hasta dónde llega tu osadía cuando estemos frente a Necucyaotl; sígueme si te quedan excusas para defenderte, pues es evidente que estás en falta, y has de ser reprendido –afirmó con vehemencia, al tiempo que golpeaba la tierra con el báculo y volteaba, alejándose en dirección a un sendero al norte, que penetraba entre la vegetación.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal"  style="text-align: justify;font-family:georgia;"&gt;&lt;span style="line-height: 115%;font-size:100%;" &gt;Tepotchli lo seguía a cierta distancia, contemplando altivo los alrededores. Por sobre la cabeza del chamán –le llevaba unos treinta centímetros de estatura– observaba con cierto tedio el contornear de la ruta, interrumpido sólo por la visión de unos macacos, que paseaban joviales e indiferentes a él de rama en rama, y una serpiente, que cruzó delante de ellos, y se perdió reptando veloz entre las altas pasturas. Vislumbraron finalmente la morada de Necucyaotl, que se levantaba pasado un corredor de altas antorchas y jabalinas, incrustadas en la tierra e intercaladas de hombres adustos, entrados en años y salpicados de cicatrices, armados todos con arcos, cuchillas, palos o piedras. Lo recorrieron, ensombrecidos por las miradas férreas, y atravesaron también una alta escalera de madera, así como el corredor entre las plantas frondosas, que se extendía detrás de la misma, a lo largo de unos cincuenta metros, para llegar por último a la entrada, protegida por otros dos hombres fornidos, que la bloqueaban con largas lanzas cruzadas. Cuando los reconocieron, sin embargo, liberaron de inmediato el paso, sin que tuviera que mediar palabra alguna entre ellos, pues su reputación les precedía. Al pasar el umbral se abrió a sus pies un largo recinto rectangular, alumbrado por prístinos y vigorosos rayos solares, que penetraban desde los grandes ventanales, que se sucedían simétricos a lo largo de ambas paredes laterales, y algunos tragaluces más pequeños, en los cuatro extremos y en el centro del techo. En el fondo aguardaba Necucyaotl, sentado en su enorme trono, de respaldo ramificado en gruesas púas, engalanado con la piel de un jaguar y diversos collares dentados, que descansaban sobre su oxidado cuerpo, el cual había atravesado ya cincuenta primaveras y sufrido el doble de heridas; testimoniaban, ahora cerradas, lo intrépido de su historia. Su mirada estaba clavada en un lugar ajeno, y se mantenía fija allí, a lo alto, pese a que los confrontantes iban acercándose, con la frente baja y el paso retardado, mostrando servil deferencia. Cuando estuvieron a pocos metros se hincaron, y procedieron a contar sus versiones de la historia, empezando por Tizitl, pues la tradición mandaba que los mayores hablaran primero. Aunque los relatos estuvieron cargados de emoción, y el tono de voz se elevó en reiteradas ocasiones, ambos se mantuvieron coherentes consigo mismos, y no se dirigieron palabra o mirada alguna entre sí, ya que sabían que una irreverencia en tal lugar implicaba el destierro o la muerte. Necucyaotl permaneció impasible todo el tiempo. “Volved al caer el sol”, dijo solamente, después de haberlos escuchado, y los dos se retiraron enseguida, para esperar la sentencia decisiva.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal"  style="text-align: justify;font-family:georgia;"&gt;&lt;span style="line-height: 115%;font-size:100%;" &gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Tizitl deseaba genuinamente que se ordenara la ejecución pública de Tepotchli, a quien atribuía toda la responsabilidad por lo sucedido. Se creía sagrado, imprescindible para la tribu, y en reiteradas ocasiones había aconsejado a Necucyaotl personalmente, por lo que esperaba gozar de su favor. Tepotchli, por su parte, también se veía a sí mismo como un baluarte de incalculable importancia para los suyos. Ansiaba profundamente que se le permitiera emparejarse con Iztli, si bien sabía que tal privilegio estaba reservado para un chamán de otra tribu, al cual sería entregada a cambio de algún preciado saber secreto, o para el hijo de alguno de los jefes vecinos, en pos de afianzar una alianza o sellar un pacto. Aun con todos sus reales o pretendidos méritos, el uno y el otro quedaron completamente insatisfechos con el veredicto. “Los dos son útiles a nuestro pueblo, pero los dos asimismo han faltado a las antiguas tradiciones. Tepotchli usurpó a la hija de Tizitl, sin derecho y sin autorización, pero Tizitl falló después en disciplinar a su hija y en reconocer su parte en el asunto. Es, por tanto, mi voluntad y la voluntad de nuestros hermanos y nuestros antepasados, que Tepotchli jamás vuelva a entablar contacto con Iztli ni con su padre, ni siquiera de palabra. En tanto que Tizitl ha de darse por satisfecho con la prohibición de su relación y mantenerse también alejado de Tepotchli. Si alguno falta a lo ahora dispuesto, será expulsado de entre los suyos, a perecer en la soledad y la deshonra. Esta es mi voluntad y la voluntad de nuestros hermanos y nuestros antepasados”, dictaminó Necucyaotl en tono mecánico y lacónico, al nacer la noche, y tanto Tepotchli como Tizitl acordaron públicamente que la disputa estaba saldada, tragándose el desdén en sus corazones, pues sabían que la palabra profesada era inapelable. Sin embargo el rencor caló hondo en sus almas esa madrugada, y germinó fuerte en silencio a partir de allí, como un fuego esparciéndose voraz por la vegetación, al abrigo de la penumbra antes del alba.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal"  style="text-align: justify;font-family:georgia;"&gt;&lt;span style="line-height: 115%;font-size:100%;" &gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Los días y meses siguientes transcurrieron de modo bastante rutinario, si bien Tizitl excluía intencionalmente las hazañas del amor vetado de su hija de todas sus historias, y lo omitía igualmente en sus oraciones. Tampoco desaprovechaba oportunidad para soltar un comentario negativo acerca de él en la charla con algún herido, necesitado de hierbas medicinales, o con un vecino desamparado que requería su ilustrado consejo. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal"  style="text-indent: 35.4pt; text-align: justify;font-family:georgia;"&gt;&lt;span style="line-height: 115%;font-size:100%;" &gt;Tepotchli sentía, como nunca había llegado a figurárselo posible, el rechazo secreto que hacia él se había extendido entre toda la tribu, escondido bajo un manto de respetuoso temor. Alimentado por el resentimiento que ello le generaba, y por la pasión que sentía aún hacia Iztli, la cual nunca se extinguió pese a todos los inconvenientes, se encontró en ciertas noches tempestuosas con ella nuevamente, olvidando, durante algunas horas, el riesgo que corrían sus vidas; adormilado ante el caer de las gotas de lluvia y el calor de sus cuerpos expiaba el odio que lo desbordaba. Le prometió en una ocasión llevársela y escapar hacia la lejanía, más allá del insondable océano azul, a cuyos pies crecen tenaces las masas de manglares, pero nunca lo llevó a cabo, pues sabía que en tal caso no sólo los desterrarían sino que serían perseguidos y, de ser atrapados, ejecutados. Con el paso del tiempo empezó a estimar que traicionaba a ambas partes: a su amor por un lado, y a la tribu y los ancestros por el otro. Se volvió huraño y desagradable al trato, reafirmando aún más las impresiones negativas de los otros; era un arrecife a las puertas del mar, vasto y macizo, inmutable, mas socavado poco a poco por la rasgadura, casi imperceptible pero constante, del eterno tiempo mísero. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal"  style="text-indent: 35.4pt; text-align: justify;font-family:georgia;"&gt;&lt;span style="line-height: 115%;font-size:100%;" &gt;Iba a cazar ahora casi siempre en soledad, y pese al peligro que implicaba y a que el mismo Necucyaotl había intentado disuadirlo de ello, siempre volvía con un jabalí, tapir, tortuga o, en el mejor de los casos, ciervo al hombro. Sin embargo, a partir del verano se privó de salir, al igual que todos los demás cazadores de la tribu, puesto que Tizitl lo había prohibido expresamente, alegando que la voluntad de los Espíritus era que todos los habitantes de la jungla permanecieran en paz mientras el agua bañara la tierra -la lluvia venía precipitándose día tras día interrumpidamente desde hacía varias semanas-, dando tiempo a un nuevo florecer de la vida. Profetizó la muerte de todo aquel que saliera del pueblo y tomara una vida durante esa tregua sagrada. Las provisiones de raíces y frutas empezaban no obstante a mermar, y la tarea se tornaba muy difícil de sobrellevar, con el hambre y la añoranza del alimento asado insuflando el descontento. Tepotchli fue el único que finalmente resolvió salir a buscar una presa, probablemente inclinado hacia ello por los acontecimientos vividos, mas su determinación no fue absoluta: una parte de sí, una memoria infantil, primitiva, casi inconciente, visceral, lo atormentaba con la duda y el temor. Abandonó corriendo, a paso trémulo, con el arco en las manos y dos flechas de reserva en la boca, con la lluvia incansable sobre sus hombros, el lugar de su nacimiento, entre el círculo glacial que formaban los otros en la entrada de sus hogares, contemplándolo en escéptico y sepulcral silencio, como hicieran antes con Iztli. Al adentrarse en la selva se olvidó de ellos, pero sentía todavía sus ojos vigilantes en la espalda, y una voz interior constantemente le susurraba, casi inaudible, pero llena de certeza, “Morirás”. Su mente se ocupaba en silenciarla, mas aun avocado a otros pensamientos especialmente felices la sabía presente, subyacente. Divisó, después de un rato de andar enlodándose los pies, a lo lejos, a un asustadizo venado -el sabor de cuya carne ya casi no recordaba-, que bebía a la margen de un estanque, bastante crecido por las lluvias y rodeado de bambúes, higueras, palmeras y mangos; se elevaban imponentes hacia el cielo negro y gris, que se encontraba en tronador estertor, disparando refulgentes relámpagos y asustando a todas las criaturas vivientes. Tuvo que hundirse hasta la cintura en el agua para ponerse a tiro, pero logró darle muerte con singular destreza: bastó una rápida flecha al cuello, disparada sin hacerse notar, para que se desmoronara. Se disponía a ir a recogerlo cuando de una gruesa rama que pendía sobre el cadáver le pareció ver caer a tierra de pronto a Necucyaotl, que le dirigía una mirada penetrante y lo dejaba paralizado; un trueno estalló ensordecedor al momento exacto en que sus pies tocaron el suelo. Al recobrar la lucidez se percató de que no era el líder de su gente, sino un enorme y pesado jaguar, que se sumergía, con la fascinante armonía cautivadora propia de sus movimientos, en el lago, y comenzaba a acercarse nadando hacia él. Desconcertado, dejó caer el arco y escupió las flechas; luchando contra el agua consiguió alcanzar la orilla, y entró a correr entre las plantas infundido de temor y veneración, mas no se percató de que huía alejándose de la aldea. En ningún momento pensó en voltear, el sonido rítmico de las gotas golpeando sobre el suelo y las hojas lo mantenía ajeno al dolor en sus piernas, como gritos agónicos y encolerizados fundidos durante el clamor de una batalla. Sin embargo no se encontraba enteramente concentrado, en su interior se debatían el niño humilde y crédulo que se sabía ya muerto y el hombre apasionado y orgulloso que se sentía capaz de sobreponerse a cualquier obstáculo, provocando que tropezara y perdiera el paso en varias ocasiones, sorprendiéndose y alarmándose por semejante torpeza, tan ajena por lo común a él. Al mismo tiempo imaginaba que el felino, representante de la voluntad de Necucyaotl y los suyos, iba acortando la distancia, tornándolo todavía más intranquilo y desesperado. Esas fantasías confluían con la memoria de sus hazañas guerreras y de las historias que de niño le contaran los chamanes, los viejos y su madre, de los rituales alrededor del fuego y de las victorias y los festines entre los suyos, mezclándose todo confusamente en su conciencia, desorientándolo en grado tal que por unos momentos cerró los ojos, pero sin detener la frenética marcha. Volvió a abrirlos empujado por un irrefrenable impulso interno, deslumbrado ante una visión ciega que lo acalló y desoló todo dentro de sí, y se halló frente a una serpiente, de anillos rojos y negros, que se arrojó fugaz y destellante hacia él desde la rama en que pendía, como un dardo envenenado lanzado por los dioses, mas logró esquivarla, moviendo el torso al costado y dando media vuelta, en un reflejo súbito. No obstante la satisfacción le duró poco, pues al terminar de voltear y observar a la víbora escabullirse entre las raíces, por donde él había venido, elevó la mirada y contempló, con laxo e inerme estupor, al jaguar en plena carrera, que dio un salto y se abalanzó sobre él, despojándolo de la vida. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal"  style="text-indent: 35.4pt; text-align: justify;font-family:georgia;"&gt;&lt;span style="line-height: 115%;font-size:100%;" &gt;Únicamente así, a través de la muerte, pudo volver a ser aceptado en la tribu, y las historias volvieron a absorberlo y a hablar sobre él en los tiempos que siguieron; un nuevo ejemplo desventurado pervivía y daba renovada vitalidad a las creencias y costumbres, que demostraban su sustantividad en el espíritu de los individuos.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3880616522026186326-4482233312790763330?l=wickedlore.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://wickedlore.blogspot.com/feeds/4482233312790763330/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://wickedlore.blogspot.com/2010/10/augurio-fatal.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3880616522026186326/posts/default/4482233312790763330'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3880616522026186326/posts/default/4482233312790763330'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://wickedlore.blogspot.com/2010/10/augurio-fatal.html' title='Augurio Fatal'/><author><name>Leander</name><uri>http://www.blogger.com/profile/10838958512352319107</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='27' height='32' src='http://www.chrisabraham.com/knights-templar.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3880616522026186326.post-5028579389519776840</id><published>2010-07-01T18:28:00.001-03:00</published><updated>2010-07-01T18:34:55.596-03:00</updated><title type='text'>El espíritu de la Anarquía</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;&lt;br /&gt;El Anarquismo, como ideología, no constituye un sistema ético o político pensado para ordenar en detalle la vida diaria, o como una solución definitiva a todos los problemas de la existencia colectiva. Es, más bien, un recordatorio, una memoria primaria y esencial. Una evocación constante y absoluta de los factores sobre los que se erigen las leyes fundamentales de la organización social del hombre. Reclamo y recuerdo universal de que toda acción política, toda conducta social orientada, ha de ir en paralelo a los principios de libertad e igualdad y ha de llevar como guía básica la solidaridad. No lo augura por intuición divina, no lo juzga inevitable merced de sus orígenes nobiliarios, no lo sostiene en la palabra incuestionable de una autoridad arbitraria; lo deduce, en fin, a modo de juicio pragmático, de la observación científica y sistemática de la conducta social de los seres vivos (incluido el hombre) y su historia evolutiva y cultural. Antorcha sobre los cimientos mismos de la Revolución Francesa y las Constituciones de la mayoría de los pueblos del mundo; en ocasiones opacados o enterrados demasiado profundo, la Anarquía nos mantiene alertas de que no hay contingencia que pueda justificar su violación, contexto que los torne relativos.  Los ilumina en nuestra mente hasta que su sombra difusa cesa de ser el velo tejido de hipocresía que orquestan los poderosos, para mantener viva la esperanza en los desposeídos, y sostener su dominio camuflado bajo ropas de legalidad (cívica o natural), y se tornan figuras claras y perfectas, geométricas, en cuyas líneas no se distingue ya edad, nacionalidad, género, orientación sexual, clase social o condición alguna ajena a la de ser humano. Demanda de nitidez ya hoy no sólo moral sino también práctica y racional (en sentido pragmático), puesto que las problemáticas globales trascienden las incumbencias y los alcances de los pueblos disgregados. Susurro o rugido, las circunstancias determinarán, en nuestras conciencias, acerca de lo innecesario y caprichoso, cuando más leve, de lo despótico, tiránico y cruel, cuando peor, de toda forma de dominio y ejercicio de autoridad, dado y en tanto que su origen y función reside en la salvaguarda, mediante la fuerza, de los privilegios de clase, obrando así en oposición a los principios de igualdad y libertad y funcionando como semilla de casi toda la conflictiva social. Los brazos coercitivos del Estado son la camisa de fuerza para la locura desatada intrínseca, inevitable y necesariamente por su propia existencia, son, como la confesión religiosa, el remedio a una enfermedad auto-creada. Tal ambivalencia prevalece por la influencia, todavía imperante, de los principios de etnocentrismo, competencia y ambición material desbocados, que pudren y vuelven nociva la fuerza productiva y la tecnología de los humanos, dejando a los unos sumidos en la total desposesión y hundidos a los otros en la más vulgar sobreabundancia; antítesis de los principios de igualdad y libertad, del uso económico (racional) de los recursos naturales y las fuerzas productivas y la organización pragmática de la vida social. Tal estado de valores en disonancia no es natural ni atemporal, mucho menos inalterable, y ya no sólo la razón nos increpa a replantear su lugar en nuestro espíritu, sino también las condiciones materiales que atraviesa el mundo en la actualidad. Ha de ser, por tanto, nuestra conciencia el primer sitio donde ocurra la revolución, y, partiendo de allí, se deducirán luego, con la garantía del ingenio que caracteriza todo lo humano, los modos particulares de acción. La Anarquía aporta a esa causa afirmando con vehemencia que libertad, igualdad y solidaridad son el basamento elemental e inexpugnable de todo vínculo entre humanos, no negociables o atenuables, en tanto los hombres no pueden sobrevivir, al medio ambiente hostil primero y a la locura después, sin la sociedad, y éstos principios son cuanto mejor y de modo más justo la organizan, por libre decisión ética (pragmática) de sus constituyentes, basada en la observación objetiva (científica) de la evolución organizacional de las especies, el desarrollo ontogenético del ser humano y las dificultades ecológicas y económicas vigentes.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3880616522026186326-5028579389519776840?l=wickedlore.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://wickedlore.blogspot.com/feeds/5028579389519776840/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://wickedlore.blogspot.com/2010/07/el-espiritu-de-la-anarquia.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3880616522026186326/posts/default/5028579389519776840'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3880616522026186326/posts/default/5028579389519776840'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://wickedlore.blogspot.com/2010/07/el-espiritu-de-la-anarquia.html' title='El espíritu de la Anarquía'/><author><name>Leander</name><uri>http://www.blogger.com/profile/10838958512352319107</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='27' height='32' src='http://www.chrisabraham.com/knights-templar.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3880616522026186326.post-5445962696672783354</id><published>2010-01-24T12:41:00.023-03:00</published><updated>2010-05-09T18:05:52.219-03:00</updated><title type='text'>Eternidad de la locura</title><content type='html'>&lt;span style="color: rgb(255, 128, 128);"&gt;I&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div  style="text-align: justify;font-family:georgia;"&gt;&lt;br /&gt;El sudor, la sangre y los alaridos se mezclaban en Jerusalén; apenas habían transcurrido unas horas desde el acceso a la ciudad -anhelado durante meses de sitio largos y tortuosos, plagados de hambruna, sed y sufrimiento- y ya se veía ésta como un enorme hormiguero sobre el que se derramó un tonel de vino: sumida en el caos, cubierta de rojo; los cadáveres flotando en un mar de plasma que llegaba casi hasta las rodillas de quienes seguían todavía en pie y las voces batallando cual los cuerpos; gemidos de dolor y pena chocaban contra eufóricos rugidos, el terror se desataba ante la furia, y el metal de las espadas, lanzas, alabardas y dagas, plateado como las alas de los ángeles, hendía la carne y los huesos de manos y piernas, cuellos y torsos, que fútil resistencia oponían. Todavía era tal el monto de condenados que erraba con desesperación por los senderos del sacro pueblo, que los caballeros no alcanzaban a blandir las armas con la velocidad necesaria para asestarlos a todos, por lo que pasaban corriendo entre ellos; una brutal estampida de acero que los dejaba a la suerte de venideros camaradas, y de las flechas, que aún llovían ágiles desde los muros pasado el mediodía. El sol contemplaba majestuoso la cruenta masacre, desde su trono celeste, atónito e imperturbable; despobladas de pálidas nubes estaban las alturas. Azotaba un calor flamígero a los beligerantes; indiferente a bandos y estados, cocía a franceses, ingleses y genoveses; árabes y judíos, cristianos y musulmanes; cadáveres rígidos y penitentes trémulos, guerreros avivados y víctimas desoladas por igual. Ganaban el paraíso los unos, extasiados; conocían el infierno los otros, atemorizados; parecían perdonarse los pecados de un lado, y condenarse del otro, mas era difícil de conciliar la magnitud de la reprensión con la inocencia de las almas de los niños, y su llanto incesante y el de sus madres, la debilidad de los ancianos y el pavor de los animales; morían todos, pese a ello, bajo la misma guadaña inflexible, aferrada con el fanatismo más fervoroso, que hervía la sangre y turbaba las conciencias, despojándolas de cualquier tenue vestigio de compasión o duda, que pudiera ensombrecer en alguna medida el odio absoluto hacia los infieles.&lt;br /&gt;Pasaba el tiempo y comenzaba a ramificarse el caudaloso río de ira entre los callejones de tierra santa; los cruzados iban ahora en grupos más pequeños -o se encontraban solos inclusive, pues era vasta la ciudad en relación al número de invasores-,  escrutando, con más atención pero con igual implacabilidad,  casas y templos -sinagogas y mezquitas-, sótanos y torres, establos y mercados, erradicando de ellos toda luz de vida o resplandor de riqueza que pudiera atraer la vista, a través del fuego o del filo, y en su lugar dejaban anchas columnas de humo negro, que vestían el lugar de luto y exhibían a la distancia el retrato del ejército de Dios avanzando en la victoria y consumiendo a los herejes.&lt;br /&gt;Dos caballeros, ya santificados de gloria, mas todavía sedientos de aventura, avanzaban temerarios, alejados de la cruenta anihilación del tropel, investidos de ímpetu por el pánico abrumador que arrastraba el viento, siguiendo una angosta calle, poblada de edificaciones bastante altas -de tres y hasta cuatro pisos-, unas hogares, otras torres de guardia -hasta desembocar en el extremo de una muralla- pero vacía, en apariencia cuando menos, de toda presa. Empuñaba intimidante espada bastarda y escudo ligero de madera      -adornado de blanco fondo y dorada cruz en el centro- uno de ellos -que iba delante, pues el espacio no permitía que avanzaran en línea- y cimitarra únicamente el otro; ambos lucían además dicho símbolo en las blancas túnicas; estaban teñidas en múltiples sectores de rojo, púrpura y rosado por la sangre que les había salpicado en diversas intensidades -en ocasiones un poderoso torrente concentrado, otras un ligero rocío- durante la matanza, y atestiguaba ahora sus proezas bélicas. "¡Cuidado Francis, sobre ti!", gritó el que venía detrás, habiendo percibido un sonido por encima de ellos; al otear entre las ventanas de las construcciones observó a un muchacho sosteniendo un arco corto y preparando una flecha. Quien lo precedía oyó pronto la advertencia y reaccionó al instante; rápido como un leopardo volteó y miró en la dirección consignada, luego de lo cual procuró resguardarse con el escudo, mas el sol le cegó al levantar la vista y no pudo precisar hacía dónde se dirigiría el proyectil. Alcanzó éste su blando cuello, unos centímetros por encima del pecho, tornando inútil la cota de mallas que llevaba bajo la túnica y tumbándole; de inmediato, un hilo de sangre empezó a manar desde la herida, extendiéndose hacia el umbral de una morada, quizá intentando indicar el origen de la agresión. "¡El cielo Philip! tan espléndido resulta desde aquí, es… nuestro… por fin…", alcanzó a vociferar, entre gárgaras de sangre, antes de rendirse a la muerte. Su compañero se encontraba enardecido, unos instantes estuvo detenido entre los deseos de auxiliarlo y los de alcanzar al enemigo; al final se decidió por esto último -el cuerpo ya no se movía y la herida era obviamente letal- y cargó con el hombro contra la precaria puerta de madera, que lo separaba del interior del edificio donde había avistado al atacante. Después de abrirse camino -lo cual no le demandó mucho tiempo- atravesó un cuarto de entrada desordenado, saltando por sobre los restos de una baja mesa de madera partida, y comenzó a subir a través de la escalera de piedra que se erigía al fondo de la habitación, intentando andar con cautela, que la sed de venganza no le costara la vida. Al asomarse al segundo piso una suerte de jarra de arcilla le golpeó en la cabeza, haciéndose añicos y desconcertándolo por unos momentos; cuando aclaró la mente observó a una vieja que se refugiaba contra el rincón de la pared posterior, bajo la única ventana, y sostenía con manos temblorosas un bastón de madera, con el que parecía desear ingenuamente defenderse. Philip miró alrededor del cuarto en busca del joven asesino, mientras la mujer escupía un manantial de palabras en un lenguaje incomprensible para él, mas no logró ubicarlo, por lo que ascendió con precaución y se dirigió hacia la fuente de las blasfemias. Logró acallarlas dándole un golpe con el mango de la cimitarra a la mujer, que terminó tendida en el suelo. Creyéndola muerta, comenzó a encaminarse nuevamente hacia los peldaños, para alcanzar el último piso. Pero antes de que lo consiguiera, la impía comenzó a hablar en un perfecto inglés, a lo que, sorprendido, volteó y se quedó atónito escuchando: "Has de reponer, hermano. Has de saldar la deuda que hoy contraes, hijo. Has de experimentar el tormento que nos envuelve, demonio. Si no esta noche, que los siglos venideros equiparen nuestras penurias", dijo desde la misma posición horizontal -el tono lacónico de su voz helaba la sangre- en que había quedado; aparecían ahora sus negros ojos abiertos completamente, cual soles eclipsados, brillando intensamente con la llama de la convicción, alimentando el estupor del caballero. Transcurrieron los segundos, sin que más palabras fueran emitidas, pero seguía igual de patente la mirada deslumbrante de Medusa, petrificando a Philip. Logró, finalmente, valiéndose de toda la fuerza que había en sus músculos -paralizados se encontraban extrañamente los miembros, como detenidos por una pesada cadena invisible- y de la imagen vívida del cadáver de su compatriota en la conciencia, dar unos pasos, hasta quedar junto al cuerpo de la Gorgona y, como hiciera Perseo tiempo atrás, le separó la cabeza del torso, con un corte preciso y definitivo de la espada. Lentamente fueron retornándole las energías y empezó a percibir que podía moverse con mayor libertad; apoyó el arma a sus pies y comenzó a entrecerrar los puños y a agitar suavemente el cuello y los hombros, procurando volver a habituarse a la cordura más que a la motilidad. "¡¡MADRE!!", escuchó entretanto, a sus espaldas, desde el otro extremo de la habitación, y el ruido de pasos, que ascendía haciéndose cada vez más intenso. Pensó que serían otros caballeros que, habiéndose topado afuera con el cadáver de Francis, subían a socorrerle, mas no había tiempo para esperarlos: en un segundo, exhortado por el peligro inminente y propulsado por la adrenalina que recorría sus venas, saltó por encima del óbito de la anciana -sin voltearse primero-, a través de una tela desgastada que cubría la ventana. Antes de que estuviera fuera de alcance, sin embargo, una flecha le dio en el cuerpo, traspasando, aguda y mortífera como el aguijón de un escorpión, la delgada túnica y el débil cuero de la armadura que se escondía bajo ella. Sintió el corazón perforarse, y su latir detenerse, adormilado de tan largo frenesí; la vida abandonarlo y la luz fugársele de los ojos, al tiempo que caía con estrépito -luego de haber dado un giro completo en el aire-, a corta distancia de su compañero, quedando con la cortina sobre sí, haciendo las veces de sudario.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(255, 128, 128);"&gt;II&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Intermitentes sonidos comenzaron a recorrer los oídos de Philip, casi sin llamar su atención en principio, mas luego consiguieron seducirla con una armónica melodía, y pasó a percibir un grave canto, que viajaba ligero con el aire, desde la lejanía.  Posteriormente reconoció prédicas y oraciones clásicas, recitadas en latín, y se quedó unos minutos escuchándolas, serenado por la pasividad de las regulares voces, que se asemejaban a las de un coro de difuntos marchando infinitamente entre las tinieblas. El tiempo se escurría, inapreciable, a su alrededor; una glacial caricia le propiciaba, como sumergido en el agua fría de un arroyo apacible se encontraba, cada sector del cuerpo estimulado con delicadeza por el inaudible vaivén de la corriente, y la eternidad se sintió realidad, hasta que abrió los ojos, y volvió a hundirse en la mundanidad. Una araña se dedicaba, laboriosa y constante, como al ritmo de las recitaciones, a construir su tela en el vértice de una de las gruesas vigas de madera que atravesaban el techo; podría haberla contemplado durante siglos, en su mecánica perfección instintiva, mas fue sorprendido por el crujido de una puerta al abrirse. Se sentó, algo sobresaltado, y observó a su alrededor: yacía sobre una pequeña cama de madera maciza, ubicada en la intersección de dos altas paredes de piedra gris azulada, que transmitía un aire gélido a la vista, y se encontraba cubierto de una pesada manta de hilos violáceos, bajo la cual se asomaban los dobleces de la blanca chaqueta, de tela gastada, que llevaba puesta. Al otro lado de la habitación estaba apostado un pequeño escritorio de madera vulgar, acompañado de una silla igual de humilde, sobre el cual descansaban una pesada Biblia de tapa negra y un candelabro con tres velas, que alcanzaba a iluminar la totalidad de la pequeña habitación.&lt;br /&gt;-¿Cómo te sientes, hermano? -preguntó un hombre delgado y pálido, casi calvo, que vestía una túnica negra, luego de cruzar el umbral y cerrar tras de sí la puerta.&lt;br /&gt;-Algo adormecido todavía, y confundido, ciertamente -replicó Philip en voz baja, desde la cama. Unos segundos de silencio mediaron entre ambos, y prosiguió después-. ¿Podría explicarme, gentil señor, dónde me encuentro y cómo descarrié hasta este punto? Mis últimos recuerdos son vagos y tenebrosos; no me figuro mi supervivencia. Puedo evocar mis finales días en… tierra santa… la frenética entrada… la aniquilación… los gritos de los infieles… mas luego todo se nubla, sólo puedo rememorar destellos fugaces; un azul constante parece haberme acompañado largo tiempo, el mar y el cielo mezclados por el mecerse de una embarcación… sí… un viaje en navío… eso es… ¿cierto?&lt;br /&gt;-Cubiertos de gloria, después de la victoria en Jerusalén, se hicieron a la mar un grupo de nobles heridos y corroídos, por el fuego del desierto y los horrores de la guerra, anhelando la paz del hogar. Entre ellos estabas tú, defenestrado… -hizo una pausa el cenobita, al tiempo que tomaba asiento- por ello imagino que no recuerdas con claridad. Ahora estás en la abadía de Santa María, en York, encomendada al cuidado de los heridos en batalla. Velamos por ti desde hace una semana, la cual transcurriste acalorado por la fiebre y el desvanecimiento, casi todo el tiempo hablando en sueños, a penas sorbiendo algunas gotas de agua y mordisqueando migajas de pan. Mas parece que el reposo prolongado y la tranquilidad de este monasterio van sanándote poco a poco. Ello me produce gran alegría, pues nadie merece más el bienestar que quien ha sacrificado las comodidades de su morada, el dulce vino y los abundantes manjares, para cumplimentar las órdenes divinas. Claramente tu aspecto también ha mejorado. Todos los días pasaba por la tarde a orar a tu lado y leer en voz alta algunos pasajes de la Biblia; es, por cierto, una grata sorpresa encontrarte hoy tan lúcido.&lt;br /&gt;-Comprendo… -dijo Philip, después de unos momentos de reflexión, y de incorporarse de su lecho-. Ha sido una larga odisea, mas por santa gracia ya siento las energías recobradas, el cuerpo resistente, los brazos fuertes y la razón restablecida -proseguía mientras iba y venía de un lado a otro-. Me invade el deseo de salir a beber la clara luz del sol, a respirar el brillo de las verdes planicies. Pero antes me gustaría presentar mis respetos y mi gratitud, pues es grande el favor que me han concedido, y más grande aún la deuda en que me encuentro con ustedes.&lt;br /&gt;-Es noticia feliz escucharte, mas debo recomendarte que no apresures tu recuperación, pues en ocasiones la convalecencia da falsos indicios de completud y sobreviene, inesperada, una fatal recaída. Por lo pronto, mandaré que te traigan cuantiosos alimentos; me cuesta imaginar cuándo habrá sido la última vez que comiste como el estómago del guerrero demanda. Además, convendré una cita con el abad, para que puedas presentarte ante él, y encargaré que te propicien vestimenta, por si deseas recorrer los interiores del edificio. No te sorprendas si escuchas rumores a tu paso, si las miradas se posan sobre ti incesantes, pues no estamos acostumbrados a tan ilustres personajes en nuestros olvidados aposentos. Por lo demás, déjame decirte que estamos honrados de encargarnos de tu cuidado, y no has de retribuir en esta casa con dinero alguno; tu reputación y tus acciones te preceden, y exigen actuar en consecuencia -comentó en júbilo, algo exaltado, con grandes ojos azules inflamados, el esquelético servidor de Dios, y se retiró luego de la habitación, dejando a Philip solo con sus pensamientos y su excitación.&lt;br /&gt;Las horas huían mientras al azar abría la Biblia, siguiendo una tradición repudiada por muchos eclesiásticos, intentando dar con un augurio sobre su futuro, actualmente bastante incierto y nebuloso, cubierto de renombre, mas desprovisto de riqueza -todo había sido dispensado, incluso las tierras heredadas de su padre vendidas, para contribuir a la financiación del viaje y avituallamiento del ejército cruzado- y destino inmediato.&lt;br /&gt;“Los impíos me han aguardado para destruirme; mas yo consideraré tus testimonios.” leyó de golpe, en el pasaje 95 del capítulo 119 de los Salmos, y una extraña electricidad le recorrió las vísceras, sintió el dolor perforar su cabeza, con aguda y desmedida intensidad, durante unos segundos, como una rápida estocada oracular, y supo que ya no requería continuar buscando por más tiempo. Cerró el libro y se recostó pesadamente, procurando reencontrar la calma, y cavilando acerca de aquellas pocas palabras que calaron tan hondo en su intuición.&lt;br /&gt;Despertó en sincronía con el apetito y descubrió, para su satisfacción, que sobre el escritorio reposaba una bandeja con un vaso de vino, una pieza de pan blanco y un hondo plato, lleno hasta el tope de guisado, ya algo frío; de cualquier manera consumió todo con celeridad, sin reparar en excéntricos miramientos por temperatura, ingredientes o sabor, desterrando tales quejas de su espíritu como impropias de un soldado de Dios. Además notó que sobre la silla habían dejado una vieja túnica marrón y unas sandalias, comunes en los ambientes monásticos. Supuso que ya sería de madrugada, pues todo estaba en absoluto silencio y la visita del monje tenía lugar habitualmente por la tarde, sin embargo, procedió a vestirse y salir del recinto, animado a recorrer las inmediaciones del lugar por la abundante cena y la larga siesta que acababa de tomar. Paseó a lo largo de varios pasillos, pobremente alumbrados por los últimos vestigios de cera de las velas, y por lo que imaginó sería el comedor: una gran habitación cuadrada con dos largas mesas de roble a los lados, en las que había, dispersos, unos cuantos vasos. No se topó con ser humano alguno, en la quietud de la noche, y sólo encontró compañía de muertos, en una estantería, llena hasta desbordar de libros. Comprendía únicamente unas pocas palabras del latín, por lo que la mayoría le resultaban ininteligibles, sin embargo, encontró un manuscrito anónimo, en inglés, que describía trifulcas y narraba historias de saqueo a monasterios por los Vikingos, y se quedó ojeándolo durante un tiempo, sentado en uno de los bancos de leño que decoraban intermitentemente los corredores. La tenue luz dificultaba la lectura, mas la obra ameritaba el esfuerzo; los relatos de contiendas siempre habían despertado su pasión y, escritos u orales, ensalzados o sucintos, los devoraba a lo largo de su vida con una placentera sonrisa infantil en el rostro. Luego de unas horas lo atacó el cansancio nuevamente y retornó a su dormitorio, para entregarse al confortable lecho por lo que restaba de la noche.&lt;br /&gt;Mientras caminaba pacientemente por los terrenos que rodeaban al claustro, durante la tarde del día siguiente, fue aproximado por un monje, que lo invitó cordialmente, dando señales evidentes de alabanza, a reunirse con el abad, quien lo esperaba en su despacho. Cambió entonces las glaucas y húmedas llanuras, pobladas de fina hierba, que danzaba con pies ligeros al compás del viento, y sobresalía brillante del plomizo fondo anubarrado del firmamento, extendiéndose ininterrumpida, hasta donde la vista alcanzaba a contemplar, por las secas paredes de piedra y la penumbra natural de la enorme construcción, que nunca alcanzaba a ser erradicada por completo, aun cuando la nívea luz del día penetraba vigorosa por las ventanas.&lt;br /&gt;-Saludos, Philip de Winchester, es un placer alojar tu consagrada presencia en nuestro humilde convento. Mi nombre es Albert Heathstone, abad de Santa María, a tu servicio             -hablaba un hombre bajo, de escaso cabello castaño, que rayaba la vejez y la obesidad, y caminaba lentamente, apoyándose en un báculo de madera ornada-. Permíteme decirte que puedes quedarte el tiempo que desees, y usar nuestras instalaciones como mejor te plazca. Si hay algo más en que podamos operar para hacer tu estancia más tolerable, no vaciles en hacérmelo saber.&lt;br /&gt;-Agradezco enormemente su generosidad, y déjeme decirle que, en tanto permanezca en este lugar, donde me han propiciado tantos cuidados y donde no he recibido más que trato ameno, estaré alegremente a su servicio, puesto que no puedo ofrecerle otra cosa, para las tareas que usted me considere apto y necesario. Por cierto, ¿cómo conoce mi nombre? Aún no me he presentado -inquirió Philip, intrigado a la vez que feliz, por la hospitalidad de sus anfitriones y el reconocimiento que más y más percibía rodeando su nombre, como una estela dorada que inclinaba a la cordialidad.&lt;br /&gt;-Una carta, que llevaba el sello de Robert II de Normandía, arribó oportunamente contigo, mencionando tu identidad y la rectitud y el sacrificio con que te condujiste durante la conquista de la santa ciudad. Hablaremos de las labores que puedas ofrendar enseguida, mas no hay prisa, como habrás visto, llevamos una vida ordenada y contemplativa, dedicada a la oración en su mayor parte. Ahora, si observas en el interior del cofre de madera que está al lado de aquella mesa… -decía mientras el cruzado avanzaba buscándolo- sí, sí, ése mismo… encontraras algunas de las pertenencias que usaste durante tu campaña. Afortunadamente no muchos parecen tener la osadía de robar a los santos, y supervivieron el largo trayecto hasta aquí.&lt;br /&gt;Philip quedó estupefacto al abrir el baúl y encontrarse con el equipo de su amigo Francis: allí estaban su imponente espada bastarda, el escudo -astillado y descolorido-, el peto de la cota de mallas y la desgastada túnica blanca. La aferró con firmeza entre las manos, al tiempo que volvían a su mente las imágenes del desdichado deceso, y las lágrimas le brotaban irreprimibles de los ojos; la guardó luego de unos momentos nuevamente, con un gesto solemne.&lt;br /&gt;-Es una gran fortuna que ahora pueda reencontrarme con estos objetos, más valiosos para mí que el oro mismo -habló cuando hubo recobrado un poco la compostura-. Fueron usados con destreza y honor, al servicio de la causa de Dios.&lt;br /&gt;-Y seguirán estando supeditados a esa nobilísima insignia, al igual que tú; escúchame unos momentos, y comprenderás la difícil situación en que nos encontramos -añadía el abad, con aire serio, intentando recuperar la atención del caballero, que se encontraba extraviado en la niebla de la nostalgia-. Jerusalén se erige ahora bajo mando cristiano, y resiste férrea los embates del paganismo, como monumento vivo de la gloria de Dios. Sin embargo, aun habiendo adquirido tan deslumbrante gema, más preciosa que todas las piedras preciosas, la herejía persiste, y se disemina por doquier, inclusive, y más peligroso aquí que allí, en nuestra patria. Por lo tanto, si en verdad deseas ponerte a nuestra orden, siguiendo el testimonio -un escalofrío recorrió a Philip al escuchar esa palabra- divino, que son las voces de sus representantes en la tierra, has de combatir todas las formas de maldad y sacrilegio que se encarnan, como llagas purulentas, en los apóstatas, ateos y réprobos de toda clase; moradores indecorosos e impunes, hasta ahora, de las tierras de Inglaterra.&lt;br /&gt;Philip se sintió incendiado de entusiasmo al escuchar el discurso, y se arrodilló cuando hubo concluido, conmovido, para reafirmar su juramento de lealtad y sometimiento a Dios y a sus emisarios.&lt;br /&gt;-En estas nuevas circunstancias, has de adoptar técnicas de combate sigilosas, de pasar desapercibido entre tus enemigos y de ajusticiarlos antes de que puedan siquiera mirarte a los ojos. Ya no podrás avanzar vistiendo símbolos sacros, y tus futuras hazañas sólo han de  recorrer los oídos de los habitantes de este lugar, mas regocíjate, pues Dios todo lo ve, y no pasarán desapercibidas para Él tus acciones; a fin de cuentas, Él es único merecedor de ser impresionado y el único de quien procede la verdadera gloria y la genuina recompensa        -concluyó Heathstone, habiendo hablado más despacio, mientras parecía ir imaginando las futuras vicisitudes, que descenderían sobre los caminos de Philip, y hacía involuntarios ademanes con el bastón de madera.&lt;br /&gt;Fue despedido después con cortesía, el noble soldado, aunque sin derecho a réplica, y se dirigió a su alcoba, para descansar y meditar acerca de los nuevos eventos que ahora determinaban su vida. Se vislumbraba a sí mismo apuñalando entre los arbustos a víctimas desprevenidas; matando sin poder ostentar con orgullo el estandarte de su ética cristiana, imposibilitado de gritar los motivos de su despiadado odio hacia los infieles y sin ser capaz de medirse abiertamente contra la destreza de otros guerreros. Tal forma de conducirse le parecía deshonrosa, no apropiada para alguien de su origen, ni para el soldado más humilde, mas las exigencias venían de una autoridad superior a cualquier linaje o rango terrenal, y se consoló pensando que en la vida de un hombre no podía haber oposiciones a la voluntad divina, si no quería asemejarse a aquellos a quienes tanto despreciaba.&lt;br /&gt;Transcurrió los siguientes días obligándose a disfrutar del intervalo de paz de que disponía, pensando que quizá no tendría otro en años, pero también dedicándose a templar el espíritu, para poder cumplir con su nuevo deber. Como parte de los preparativos, hubo de escoger entre las armas y armaduras coleccionadas en un húmedo cuarto subterráneo del cenobio, acarreadas por pasados huéspedes; algunas se conservaban todavía en buen estado y otras se habían tornado inservibles por el tiempo y el uso, aunque era una diferencia casi imperceptible para los monjes, que arrumbaban todas por igual. Desde el comienzo supo que empuñaría la antigua espada de Francis, mas también se hizo de una pesada hacha de batalla y una daga afilada, con las que asimismo tenía considerable habilidad, para completar su arsenal. Respecto de la defensa, teniendo en cuenta el tipo de combate que entablaría, consideró suficiente una empolvada armadura de tela reforzada y un yelmo metálico cerrado, que escondería su rostro, y resultaba bastante amedrentador a la vista. Consiguió además la túnica negra del religioso que lo visitaba por las tardes -cedida con algarabía-, y se vio avanzando, bajo el cielo rojizo del ocaso, por entre los árboles frondosos, hacia su víctima; un espectro de las sombras blandiendo un fatal brillo argénteo, profecía del infierno, y no pudo concebir a alguien que pudiera oponérsele sin terror, lo cual lo llenó de seguridad y arrojo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(255, 128, 128);"&gt;III&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los días se hacían efímeros, con el viento partían desdeñables; la ansiedad se tornaba difícil de sobrellevar, el espasmo de las manos, sedientas de alzar la espada, imposible de apaciguar, hasta que llegó la esperada chispa, a desencadenar el fuego de la vesania.&lt;br /&gt;-Levántate contra la perversidad, haz caer el martillo de Dios sobre sus enemigos y no les permitas continuar tiñendo de oscuridad la pureza de nuestros espíritus. Dirígete al bosque del oeste, allí hallarás un árbol particular, más alto que todos los demás, donde suele reunirse, por la noche, según me han informado, un grupo de habitantes del cercano pueblo, a renunciar a Cristo y a venerar a las plantas y a monumentos de roca y troncos. Se bañan desnudos en el próximo arroyo y cometen actos de carnalidad, que no pueden pronunciarse, mientras entonan cánticos demoníacos. Podrás encontrarlos fácilmente, pues el lugar está por lo demás deshabitado; oirás las voces y verás el fulgor de las antorchas, reconocerás el rojo de Satán en sus ropas, dando testimonio -de nuevo, un rayo le recorrió las venas- de su lealtad. En su ciudad de origen están al tanto de los sucesos, mas les temen o les son indiferentes, ¡cobardes y traidores!, por lo que te ordeno que tomes el deber en tus manos y no dejes a uno solo con vida; erradica este extemporáneo hálito de idolatría y sienta el ejemplo, para sus familias y sus vecinos; que sepan que el camino que se aleja de Dios se acerca a la desgracia -aulló el abad, lleno de indignación, escupiendo en varias ocasiones, por lo colérico que se encontraba.&lt;br /&gt;Philip reunió todo el equipo y partió a pie al mediodía -no lo separaban muchos kilómetros del lugar-. Decidió llevar la espada envainada y el hacha en las manos, considerándola más práctica para combatir en espacios reducidos. Las corrientes hacían ondear los pliegues de la holgada túnica, dándole el deseado aspecto fantasmal. Se adentró en el bosque, cuando empezaba a caer la noche, y comenzó a explorar el territorio, intentando ubicar el lugar designado. No le fue difícil orientarse, pues la copa del imponente pino, de tronco ancho y alargado, como la torre de un castillo que se adentra en los cielos, se divisaba a gran distancia, sobresaliendo entre el resto. A su alrededor se habían talado otros árboles, formando un pequeño claro, pasado el cual fluía, murmurante, un tímido arrollo. Se alejó varios metros y procedió a esconderse, detrás de un enorme tronco derribado, que yacía al pie de un nogal, formando una excelente trinchera natural. Allí permaneció al acecho, como un tigre en la jungla, hasta pasada la medianoche, cuando una antorcha y unas voces se acercaron. Se trataba de una pareja, la mujer llevaba un delantal aloque, y unos pantalones del mismo color el hombre. Clavaron la antorcha en una esquina y se sentaron a la espera. Poco a poco fueron llegando personas y llamas, hasta que frente al pino se hallaban siete, de diferente género y edad, mas todas portaban alguna prenda roja. Estaba bastante iluminado el santuario, y las canciones no tardaron en hacerse presentes, interrumpiendo el velo negro y los tenues sonidos de la noche. Philip estaba más atrapado por la curiosidad que por el odio y contempló danzas y ritos, con cuchillas, velas y otros adornos, por unas horas, hasta que finalmente lo abrumó el hastío, y la certeza de que no arribaría nadie más. Se cubrió la cabeza con el casco y la capucha de la túnica; aferró el hacha con ahínco, mientras se iba llenando progresivamente de resolución, y se puso en pie. Avanzó despacio, sin interrumpir las oraciones, que eran profesadas con exaltación, de cara al árbol; el ángel de la muerte acercándose invisible, al abrigo de la penumbra. Una de las mujeres volteó, quizá presintiendo la amenaza, y profirió un grito de horror, al ver el resplandor difuso del hacha, a la luz de los fuegos, y como ésta se hundía completa en el cráneo del hombre que estaba arrodillado más atrás. Apoyó luego la bota sobre su espalda y la arrancó, para batirla contra el cuello de otro infortunado, que, sentado junto, únicamente había tenido tiempo de pararse; la sangre estalló hacia arriba y lo bañó, cual lluvia de rubíes, otra vez decorándole las vestimentas. De nuevo el fragor de la matanza, y su cuerpo se sintió verdaderamente vivo, por primera vez desde que abandonó Jerusalén. Un tercero tomó una espada corta, de entre los objetos de la ceremonia, y lo embistió, mas Philip consiguió interrumpir la carga, lanzando el hacha con todas sus fuerzas hacia él; se clavó ésta en la frente y lo dejó tumbado de espaldas. Ya no veía atormentados humanos, sino sólo súcubos e íncubos, que eran desterrados con presteza al averno, donde les correspondía habitar. Desenvainó la espada y se acercó hacia el último hombre vivo, que revisaba unas mochilas y cestas, de espaldas a él, probablemente en busca de un arma, casi sin poder controlar la intensa sacudida de los miembros. Antes de que lo alcanzara, una de las mujeres procuró adentrarse en la oscuridad del bosque, pero fue detenida por un poderoso golpe lateral, que, impactando a la altura de las rodillas, la dejó postrada, con una pierna menos, gimiendo de dolor. Pasó después por encima de su inerme cuerpo, y atravesó la cabeza del anterior objetivo, con una estocada de la espada, que entró por la nuca y salió, del otro lado, a la altura de la nariz, llegando a penetrar unos centímetros en el pino. Luego extrajo el acero, dejando caer el cadáver de boca a la tierra, a lo que otra de las féminas sucumbía al desmayo. Una más seguía todavía en pie y consciente, aunque inmóvil, pálida como la nieve, paralizada de pavor. Inspiró hondo, hizo una pausa durante unos segundos y le cortó la cabeza de un golpe cruzado, que dejó de nuevo la espada sujeta al tronco, esta vez por el filo de uno de los lados. Ya más relajado, pasados unos momentos, envainó la hoja y acabó el sufrimiento de la arpía que se agitaba en el suelo, con el miembro amputado, tirándole de los cabellos, hasta sostenerla a la altura de su pecho, y cortándole luego la garganta, con un veloz movimiento, relámpago horizontal, de la daga. Respecto de la que permanecía desvanecida, le atravesó con la misma arma el corazón. Finalmente, para terminar con su cometido y dejar una advertencia, procedió, reprimiendo la aversión -nunca había intentado acto tal; era como arrastrado, con leve resistencia, por una corriente de fascinación-, a remover los ojos de todos los cadáveres y a apilarlos en la base del árbol; talló, seguido de eso, "Quienes dan la espalda a Dios no verán más que su ira", en el tronco, por encima de una amplia mancha de sangre. Antes de partir recogió todas las prendas originalmente rojas -ahora ya casi todas se habían tornado de ese color-, juntó los cadáveres y los incineró; lavó los filos y las manos en el agua helada del arroyo y, con una de las antorchas en brazos, se adentró en el bosque. Mientras caminaba con lentitud, procurando recuperar el aliento y las energías, escuchó un sonido en la oscuridad, que lo sorprendió y atemorizó. Sacó nuevamente el hacha, y se dirigió hacia allí con cautela. Descubrió, andados unos cuantos metros, para su tranquilidad, que se trataba de un gran caballo negro, que resoplaba aburrido, atado a una haya, en la frontera del bosque. Por fortuna se mostró dócil a su mando, y volvió montándolo, bajo el resplandor cristalino de la luna llena, al monasterio.&lt;br /&gt;Llegó contrastando con la claridad del alba, y los monjes lo recibieron con simpatía, aunque algo impactados, de verlo empapado en sangre, sobre tan alto y brioso animal, que lo volvía todavía más intimidante. Uno de ellos le indicó que el abad se alegraba de su retorno y lo vería por la tarde, antes que la cena fuera servida.&lt;br /&gt;-Personalmente, le recomendaría tomar un baño largo y descansar, se le ve agotado. Por lo pronto, deje a su caballo conmigo, nosotros nos haremos cargo de alimentarlo y buscarle un lugar en el establo -explicó con tono condescendiente y servil.&lt;br /&gt;Y así lo hizo: se despojó con gusto de las pesadas armas y ropas, y se sumergió en el agua primero y en la cama después, para dormir placenteramente, hasta que fue despertado, durante el ocaso, y le anunciaron que lo aguardaban. Se vistió ágil, con la delgada túnica marrón, que ahora se sentía más ligera que una pluma, y se dirigió a la reunión, llevando las ropas rojas de los perecidos en un saco.&lt;br /&gt;-Bienvenido de vuelta, hijo. Me llena de tranquilidad saber que has retornado a salvo, que no han logrado herirte los malditos -exclamaba Heathstone, mientras Philip arrojaba delante de él el costal con las telas carmesí-. ¡Ahhh! Es una grata imagen contemplar estos harapos, prueba de tu hazaña.  Espero que todos estén recibiendo el merecido resarcimiento por sus actos, en el infierno. ¡Lo has hecho bien!, sin dudas, y tu recompensa embellece y se hace vasta, más allá de este mundo de hueso y polvo, sin embargo, hay mucho todavía por hacer: golpes que soportar, sangre que derramar; el camino es áspero, sobre zarzas de piedra andarás durante siglos, mas es el único que conduce a Dios… ¿estás dispuesto a escucharme y a cumplir su inequívoco mandato, a dar testimonio de tu fe?&lt;br /&gt;-Lo estoy, en cuerpo y alma; hoy como ayer presto a tragarme el sol para legitimar el peso de mi creencia. Deme mis órdenes, y rece por las almas de quienes estén en mi camino, pues es unívoco asimismo el resultado: si encarnan la maldad, han de extinguirse bajo el fuego de mi acero -contestó Philip de rodillas, encogido por la sensación genuina de una carga divina descendiendo hacia él, junto con las palabras del abad.&lt;br /&gt;-Escucho la certitud en tu voz, y observo la rectitud en tus actos, te encomiendo pues, arrebatar la vida a un noble cortesano, William Fardock es su nombre, habitante de la próxima ciudad hacia el norte. Practica las artes de la adivinación y la numerología, hace caso omiso del consejo del sacerdote local, que lo impele a abandonar dichas prácticas, abolidas por la ley de Dios. Y no sólo eso, sino que además presta sus servicios a otros, que creen ingenuamente en sus sandeces, y les quita el oro de las manos y la cristiandad del espíritu. Mátalo sin revelarte, mátalo sin piedad y sin despertar sospechas; vuelve luego al templo a recuperarte, y a congregarte con tus hermanos, que te recibirán llenos de admiración y esperanza, al igual que yo -mandó Heathstone, con su típico carisma en la voz y en los gestos, que emergía acalorando la sangre, como la embriaguez después del vino, y destilaba grandiosidad, moviendo a la obediencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(255, 128, 128);"&gt;IV&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Andaba entre las calles rengueando, haciéndose pasar por un fraile desposeído -lucía el hábito del monasterio desgastado y lleno de agujeros, y la cabeza rapada-, buscando la morada de su víctima; fue indicada por un poblador indigente, que rondaba el pueblo mendigando y clamando haber sido robado, a cambio de algunas de piezas de cobre, como la que ostentaba un banderín rojo con una hoz y un martillo dorados, símbolo de la familia. Dio con ella fácilmente, siguiendo las directrices, pues sobresalía de entre el resto de las casas por su calidad arquitectónica, y el escudo flameaba enérgicamente con el fuerte viento, como un ave batiendo las alas bajo el sol. Además observó al que supuso sería su objetivo,  caminando al azar sobre el balcón frontal, contemplando la lejanía del horizonte, y como el sol se escondía lentamente detrás de las montañas. A medida que se iba acercando a la puerta, lo recorría la sensación de ser observado, seguido incluso; volteó en varias ocasiones y escudriñó en todas direcciones, mas nada le pareció extraordinario, por lo que desestimó sus temores, atribuyéndolos al juego de la imaginación, y procedió a golpear. Fue atendido, pasados unos minutos, por el mismo hombre obeso que había visto momentos atrás. Lo miraba intrigado, con sus pequeños ojos marrones casi cubiertos por los  abultados pómulos.&lt;br /&gt;-Noble señor, ¿permitiría a este humilde servidor de Dios incurrir en la osadía de abusar de su hospitalidad? Me encuentro de paso por la ciudad, camino a Santa María, el monasterio del sur, donde he de permanecer el resto de mis días, mas ya no puedo seguir en pie sin alimento, caminando con los ojos sedientos, de volver a beber los renovadores colores del vino. No le quitaré más que un breve tiempo, y unas piezas de pan, aunque sólo puedo ofrecerle mi bendición y mi gratitud en retorno, por lo que apelo a su generosidad                        -preguntó Philip, con la cabeza gacha y el cuerpo cojo, carraspeando mientras hablaba.&lt;br /&gt;-Será un honor proveerle de alimento, pues en esta casa no somos glotones ni avaros, y siempre ayudamos a quienes obran por las buenas causas. Hacemos donativos regulares al templo de la ciudad y el clérigo que allí reside es un viejo amigo de la casa, quizá le conozca. Pero no nos quedemos hablando aquí, pase, pase, por favor… -indicó confiado el hombre, mientras conducía a Philip hasta una larga mesa, en el centro de la sala, acompañada de cuatro sillas y varias bandejas y jarras, con pan y frutas, agua y vino, posibles remanentes de la cena. Se sentó trabajosamente, mientras su anfitrión se retiraba a otra habitación y volvía con un vaso, que llenó hasta el tope de tinto néctar, y se lo entregó con complacencia.&lt;br /&gt;-Coma con libertad, no es mucho, pero ayudará a atenuar el dolor de sus entrañas. La cocinera no está aquí; se fue acompañando a mi esposa y a mis hijos, a lo de la familia de ella, y no volverá hasta dentro de varias horas, por lo que no puedo ofrecerle un plato más elaborado, lo lamento verdaderamente -explicó después, al tiempo que se sentaba junto a al pretendido fraile, y quedaban separados sólo por una silla.&lt;br /&gt;-No se aflija, se lo imploro, esto es mucho más de lo que hubiera podido desear, verdaderos manjares -alegaba Philip, mientras se atragantaba de alimentos con una mano y preparaba la daga con la otra, escondida bajo la mesa-. ¿Podría decirme su nombre? La benevolencia aquí hallada no pasará desapercibida, se lo aseguro, pero no me gustaría aclamar la reputación de la persona equivocada.&lt;br /&gt;- No busco fama -contestó riendo el hombre rollizo-, sin embargo, con gusto le diré que me llamo Will…&lt;br /&gt;Las palabras y la sonrisa fueron suspendidas por una feroz acometida de acero, que estalló desde las sombras, e ingresó por el costado de la cabeza de Fardock, a la altura de la sien. Se desplomó sobre el respaldo y quedó inmóvil, mirando las escaleras que llevaban al segundo piso, con los ojos abiertos como doblones de bronce, inundados de sorpresa. Su victimario le quitó un anillo de oro de las manos, que llevaba grabado, con asombrosa precisión, el emblema de su casa, y se dirigió a una pequeña ventana que daba a la calle, desde la cual observó paciente, hasta que quedó desértica. En ese momento procedió a salir, encapuchado, y, manteniendo el papel que interpretaba, se alejó rengueando, en dirección al establo de la ciudad, donde lo aguardaba Golgotha -así había bautizado a su caballo-. Durante ese lapso volvió a invadirlo la sensación, vaga pero intensa, como el vaticino de una tormenta, de ser perseguido o controlado y, en esta ocasión, algo lo dejó trastornado: observó de reojo, sin levantar la cabeza, a un hombre sumamente extraño, escondido tras una carreta, que parecía seguirlo con la mirada, cuya imagen lo sobrecargó de angustia. Jamás había contemplado ropas similares, y, sin embargo, le resultaban a la vez familiares: zapatos que brillaban más que el sol de mediodía, pantalones apretados de corte y tela insólitos, al igual que la chaqueta y un extraño lazo que le rodeaba el cuello, todo negro como el carbón, a excepción de una blancura increíble, más clara que cualquier otra prenda que hubiera tenido antes entre manos, que la leche incluso, destellando sobre su pecho. Además le inquietaba el cabello, al ras pero puntiagudo, completamente inusual. ‘Un extranjero seguramente’ pensó para tranquilizarse, recordando que había vivenciado una situación semejante en oriente, hasta que se habituó a las raras costumbres foráneas, y siguió avanzando, mas casi al trote, abandonando la pretendida cojera. Vio todavía a uno más, casi una copia exacta del anterior, sólo que algo más bajo y relleno, a cubierto entre las paredes de dos casas, hasta que se encontró con su montura y escapó al galope, apremiando a golpes al animal para que aumentara la velocidad, justificando toda crueldad por el temor -a que tan deshabituado se encontraba últimamente- y por todo medio que contribuyera a su distanciamiento de los Demonios Negros -como los había denominado momentáneamente en su mente-.&lt;br /&gt;Cuando retornó a Santa María entró de golpe en los aposentos del abad, y le vomitó toda la historia y todos los sucesos, incluso los macabros del final, convulsionado por la ansiedad y el miedo, que venían turbándole inmutables desde que emprendió el viaje de vuelta. Agitado, con las manos temblorosas, dejó el anillo sobre la mesa, como si se desprendiera de una fatigosa armadura de plomo, y cayó de rodillas, con la mirada desolada vagando al azar por los rincones.&lt;br /&gt;-Concéntrate Philip, debes recobrar la calma. Es evidente que se trataba de extranjeros, y ni siquiera estás seguro de que te buscaran a ti realmente. Recuerda las oraciones, repítelas incansablemente en momentos como éste, pues no hay mente devota que no puedan sanar. Aférrate a esta cruz con convicción, en tiempos de tempestad, y no te faltará faro para guiarte, entre los azotes del vendaval y las traiciones de las aguas -susurrábale Heathstone sereno, mientras ponía un crucifijo en sus manos desganadas, procurando transmitir tranquilidad, intentando disimular la sorpresa, suscitada por la profunda perturbación del normalmente frío y templado caballero-. Te has visto entre las criaturas más diabólicas y has sorteado con éxito los peligros más sutiles, en tierras lejanas y en tu propia casa, mas quizá ha sido todo demasiado repentino… El mal es una fuerza poderosa, y en ocasiones nos carcome sin que lo notemos, dejándonos atrofiados e inermes, cuando menos lo esperamos y cuando más necesitamos defendernos. Lo has hecho maravillosamente, otra vez, cumpliendo tu deber con diligencia y precisión; no más podría demandarse a un soldado de Dios. Te has ganado la calidez y comodidad del lecho en tierra de paz, y te doy libertad para descansar el tiempo que necesites, hasta que te sientas restaurado enteramente, sea mañana, sea dentro de veinte años.&lt;br /&gt;-Intentaré sobrevivir, como siempre lo he hecho, apoyándome en Dios… -sollozó Philip, tragándose las lágrimas como trozos de vidrio, y se retiró a su habitación, con lentitud, andando como un caído; se entregó entero al abrazo de las sábanas y sólo el completo estado de desgano de su cuerpo pudo apaciguar el mar crispado de su corazón, y abrirle las puertas del sueño.&lt;br /&gt;Los días transcurrían interminables en el monasterio, recorridos por el habitual silencio y la pasividad de sus moradores, y en la mente de Philip no había más que tormenta. Los rezos y los prolongados baños tibios, la paz, el aburrimiento general, no hacían otra cosa que contribuir al malestar en su mente; tierra fértil para que germinaran las fantasías persecutorias y las ideas de conspiraciones y amenazas ocultas, zarpazos vengativos de sus víctimas, que sólo podía abandonar a costa de enormes esfuerzos de voluntad. Las horas pasaban sacando chispas, haciendo fricción con su cuerpo; prisionero eterno de una cámara de tortura invisible e indecible era en ese estado. Antes de que pasaran dos semanas fue a rogar que le encomendaran otra misión, para tener algo en que ocuparse, mas su solicitud fue rechazada, con motivo de su necesidad de restablecimiento. Unos días después de cumplido el primer mes intentó ahorcarse en su habitación, colgándose de una pesada soga atada a una de las vigas del techo, mas fue descubierto por un monje antes de que se le agotara el aire y denunciado al abad, que no pudo creer la historia al comienzo.&lt;br /&gt;-Es inaudito que hayas intentado quitarte la vida, lo cual bien sabes constituye un pecado injustificable, una renuncia al regalo más valioso que Dios nos hace a todos… no puedo comprenderlo, después de todas las penurias soportadas y los honores conquistados, ¿qué es lo que falta en tu vida, a qué se debe tu desmoronamiento? -preguntó Heathstone anonadado.&lt;br /&gt;-Me he dado cuenta de algo, y es una verdad inherente a mí mismo: cuanto que mi pecho necesita aire, mi corazón late y mis oídos se atragantan de palabras, mi alma bebe la conmoción de la batalla, se avoca a ella con cada fina hebra del pensamiento, con cada músculo del cuerpo, y, falta su atrapante presencia, perece y se marchita, como el árbol no sobrevive sin el sol. Es sencillo; entonces, en tanto quiera vivir, he de pelear, aunque eventualmente ha de significar mi muerte, pues al menos así obro a favor de la corriente de mi naturaleza, y sirvo a Dios en el proceso, de lo contrario, he de morir por mis propias manos, inútil, arrancado de razón por la inclemencia de las espinas de la paz -argumentó Philip pensativo, apagado por la lógica que encontraba en sus propias palabras.&lt;br /&gt;-Debo recordarte que tu última tarea estuvo teñida de las marcas del pavor, y que llegaste como una liebre perseguida por los lobos; sin embargo, también creo que nadie mejor que uno mismo para conocerse, y que el servicio que has prestado ha sido de indudable valor e incuestionable eficacia. Por lo tanto, te asignaré un trabajo más, una medicina de sangre, sí puede llamársele así, que espero termine de cerrar las heridas de tu alma -hablaba el abad, mientras determinaba en su mente cuál sería el mejor encargo, no demasiado peligroso pero aún así desafiante.- Hay una hechicera, testimonio vivo de lo aberrante, que habita en un bosque pasadas las colinas del este, a unos tres días a caballo, a quien acuden las gentes crédulas y vulgares, en busca de amuletos, talismanes, curas fantásticas y ungüentos afrodisíacos, en fin, sortilegios de toda clase. Aléjala del sendero del bien, para que no pueda seguir corrompiéndolo, y hazte de confianza y fortaleza nuevamente.&lt;br /&gt;Se apresuró al establo, cubierto de ánimos, listo a reescribir el extravío de sus andares, mas volvió a sufrir un arrebato del destino, que parecía determinado a enceguecerlo. Encontró a otro personaje misterioso observándolo, desde atrás de unos barriles, llenos con agua para los animales, que huyó rápido como un zorro, al percatarse de que había sido descubierto, y desapareció tras uno de los enormes muros de roca del edificio principal. Usaba botas negras, altas hasta la mitad de las pantorrillas, con pantalones, de manchas marrones y verdes como las de un sapo, metidos dentro. Vestía además una camisa arremangada, de idéntico patrón. En su conjunto, considerando además la oscuridad de su piel, se asemejaba bastante a una planta.&lt;br /&gt;-Ahora me vigilan también los Demonios Selváticos… han de ser cómplices de los otros, estoy seguro. Estarán planeando el ataque, buscando el momento oportuno para dar la mordida, como hiciera aquél muchacho en el desierto -manifestaba a su caballo, resignado, con la voz llena de fatalidad, mientras lo acariciaba suavemente-. Golgotha… te ves tan sereno, que no puedo evitar sentirme ya más aliviado. Huyamos de aquí, no tiene sentido preocuparse demasiado por lo que no puede comprenderse con claridad, mas hemos de permanecer alertas, listos a repeler el ataque y a reaccionar con ferocidad, como un león ante las hienas.&lt;br /&gt;Galopó durante tres ocasos por las llanuras, con el viento golpeándole reconfortante, y el cielo ensombrecido, por la amenaza del peligro indescifrable, de la espada pendiendo sobre su cabeza. Atravesó las colinas y una ruta comercial, bastante transitada, y se adentró en el bosque, al cuarto mediodía, olvidando las intrigas y distrayéndose en los avatares de su labor. De cuando en cuando se topaba con algún viajero, que probablemente se desviaba unos kilómetros del camino para consultar su suerte o buscar alguna medicina profana. Siguiendo a uno de ellos dio con la casa, rústica edificación de madera y paja, erigida en un claro elevado. Un magnífico caballo blanco descansaba amarrado a una araucaria cercana, mas no había otras personas en los alrededores, a excepción de su improvisado guía, que entró en la residencia, bienvenido por una joven mujer, de cabellos castaños y piel morena. Avanzó imperturbable hacia la casa, con el hacha en una mano y la daga en la otra, como un águila cae insospechada con sus afiladas garras sobre una serpiente; en su mente se arremolinaba únicamente la resolución, la primacía de un mandato profundo, vital, que opacaba cualquier otra consideración, como el fuego del sol al de una vela. Derribó la puerta de un estruendoso puntapié y se quedó parado en el umbral, bloqueando la única salida.&lt;br /&gt;-Ustedes dos, si quieren seguir viviendo, pueden irse ahora, y abandonar estas prácticas abominables para siempre; de lo contrario, volverán a encontrarme, y en esa ocasión no hallarán en mí una gota de misericordia -ordenó, con la dureza propia de un militar, a los hombres que se encontraban sentados frente a la maga, separados por una mesa de piedra, en la que se observaba esparcido un polvo blanco, con gotas de sangre vertidas en diversos puntos, y varias patas desparramadas, de algún pequeño animal peludo, ardillas o liebres quizá. Los extraños estaban desconcertados, y hubo un largo momento de silencio.&lt;br /&gt;-¿Quién diablos cree que es para amenazarnos? Yo soy el duque de… -alcanzó a decir uno, que vestía con elegancia, finalmente, pero no pudo completar la frase, pues el hacha se le clavó en el pecho, acallándolo. La mujer profirió un agudo grito ensordecedor, que ahuyentó a los pájaros y al otro hombre. Philip observaba sus ojos y su rostro y se anticipó al próximo acto, dejando el paso libre y ubicándose más cerca de la presa, al tiempo que guardaba la daga y desenvainaba la espada, poniéndola ante ella, para prohibirle el movimiento. De un salto se puso en pie el que restaba y salió corriendo de la casa, sin siquiera pensar en tomar el arma del cuerpo del muerto y contraatacar. "Es el final… no dolerá, pero se avecina la eternidad de calvario", soltó de la boca, y el acero de las manos, atravesando el corazón de la hechicera, que pereció agitando el brazo sobre la mesa, intentando asir con fuerza espasmódica el polvo incorpóreo, que se mezclaba con el aire, y mirando con odio a su ejecutor, como si sus ojos, saetas verdes, pudieran penetrar la armadura que lo envolvía. Cuando al fin permaneció quieta Philip tomó un mechón de su cabello. Antes de retirarse le llamó la atención una pequeña roca negra, de forma circular, que llevaba tallada en el centro una estrella de cinco picos, y era de extraordinaria suavidad, como las que se hallan bajo las cristalinas aguas de los arroyos y los ríos. Bajo ella se escondía un libro, titulado “Manifiesto Comunista, por Karl Marx y Friedrich Engels”. Guardó ambos objetos con cierta curiosidad, aunque más bien indiferente, considerando que ya tenía suficientes pruebas de su éxito. Mientras se acercaba a Golgotha, con la concentración adormecida por el éxtasis del triunfo, fue reanimado por la visión de dos Demonios Selváticos, guarecidos tras los árboles, casi fundidos con ellos, indistinguibles. Aparecían en un lugar y después en otro, aterrándolo. Un campesino caminaba distraído en su dirección, mas tan aletargado se encontraba, que no lo notó, y topo con él bruscamente, reaccionando automáticamente con una violenta puñalada al hígado, que lo dejó tumbado, retorciéndose de dolor. Antes de que pudiera extraer la daga y tomar entera conciencia de lo sucedido los demonios estaban a su lado, apresándolo uno por cada brazo. Otro se puso frente así, saliendo con ímpetu de entre unos arbustos, y le clavó, cerca del hombro, una diminuta aguja, seguido de lo cual sintió un líquido ingresar a su cuerpo, y su resistencia frenética se detuvo, casi al instante; se desvaneció como un insecto, indefenso ante el veneno de una araña.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(255, 128, 128);"&gt;V&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al abrir los ojos se encontró con los brazos paralizados por una camisa gris, cuyas largas mangas se sujetaban a la espalda, y sentado en una dura silla de lata. Podía ponerse en pie, pero sus músculos estaban fláccidos y apagados. Su mente se encontraba igualmente detenida, ralentizada, y las ideas parecían tardar siglos en gestarse. Dos demonios hablaban entre sí, bastante inquietados, a unos metros de él, en la misma habitación cuadrada y relucientemente blanca, de techo bajo, sin ventanas, aunque en extremo iluminada.&lt;br /&gt;-Coronel, tengo entendido que los exámenes médicos ya finalizaron, y no hay señales evidentes de daño cerebral, sin embargo todavía faltan realizar algunas pruebas… Parece estar despertando, quizá deberíamos ir a hablar a otra parte -comentó el Demonio Negro.&lt;br /&gt;-No se preocupe por él, ya está bajo control, y pronto será descartado. Acaban de informarme que los médicos le administraron drogas antipsicóticas y sedantes, por lo que ya no debería dar mayores inconvenientes -informó el Demonio Selvático.&lt;br /&gt;-Tendremos que fabricar una historia paralela al Proyecto que explique los homicidios. Era sencillo mantener a raya las investigaciones policiales cuando los muertos sólo eran comunistas, y nadie estaba al tanto más que superficialmente de los hechos, pero desde que asesinó al asistente del senador Martins, durante la reunión con la representante del sindicato de empleados ferroviarios, y al desgraciado que topo con él por casualidad a la salida del edificio, todo se nos ha ido de las manos. Además dejó escapar vivo a un testigo. Los sucesos se han divulgado a la prensa… fue imposible evitar este resultado. Ha de ser eliminado lo antes posible; un suicidio o una eventualidad funcionarían bastante bien           -explicó el hombre vestido de negro.&lt;br /&gt;-Agente Willard, fue algo arriesgado, sin duda, pero la experiencia no será en vano, se lo garantizo. Únicamente tenemos que procurar que el Proyecto se mantenga confidencial, como hasta ahora. Ésa es nuestra prioridad más importante, si estos incidentes se ligan a nuestras investigaciones podríamos perder el apoyo político y la financiación; debemos evitarlo a toda costa. Con los nuevos datos recolectados podremos avanzar mucho, y sería un verdadero desperdicio que todo se fuera a pique por unas bajas accidentales. Víctimas de guerra, y sacrificios necesarios, si me lo pregunta -alegó el coronel.&lt;br /&gt;Philip escuchaba con atención, aunque sin comprender demasiado; sólo sabía que se acercaba su final, y tal certeza no le provocaba ningún malestar, por extraño que resultara. Se distrajo unos momentos con unos papeles que había sobre la mesa metálica que tenía frente a sí, dispuestos en desorden y escritos en una caligrafía perfecta, mecánica. Leyó en ellos: ‘Vocero de Nueva York, 18 de junio de 1960. ‘MÚLTIPLE HOMICIDIO EN REUNIÓN DE LA LIGA COMUNISTA. SIETE MUERTOS.’, ‘DIRIGENTES SINDICALES MASACRADOS.’, ‘SIGUEN MURIENDO LOS ROJILLOS EN NUEVA YORK.’, ‘¡LOS COMUNISTAS RECHAZAN A DIOS, DIOS RECHAZA A LOS COMUNISTAS!’ y frases similares. Inclusive había retratos de gente familiar, pero indefinible, como personajes de un antiguo sueño, del que ya no quedan sino los contornos en la memoria.&lt;br /&gt;-Sería una pérdida lamentable, después de tantos recursos dispensados. Actualmente incluso podrían ser de utilidad, en ciertas circunstancias. Por ejemplo, podríamos distribuir un grupo en zonas estratégicas de Cuba y esperar que los cadáveres empezaran a apilarse, y el pánico asociado al comunismo se esparciera entre la población; sería más bien indiferente si en algún momento se desquician y empiezan a matar al azar, o práctico inclusive, ya que acabarían autodestruyéndose o muertos por civiles, evitando ser capturados para indagación o interrogatorio. Bah, de cualquier forma no obtendrían de su boca más que disparates, ése es parte de su encanto. No creo que pudieran averiguar algo de valor sin tener conocimiento explícito del Proyecto. Más allá de todo, de parte del F.B.I, el director me ha informado que, pese a lo sucedido, seguiremos ayudando con la experimentación y tomaremos las medidas necesarias para darles oxígeno entre las autoridades locales, sin embargo, debemos proceder con extrema cautela y discreción           -añadió Willard.&lt;br /&gt;-Estoy completamente de acuerdo. Muchos nos repudiarían si el Proyecto se hiciera público, pero no se pueden escatimar esfuerzos o caer en vana sensiblería en esta lucha contra el comunismo, que no da tregua y no toma rehenes; quizá si pasaran unos meses bajo el yugo del despotismo soviético nuestros críticos serían más razonables. De cualquier manera, por favor infórmele al director que el Dr. Watson, jefe del equipo psiquiátrico, me ha hablado favorablemente respecto de nuestra presente capacidad de manipulación y control: se ha visto sustancialmente incrementada desde que empezaron a combinar la estimulación neuroeléctrica de la corteza cerebral con el condicionamiento ambiental y los psicofármacos. En su conjunto, los sujetos de prueba son bastante estables. Los delirios no son uniformes, sino más bien espontáneos y dependientes de cada individuo; podría decirse que se los desencadena, en lugar de construirlos artificialmente, lo cual resultaría tecnológicamente imposible. Por ejemplo, este sujeto parece haber desarrollado una suerte de recreación de la Edad Media, a la cual logra asimilar casi todas las experiencias y percepciones externas, según los registros de las entrevistas de exploración psicológica. Por tanto, se le ha condicionado con símbolos, comunistas y católicos, y citas bíblicas, entre otras cosas; como verá, son fácilmente encausables hacia nuestros objetivos. El resto de las variables de personalidad pertinentes se evalúan antes de seleccionar a los sujetos como candidatos para el Proyecto. Estos eventos imprevistos no han de detenernos, constituyen más bien una señal del progreso alcanzado hasta ahora. Debemos analizar los resultados detenidamente y continuar trabajando con máxima dedicación. Todavía restan sortear obstáculos importantes: aparentemente el ‘filtrado’ por la alucinación no es total, y aparecen ciertos puntos donde las realidades se mezclan y los sujetos se tornan volátiles; una suerte de intuición primaria o vestigio de deseo continuo de rechazar la ilusión termina perturbándolos, como el sonido incesante de un torno de dentista, y volviéndolos impredecibles. Tengo todos los datos técnicos en un archivo preparado especialmente, se lo entregaré antes de terminar el día. Ahora podríamos ir a almorzar y luego concentrarnos en preparar el informe y los relatos oficiales -concluyó el Demonio Selvático, al tiempo que ambos salían por la puerta, y dejaban a Philip inmóvil, extraviado en el limbo, entre dos mundos, a la espera narcótica de su ejecución.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://3.bp.blogspot.com/_gQl8ah8Tr5M/S2TtjmT-WhI/AAAAAAAAACY/-stKY9hEIIs/s1600-h/Wrath+of+God.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer; width: 224px; height: 320px;" src="http://3.bp.blogspot.com/_gQl8ah8Tr5M/S2TtjmT-WhI/AAAAAAAAACY/-stKY9hEIIs/s320/Wrath+of+God.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5432728246351190546" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3880616522026186326-5445962696672783354?l=wickedlore.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://wickedlore.blogspot.com/feeds/5445962696672783354/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://wickedlore.blogspot.com/2010/01/eternidad-de-la-locura.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3880616522026186326/posts/default/5445962696672783354'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3880616522026186326/posts/default/5445962696672783354'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://wickedlore.blogspot.com/2010/01/eternidad-de-la-locura.html' title='Eternidad de la locura'/><author><name>Leander</name><uri>http://www.blogger.com/profile/10838958512352319107</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='27' height='32' src='http://www.chrisabraham.com/knights-templar.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_gQl8ah8Tr5M/S2TtjmT-WhI/AAAAAAAAACY/-stKY9hEIIs/s72-c/Wrath+of+God.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3880616522026186326.post-5638236213743417509</id><published>2009-11-04T00:36:00.002-03:00</published><updated>2009-11-28T12:00:15.394-03:00</updated><title type='text'>El ciclo del amor</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify; font-family: georgia;"&gt;&lt;br /&gt;Ha quedado atrás el tiempo, está ya lejos, la última vez que sepulté al amor. Fue despiadado tener que exterminar, hoja a hoja, ese brote de felicidad, mas necesario para seguir adelante; sobrevivir se haría de lo contrario imposible, falta el agua que nutriera su apasionado germinar. A su retraimiento acompañaba el desvanecimiento de tu imagen, antes moradora eterna, del seno de mis fantasías. De todos mis medios me valí para odiarte, procuré un ahogo de escepticismo sobre la esperanza vana de tu correspondencia. Te volviste banal, te tornaste inconveniente; eras ya anatema de mi bienestar y, sin embargo, nada parecía atenuar la fuerza de mi deseo: los contratiempos solo volvían el ensueño más ideal todavía, más remunerativo al final. Sólo la conjugación de tu desprecio unívoco y mi resignación a dotar la idea que de ti tenía de sustancia pudieron, finalmente, herir los castillos etéreos, que en derredor de tu figura había erigido. Nada aniquila mejor al amor que el saber, que la certeza, o, mejor dicho, la aceptación de una idea realista, objetiva. Ya no eras la pintura difusa que me esforzaba por descifrar a lo lejos; ya no llenaba todos los cráteres de tu ser con mis apetitos. Me avoqué, en fin, a conocerte. Y en cuanto te conocí (indiferente e irrelevante es si el conocimiento que me formé de ti fue real o delirio) dejé de amarte. La pasión se aplacó como una tempestad desganada, y no desdeñable fue el desastre que dejó su tránsito. Pensándolo ahora, ¡qué insignificante fuiste siempre!, todo el tiempo magnificada por una fantasía, por un artificio, y abandonada después de su derrumbe; eras la sombra de mis anhelos, proyectada sobre los muros pálidos de mi conciencia; mas que indescriptible delicia verte tangible, tenerte fuera de mí, sosteniendo los cimientos, justificando mi locura y encendiéndola a cada palabra, a cada beso, que se ramificaba en cien ideas y mil sensaciones. Cuanto hubieras hecho era vacuo en verdad, en tal disposición todo conducía al mismo destino, al mismo alimentar mi alegre veneración, como no hay conducta que no sea asimilable, no hay vileza que resulte intolerable, atrocidad que no se pueda validar. Una peligrosa irracionalidad que pude abandonar, precisamente, con el pensamiento. Y tu silueta ya no era una escenificación idílica, un retrato de Afrodita; pasó a ser un recuerdo, cada vez más descolorido, más desligado de afecto, abandonado de pasión. No fue otra que la tristeza la que pasó a ocupar aquel vacío que dejó tu destierro, a apagar el incendio del querer, acompañada por la memoria; se dedicaban, en silencioso lamento, a reconstruir la ruina de mi espíritu. Queda, pues, el evocar, ocupando el trono que ayer ostentaba el imaginar, el deseo a cumplir. La nostalgia y la melancolía se diseminan por el aire; me dejan a su encuentro algo extraviado y distraído, un tímido sustituto de tu aroma ausente. Y el amor a ti cede, con sufrida dificultad, como cede, en un instante de inesperado terror, la construcción más estable ante el azote de la naturaleza; tomo entonces conciencia, trágica claridad, de mi más profunda fragilidad. Me detengo a contemplar y observo un paisaje ahora desolado, el amor ya no está, queda un vasto páramo allanado con violencia, haciendo las veces de tumba. Y de nuevo acude a auxiliarme, a atenuar la pena, la historia. Me susurra, tibio consuelo con aire maternal, que el entierro no significa la muerte, que su partida no es definitiva; al acecho yace, en una expectativa férrea, fraguada con lágrimas de ira, a la espera de una nueva mirada que deslumbre y encienda el fuego del alma, que le revitalice, para emerger con ímpetu de los abismos, rajando la tierra que lo aprisiona con la fuerza de un rugido contenido durante tiempos que parecen eternidades. Sólo queda, entonces, allá a lo lejos, entre las tinieblas y la penumbra, la esperanza del brillo de unos ojos; faros coloridos en la odisea a través del mar, que invoque al amor a levantarse de su sepulcro, a relevar a la memoria y a la razón, a bañar de prístina alegría el presente. Me deleitaré otra vez, ese día, interpretando un cuadro posmoderno que únicamente tendrá sentido para mí, saboreando la paradoja de querer con absoluta certeza, algo por entero desconocido. Débil equilibrio y sublime misterio; un peligro sentido como el epítome de la felicidad. Y si la suerte me sonriera, en el blandir de mi espada poseeríamos la guerra, en el yacer en tu pecho, seríamos amos de la paz, y ya no existirían Selene y Helios, viviríamos en un limbo sagrado, tierra media iluminada por la fusión de la luz de nuestras estrellas, trascendiendo afablemente nuestra individualidad.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3880616522026186326-5638236213743417509?l=wickedlore.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://wickedlore.blogspot.com/feeds/5638236213743417509/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://wickedlore.blogspot.com/2009/11/el-ciclo-del-amor.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3880616522026186326/posts/default/5638236213743417509'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3880616522026186326/posts/default/5638236213743417509'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://wickedlore.blogspot.com/2009/11/el-ciclo-del-amor.html' title='El ciclo del amor'/><author><name>Leander</name><uri>http://www.blogger.com/profile/10838958512352319107</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='27' height='32' src='http://www.chrisabraham.com/knights-templar.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3880616522026186326.post-2873932874954206494</id><published>2009-09-01T00:06:00.005-03:00</published><updated>2009-11-04T00:26:13.396-03:00</updated><title type='text'>La Isla de las Sirenas</title><content type='html'>&lt;p class="MsoNormal"  style="text-align: justify; color: #ff8080;font-family:georgia;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;span style="" lang="ES-AR"&gt;I&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"  style="text-align: justify;font-family:georgia;"&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;Empezaba la penumbra a vestir de luto al mar, mas no se apaciguaba la ira de las aguas con el paso de las horas; furiosas danzaban, desafiando la oscuridad con la blanca espuma sobre la cresta de sus olas, semejantes a las fauces de un lobo rabioso, iluminadas por la melancólica luz de la luna llena, único astro visible en el cielo infinito, mas que parecía condensar el brillo de cuanta estrella existe en el universo. Se divertía el océano exhibiéndole, mientras ella contemplaba atónita e inerme, los restos de un navío, elevándolos decenas de metros, tanto que casi le parecían asibles, para aplastarlos luego contra el hondo suelo azul, que los engullía y regurgitaba de continuo. Los gritos de la maldita tripulación hacía mucho se habían desvanecido, entre el silbido incansable del viento y el ruido constante de las gotas de lluvia, que hicieron las veces de réquiem. Ya no más que unos corrompidos maderos testimoniaban la masacre del mar, reflotando de continuo. Y con uno de ellos emergió el maltratado cuerpo de un marino, que se aferraba con fuerza sobrehumana a esa precaria y tenue flama marrón de esperanza. Confundido, intentaba mirar en derredor suyo, pero la sal y el viento golpeaban vigorosamente sus ojos, que a penas unos segundos resistían el asedio. Alcanzaba únicamente a dar ardorosas bocanadas con la mirada, que le devolvía aterrorizantes imágenes de gigantes murallas de agua, las cuales lo manipulaban con total arbitrio; dueñas se hacían, desvergonzadas, de su destino, y sentíase él absolutamente desbordado. Decidió, pues, sin más, encomendarse a Dios, y comenzó a balbucear desordenadas súplicas; algunas hacía años no pronunciaba, mas de momento acudían todas a la vez apresuradas, con rediviva claridad. Así mezcladas, entre sí y con la salada agua, rayaban la incoherencia, mas otro resultado no era posible, pues en su alma imperaba incuestionable la desesperación sola. Algunos minutos prosiguió así, hasta que sintió el estómago rebelársele y todo su contenido abandonarlo. Exhausto, contrajo por un instante, con máxima fuerza, todos los músculos, y se rindió enseguida, impotente, a la inconciencia, manteniendo los pesados párpados, ahora argénteos, cerrados, y abandonándose a las mareas. Le devolvió, poco después, el gesto el mar, saciado de placer quizá, o atormentado por el llanto de la gran perla estelar, y lo vomitó contra tierra firme, que lo recibió de mala gana, raspándole con garras de arena.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"  style="text-align: justify;font-family:georgia;"&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Despertó anonadado, pasadas largas horas, el sobreviviente del desastre, y se puso con dificultad en pie. Seguido de eso, arrastró las pesadas manos entre los rubios cabellos de su cabeza -alcanzaban hasta la mitad de su espalda en longitud- quitando los que tapaban su cara, y observando, mientras lo hacía, el virgen paisaje que frente suyo se iba descubriendo. Una playa de arena blanca como el azúcar aparecía ante sus ojos. También un bosque de palmeras, altas como los mástiles de su antigua embarcación, de imponentes copas con largas hojas verdes y marrones, entre las que se colaba la cristalina luz del sol de mediodía, que iluminaba el escenario desde las alturas. Comenzó, adolorido y rengueando, a alejarse atemorizado del mar, cuya visión todavía le recordaba la pasada catástrofe, buscando refugio entre los árboles. Se sentó bajo uno de ellos, que le profirió amigable el cobijo de su sombra. Desganado, empezó por sacudir con lentitud de su cara y manos la arena y sal que sobre ellas moraban, hacía largo tiempo, incomodándole. Miró luego lo que quedaba de su vestimenta: prendidas a sus pies seguían todavía las sandalias, exhibiendo las heridas de algunas tiras cortadas, los igualmente negros pantalones, que le cubrían las piernas hasta pasar un poco las rodillas, permanecían también consigo, algo rasgados en sus extremos, pero aún así persistentes, ayudados por ligero cinturón de cuero en su cintura. Irrecuperable resultaba, sin embargo, la blanca camisa; había sido descosida a la mitad, al parecer, por un clavo del madero, que además en el torso le dejó una lastimadura; se extendía la misma desde el corazón hasta los intestinos, mas por fortuna ya no sangraba. Se acarició levemente la magulladura, esperando ingenuamente acallar el dolor con la suave fricción de la yema de sus largos dedos, y apretó, con resignación, su ancla de la esperanza, una cruz de plata; magistral obra de artesanía, bordeada de pequeñas perlas y coronada con un gran rubí, rojo cual sangre divina, en el centro, que colgaba de su cuello, atada a él con cordel hecho del mismo elegante metal.&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;Prosiguió, seguido de eso, a inhalar profundamente y emprender, una vez más, la trabajosa tarea de erigirse. Tragaba, entretanto, una pastosa mezcla de tierra, saliva y sal, que le raspaba la boca como cristal cortado. Pasó cojeando entre el laberinto de palmeras, en búsqueda de agua dulce, para aplacar el incendio en su garganta; algo filoso, que le diera acceso a los manjares encerrados en la multitud de cocos dispersos por la playa; o algún lugareño, humano o animal, a penas le importaba ya, que atenuara en alguna medida la soledad de su desgracia, y la angustia que, poco a poco, comenzaba a florecer en su alma.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"  style="text-align: justify;font-family:georgia;"&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Varias horas escudriñó entre las incontables columnas de madera de aquél palacio natural, sin satisfacción alguna de sus vitales anhelos, incluso hasta que llegó al otro lado del bosque, visualizando con desilusión, al salir de entre los árboles, otros quinientos metros de médanos de harina que se extendían frente a sí, hasta rendirse ante el agua del vasto océano, que, celeste y transparente de cerca, verde y oscura más lejos, cubría la distancia hasta donde llegaba la vista, y todavía infinita más, según sospechaba con desazón el corazón abatido del náufrago. Mientras recorría con la mirada la desolada línea costera de aquella cara de la isla, vislumbró hacia el oeste unas grises y negras rocas, camufladas entre la vegetación. Batallando contra el dolor en su pierna, se dirigió en esa dirección y, al acercarse, contempló, con extrañada alegría, que agua de lluvia se acumulaba entre algunas hendijas y desniveles de las piedras, apareciéndosele aquella sencilla fuente natural más bella que cualquier obra de excéntrica arquitectura que hubiera podido construir el hombre. Ciego de sed e ímpetu se apresuró a su encuentro, mas tropezó, antes de que sus labios pudieran probar una gota del deseado elixir, con una gruesa raíz que en la tierra yacía escondida, imperceptible, como una serpiente que lo acechaba, y cayó de lleno al suelo, estrellando duramente la cabeza contra una pequeña roca que sobresalía de la arena. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"  style="text-align: justify;font-family:georgia;"&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Recuperó la conciencia horas después; inmóvil permanecía recostado de cara al océano, en el que progresivamente se iba sumergiendo el sol, dejando en el cielo estelas violáceas y rojizas; un incendio multicolor que invocaba a las estrellas. Y a medida que éstas fueron haciéndose presentes, el plácido sabor de aquél cuadro taciturno fue abandonando el corazón del marino, y empezó a llenarse de las voces del sufrimiento, emanadas desde su maltrecho cuerpo, en especial su cabeza, de la que, agrietada como la proa de su embarcación al embestir el arrecife, manaba un riachuelo de sangre carmesí, que parecía continuar una de las venas de aquél ocaso. No pudiendo por más tiempo ignorar tales alaridos somáticos, comenzó a incorporarse, luchando contra el vértigo y el temor, que el cercano anochecer le infundía. Se ocupó presuroso de saciar, esta vez con relativo éxito, su sed, lamiendo y absorbiendo el agua que atesoraban recelosas las rocas. Siguió camino entre ellas posteriormente, buscando, de la oscuridad que le cazaba, un refugio. Harto difícil le resultó la empresa, pues andaba ya casi a tientas, y solo consiguió asilarse entre un herrumbroso tronco derribado y el enorme peñasco que lo había amortiguado. Se acobijó únicamente con unas hojas de palmera demasiado delgadas, y solo entre ellas, verdín y algunos hongos, intentó encontrar un sueño esquivo, impedido por un frío viento que le helaba hasta los huesos, de a salvajes ráfagas intermitentes, y el cosquilleo de multiformes insectos que recorrían su piel, como si ya no fuera su cuerpo otra cosa que una extensión del pútrido catre de madera sobre el que yacía. Lo asaltaron también, intensas como en aquella ocasión, las imágenes del naufragio; y, junto con los malestares en su cuerpo, no cesaron de aquejarle, hasta que comenzó a quebrar el alba, y así, cuanto la luz se elevaba desterrando a la noche, se atenuaban en algo sus pesares, lo suficiente como para permitirle por unos momentos conciliar el apacible dormir. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"  style="text-align: justify;font-family:georgia;"&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Se encendió su alma al compás del dolor y la amargura, que en perfecta sincronía llegaron a acompañar su entrada en la vigilia. Bebió de nuevo algo del agua entre las rocas, e intentó infructuosamente abrir un coco golpeándolo contra ellas, queriendo acallar la orquesta de su hambriento estómago, que hacía días no probaba bocado. Frustrado, salió luego en busca de un lugar que le sirviera de mejor hospedaje las venideras madrugadas. Mientras recorría secciones desconocidas, aunque no muy lejanas de la isla -su condición le impedía andar con demasiada presteza-, no podía evitar rascarse la herida, que exhibía del lado derecho de la cabeza; cosa que le provocaba sumo displacer, mas la picazón le resultaba tortura igualmente insoportable. Arribó, andados unos pocos kilómetros, al umbral de una suerte de cueva, que perforaba en una pequeña montaña rodeada por el bosque. Se adentró en ella y percibió que constaba de no más que unos treinta metros de extensión. Contra algunas de sus paredes se apilaban pequeñas rocas, algunas de las cuales le parecieron viables para procurarse algo de alimento. Alegre y en más calma, las tomó y dejó separadas, junto a sí. Se recostó, posteriormente, y cedió, en un suspiro eterno, el resto del día al sueño. No mucho después, sin embargo, abrió los ojos asustado, por los sonidos de una fuerte tormenta que se desataba en el exterior, y hacía eco dentro de su improvisada hostería. Al mirar hacia la entrada de la misma, notó que ya era plena la noche, y solo los relámpagos y algunos difusos rayos de luna tenían la valía de interrumpir la oscuridad. Decidió, por tanto, reprimir su deseo de huir, y permaneció allí, procurando reencontrar el descanso, que llegó al cabo de unas horas, transcurridas oyendo las cíclicas goteras de su fría morada. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"  style="text-align: justify;font-family:georgia;"&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Se levantó ya entrada la mañana, atribulado por unos fuertes escalofríos y el insidioso latir de la herida en su cabeza; a cada hora le resultaba más perturbadora, como un ácido que lentamente y de continuo le iba corroyendo la carne. Capturaron su atención los pequeños estanques, que se habían formado en el suelo durante la tempestad, y con brusquedad los consumió hasta la última gota. Tomó después la roca que le pareció asemejarse más a una brillante daga, y, con ella en mano, se dirigió presuroso hacia la arboleda, donde habitaban indefensas sus peludas víctimas. Pudo, por fortuna, esta vez, abrir al medio los cocos, y vorazmente se alimentó de la pulpa en sus entrañas; un frugal almuerzo que le supo a banquete de nobles.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"  style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;font-family:georgia;"&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;Dos días más transcurrió así, con la mente funcionándole torpe y desmembrada, &lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;en un continuo estado oniroide; nutriéndose de las miserias de la lluvia y las migajas de los árboles; amarrándose a la cordura con la frenética búsqueda de compañía, que no encontraba más que en el vaivén de las hojas y las olas al ritmo de las corrientes. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"  style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;font-family:georgia;"&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;Silenciado ya su estómago, un caluroso mediodía, pasó a cavilar sobre su destino, y los avatares que el mar traería a sus despertares, si es que alguno le restaba. Le costaba concentrarse, de continuo era distraído por el susurro de las plantas y el aire bordeando sus contornos. Sin percatarse, hipnotizado por el ensueño que le había apresado, mientras imaginaba escapes fantásticos y auxilios divinos, se enterró las mugrientas uñas en la cabeza, con intención de rascarse, mas barrió justo sobre la sección infecta, a lo que una puntada lo dejó petrificado de dolor. Se encogió sobre sí en el suelo, abrazándose con desmedida fuerza las rodillas, intentando aligerar el tormento que le convulsionaba, pero se intensificó éste al contemplar los dedos cubiertos de viscosa masa negra, símil al caviar, mezclada con pus, polvo y algunos cobrizos cabellos. Profundamente alterado, se incorporó de un salto y corrió hacia acostumbrado amparo, donde intentó atrapar el reflejo de la herida en algún charco, pero, casi privados de luz, ninguno le retornaba más que difusas imágenes de su desalineada melena y una incipiente barba. Se encargaron, sin demora, de llenar aquél vacío sus pensamientos, que espejaban trozos putrefactos de fruta y carne, en los que se gestaban larvas y huevos de millares de moscas, arañas, cucarachas, escarabajos y cuanta repulsiva sabandija hubiera visto alguna vez en su vida. Turbado, se sentó contra la pared más lejana de la opaca habitación y, con los párpados apretados y el cuerpo tiritando, se ocupó, forzadamente, en más felices paisajes, hasta que expulsaron los oscuros temores y cedió terreno su hollinada conciencia al dormir. Profundo fue, durante aquellas horas, su sueño, avivado por la fiebre y el debilitamiento general de su ser; prosiguió hasta que empezó a sentir de su cabeza escapar a borbotones una suerte de espeso alquitrán, que le descendía, pestilente, por la cara; la inseguridad empezaba velozmente a acrecentarse. Súbitamente, entonces, escapó del mismo lugar, ágil, una delgada silueta humanoide, y comenzó, pronta, a alejarse de allí. Abrió entonces sobresaltado los ojos el náufrago y le preció verla desaparecer, a la vuelta de la entrada a la montaña, como la sombra se desvanece al encender una vela. Respiraba con agitación y se encontraba bañado en sudor, su corazón latía a ritmo irregular y acelerado. Conquistó un poco de paz atribuyendo tales quimeras a la pesadilla, y se levantó. Afuera nacía la mañana, y la fresca brisa que recorría la isla le tranquilizó aún más. Se dedicó a caminar a lo largo de la ruta que marcaba el agua sobre la playa, mientras contemplaba, sumido en la nostalgia, al sol elevarse, desde el oriente, por sobre un vasto grupo de nubes pálidas, que concentradas alrededor suyo, como altares celestiales, magnificaban la deslumbrante ascensión.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"  style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;font-family:georgia;"&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;Lo distrajo, horas más tarde, una risa femenina, que provenía, macabra, desde los desolados senderos del bosque. Se adentró, temerario, buscando el origen de los sonidos; ya nada tenía que perder. Andaba sigiloso, oteando en toda dirección. El silencio gobernaba el lugar, solo interrumpido por el susurro lejano del océano. De repente, en un movimiento impredecible, una mano se posó sobre su hombro, dejándolo congelado de miedo. Antes de que pudiera voltear, escuchó de nuevo las perseguidas carcajadas, esta vez acariciándole la espalda, que le inundaron de tristeza. Al girar, finalmente, vio a una joven de largos cabellos, negros como el carbón, que le cubrían los pechos, pero que, por lo demás, se hallaba desnuda. Le devolvió tan preciosa figura el alma al cuerpo y, con todos los pesares alivianados, se precipitó en articular palabra, por vez primera en días.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"  style="margin-left: 53.4pt; text-align: justify; text-indent: -18pt;font-family:georgia;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;-&lt;span style=""&gt;         &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;¿Quién eres, niña? - preguntó tímidamente, sonrojado y algo desconfiado todavía.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"  style="text-align: justify;font-family:georgia;"&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;La mujer, de piel clara como la espuma del mar, y unas dos décadas o menos de edad, lo miraba sonriente, con expresión de curiosidad infantil, pero sin emitir palabra alguna.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"  style="margin-left: 53.4pt; text-align: justify; text-indent: -18pt;font-family:georgia;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;-&lt;span style=""&gt;         &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;Mi nombre es An... - le costaba rememorarlo - André, capitán... - se mordió la lengua -, es decir, antiguo capitán, del San Rafael, galeón de la flota portuguesa - anunció el marino, al tiempo que le tendía la mano -. Es un placer conocerte - prosiguió enseguida - ¿Cómo te llamas? ¿Qué haces así, como Dios te trajo a la tierra, en esta isla, perdida en lo recóndito de los mares? &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"  style="text-align: justify;font-family:georgia;"&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;Pero, de nuevo, no hubo respuesta, e iba el deteriorado guerrero comenzando a impacientarse: su pie golpeteaba contra la arena y su rostro demandaba respuestas, con semblante enfadado, detrás del cual se escondía el angustioso deseo de escuchar la voz humana una vez más. Al verle exasperarse, la muchacha retrocedió unos pasos, con graciosa indiferencia, y sentó su esbelto cuerpo en el suelo. Sonidos empezaron a brotar de su boca, mas no eran inteligibles, parecían pertenecer al dialecto primal de las bestias. Si bien carente de significado verbal, una aguda pieza musical empezó a germinar, y se coló diligente en los oídos del capitán, que, ingenuos, e impotentes ante su belleza, la acogieron. De inmediato se encontró apresado por la apatía, derramando lágrimas como un río; un himno fúnebre que en breves segundos lo dejó derribado, de cara al verde entramado de follaje, que se entretejía sobre él, con el corazón latiendo aletargado; se encontraba su cuerpo despojado de anhelo vital, y sucumbió su alma al desmayo, como otrora lo hicieron sus camaradas al ahogo.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"  style="text-align: justify;font-family:georgia;"&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Cuando abrió los ojos, pasado algún tiempo, percibió, con desilusión, que, de nuevo, se encontraba a solas. Enseguida empezaron a derretirse los restos de serenidad que la sepulcral sonata había dejado en su alma, evanescidos por la irracionalidad de los sucesos. Volvieron a conquistarle la jaqueca y las monstruosas fantasías, de las que había escapado durante algunos piadosos momentos. Se incorporó y, rojo de furia, entró a correr, sin rumbo previsto, entre las palmeras. A cada instante se iba hinchando de incomprensión e ira, dando saltos y tironeándose los dorados cabellos, deseando haberse rendido a la muerte noches atrás en el mar, intentando inyectar algo de lógica en el desquicio que le velaba. Todo a la vez y todo en vano, hasta que finalmente cedió su cerebro ante la ataxia y cayó inconciente al suelo; un arroyo sangriento nacía de su oído izquierdo, ceniza de la feroz lucha que se había desatado en su interior.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"  style="text-align: justify;font-family:georgia;"&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Estuvo deambulando errante por varias horas; extraviado entre la niebla de un sueño comatoso que le poseyó el alma; durante el cual sintió parir, a través su oreja ensangrentada, otro difuso esbozo humano, que le abandonó presuroso, escabulléndose entre las hojas. Otra vez se encontró gélido de temor, con la espalda fría y empapada de transpiración; una angustia que le inundaba la mente de a oleadas, como el mar iba conquistando a la playa con el subir de la marea. El corazón alborotado y la respiración entre cortada; el pánico avasallando a la cordura. No más efecto opiáceo surtieron los tímidos pensamientos, deseos de recurrir al sinsentido onírico para explicar lo sucedido; desestimados fueron de inmediato, exiliados por la abrumadora sensación de no poder ya distinguir las ideas de la realidad, de no recordar la calma y de no poseer la fortaleza necesaria para continuar sopesando el caos. Y justo entonces, como el rayo corta con la oscuridad, una voz asesinó al silencio, serenando al agitado marino, que se encontraba en el umbral mismo de la locura.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"  style="margin-left: 53.4pt; text-align: justify; text-indent: -18pt;font-family:georgia;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;-&lt;span style=""&gt;         &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;No es todavía el momento de ceder - se escuchó de entre las ramas.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"  style="text-align: justify;font-family:georgia;"&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;Curioso, el capitán empezó a observar en todas direcciones, buscando el origen de la aguda voz, infundido de una tranquilidad sobrenatural. Finalmente, una mujer con cabellos teñidos de vino tinto, largos hasta los muslos, se alzó ante su vista de entre los troncos, voluptuosa y sin ropas, luciendo brillantes ojos color miel. Empezó a acercarse a él, con gracioso y seguro andar, que lo dejaba inmóvil, pese a la desconfianza que ya todo fenómeno le suscitaba.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"  style="margin-left: 53.4pt; text-align: justify; text-indent: -18pt;font-family:georgia;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;-&lt;span style=""&gt;         &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;Escasos momentos hace que has engendrado a tus hijas... ¿y ya estabas pronto a abandonarlas? - le dijo sonriente, al tiempo que acariciaba su mejilla con ternura.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"  style="margin-left: 53.4pt; text-align: justify; text-indent: -18pt;font-family:georgia;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;-&lt;span style=""&gt;         &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;Mis... ¿hijas? Es que yo no... no entiendo de qué me hablas... ¿te refieres a ti y a la otra... muda... blanca... tu hermana? - contestó el marino, al tiempo que se sumergía en una profunda reflexión.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"  style="margin-left: 53.4pt; text-align: justify; text-indent: -18pt;font-family:georgia;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;-&lt;span style=""&gt;         &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;Sí, ella y yo, yo y ella... nacimos de ti... a quien primero conociste es la mezcla de tu aflicción y tus dotes para el arte... desgraciadamente, dicho encanto tiene su precio... carece de capacidad para el habla. Es esa, por contraparte, mi esencia, pues soy producto de tu habilidad verbal y tu esperanza, mas no me desenvuelvo bien en sus dominios, me son completamente extraños, incomprensibles... ajenos. En fin, nacimos de ti, por ende, somos tus hijas - explicó la delgada joven pelirroja.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"  style="margin-left: 53.4pt; text-align: justify; text-indent: -18pt;font-family:georgia;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;-&lt;span style=""&gt;         &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;Quisiera comprender... hi...ja - dijo dubitativo - pero no vislumbro más que sueños; si la vida es más que un sueño, ya no sé lo que es la vida... hija... me estalla la cabeza... necesito alivio... si no es que la guadaña de la muerte me ha alcanzado sin enterarme, y me encuentro ya flagrando entre las llamas del infierno.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"  style="margin-left: 53.4pt; text-align: justify; text-indent: -18pt;font-family:georgia;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;-&lt;span style=""&gt;         &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;Entiendo que es sádico e inútil retenerte, mas déjame entregarte un obsequio, antes de partir, en retribución por abrirnos las puertas de la existencia. Será una memoria que guardes el resto de la eternidad, puedo asegurártelo, vale tolerar el más inclemente castigo, empeñar el diamante más perfecto y resignar el más apasionado beso, que engendra un amor atemporal. No puedo concedértelo a solas, sin embargo. Es preciso que mi hermana me acompañe, al igual que en el inicio, volveremos a ser una y perfecta... como la vida, nos separamos y diversificamos, para ti, retornaremos al principio, y contemplarás lo sublime - afirmó llena de resolución, y comenzó a alejarse hacia el bosque.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"  style="margin-left: 53.4pt; text-align: justify; text-indent: -18pt;font-family:georgia;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;-&lt;span style=""&gt;         &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;¡No me abandones, oh hija! - gritó el náufrago, al tiempo que caía, desilusionado, de rodillas sobre la arena.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"  style="text-align: justify;font-family:georgia;"&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;Se llevó las manos a la cara y rompió en llanto; cada metro que ella se distanciaba&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;le abandonaba un poco esa paz artificial, tan gustosamente devorada momentos atrás, y le inundaba la discordia. No pudiendo ya guerrear, por más tiempo, contra la situación, se entregó de nuevo a Cristo, apretándose la cruz contra el pecho, con intensidad tal que parecía apuñalarse el corazón, y en su mente repitiendo oraciones fugaces. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"  style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;font-family:georgia;"&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;Emisarias de la muerte llegaron, pasado el tiempo, las dos muchachas a su lado, caminando en sincrónica armonía, como si fueran dos engranes del reloj de la vida. Le encontraron agonizando de cara al cielo; las lágrimas habían cesado, dejando a su paso áridas rutas transparentes, que atravesaban las asoleadas mejillas, hasta disolverse entre los espesos matorrales de su barba castaña. Tenía la mirada perdida, impasible, fija en todo y nada simultáneamente; ante ella se desenvolvía, tarda, la marcha de las nubes. Parecía el juicio haberse extinguido en el alma del marino, que ya solo esperaba el llamado divino, mas se reavivó brevemente, al eclipsársele el sol, por dos rostros, radiantes de hermosura y vitalidad juvenil, que se introdujeron osados en su campo visual, como niños sedientos de aventura en tierra prohibida.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"  style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;font-family:georgia;"&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;Le ayudaron a incorporarse, jalando levemente de sus brazos. Titiriteras de su destino, lo arrastraron hasta la frontera entre la playa y el bosque, y lo dejaron sentado contra una enorme palmera, que hizo las veces de palco. Elevó de a poco la vista, a lo que el majestuoso trasfondo aguamarina iba dominando el panorama; con cada venir de las olas se desvanecía un poco más su espíritu, en la estela de la muerte, que flotaba pesada, intoxicando el aire de la isla.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"  style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;font-family:georgia;"&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;Se alejaron unos metros de él las impúdicas mujeres, deteniéndose al sentir arena mojada, que envolvía con delicadeza sus tercios pies, blancos como la nieve y suaves como las plumas. Se tomaron luego de las manos y comenzaron un ritual que llevaban inscrito inconfundible, grabado con cincel en el mármol de sus almas. Se fundían una melodía y un murmullo tenues, acompañados de una danza, en principio tímida, que se acrecentaba con pasión, como las tormentosas nubes en el cielo se iban congregando, privando al sol del conmovedor espectáculo, que con ardiente deseo se resistía. Se desencadenó un torbellino de sensaciones, que desató mar adentro un violento tifón; de las alturas relámpagos y truenos escapaban numerosos, incontables, coloreando de a pinceladas desgarradoras el cielo, ahora negro, y masacrando al silencio. El viento golpeó con igual ímpetu la cara del náufrago, casi arrancándole los cabellos y forzándolo a entrecerrar los ojos, a lo que se negaba con fiereza, procurando con testaruda decisión seguir contemplando aquella cromática explosión del clima. Mientras era sujetado por la corriente contra el tronco del árbol, empezó a escuchar el canto que viajaba ligero en el aire, y se desprendía de su silbido, susurrándole con afilada sinceridad: &lt;&lt;&lt;i style=""&gt;No prosigas intentando evadir la suerte,&lt;/i&gt; &lt;i style=""&gt;que a tus oídos llega afable,&lt;/i&gt; a&lt;i style=""&gt;nunciando la caricia de la muerte inevitable&gt;&gt; &lt;/i&gt;Al encuentro con tales palabras su corazón se detuvo por completo; pareció hacerlo también el mar, e igualmente cedió la tempestad; se congeló el tiempo expectante, y solo quedó un soplo delicioso que iba inflando más y más el corazón del capitán. &lt;&lt;&lt;i style=""&gt;No reniegues de tu destino, joven te atrapa, pero rico te sobrevino; si llegara a tus pies, de aquí a muchos años, no tendrías eternidad suficiente, para encontrar doblón más reluciente, que este sol de atardecer&gt;&gt; &lt;/i&gt;Y al oír la última letra, estalló finalmente, exuberante de belleza; una compasiva sentencia que le condenó pacíficamente. Extraviado de dolor se desplomó por última vez, dejando caer los brazos y los párpados, en una exhalación interminable; paradójica mezcla de resignación, calma y maravilla.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"  style="text-align: justify;font-family:georgia;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;span style="" lang="ES-AR"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"  style="text-align: justify;font-family:georgia;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;span style="" lang="ES-AR"&gt;&lt;span style="color: #ff8080;"&gt;II&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"  style="text-align: justify;font-family:georgia;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;span style="" lang="ES-AR"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"  style="margin-left: 53.4pt; text-align: justify; text-indent: -18pt;font-family:georgia;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;-&lt;span style=""&gt;         &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;¡Tierra a la vista! - gritó eufórico un marinero; se encontraba apostado sobre la proa de una fragata, recorriendo la línea del horizonte con un rústico catalejo.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"  style="text-align: justify;font-family:georgia;"&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;De inmediato la voz se esparció por la cubierta, hasta llegar a oídos del capitán, que estaba absorto en sus pensamientos, a unos pasos del timón. Enseguida volvió a la realidad, y comprobó por sí mismo la versión: el contorno de una isla se dibujaba al noroeste de su ubicación actual. Al instante ordenó que se dirigiera la nave en esa dirección, y a la tripulación que se preparara para desembarcar.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"  style="margin-left: 53.4pt; text-align: justify; text-indent: -18pt;font-family:georgia;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;-&lt;span style=""&gt;         &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;¿Cree que encontremos algún rastro de la tripulación del San Rafael en esa isla, capitán? - preguntó el suboficial.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"  style="margin-left: 53.4pt; text-align: justify; text-indent: -18pt;font-family:georgia;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;-&lt;span style=""&gt;         &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;No puedo saberlo con certeza, sin embargo, espero que así sea, no tenemos provisiones para continuar la búsqueda, fuera de nuestra ruta original, por mucho más. Si pronto no hallamos alguna noticia del galeón, tendremos que emprender el retorno, reabastecernos y aguardar nuevas órdenes - respondió éste, con un aire de hastío en la voz.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"  style="margin-left: 53.4pt; text-align: justify; text-indent: -18pt;font-family:georgia;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;-&lt;span style=""&gt;         &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;¡Dios nos guíe hacia ellos! Su Majestad seguramente nos recompensará si somos nosotros quienes localizamos al glorioso buque perdido... es una pieza esencial de la flota... moral y tácticamente - pensaba en voz alta, esperanzado, el subordinado.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"  style="text-align: justify;font-family:georgia;"&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;Luego de la breve conversación, se dirigió a su cabina el comandante y revisó los mapas y las cartas de navegación, en busca de la isla, pero, para su sorpresa, no aparecía registrada. Pasadas algunas horas, fondearon cerca de la costa, y descendió él junto a cuatro marineros, en un bote de remos, para hacer un primer reconocimiento del territorio durante la mañana. Un aire de incertidumbre corría entre la tripulación: se habían formado variopintas leyendas en derredor de los sucesos que resultaron en la pérdida del San Rafael, meses atrás. Algunos rumoreaban que había sido hundido por barcos holandeses en el atlántico, otros, que su capitán había enloquecido y escapado con la nave, tornándose a la piratería y traicionando al imperio. Sea como fuere, no se conocía una versión oficial, y todavía se destinaban tiempo y hombres en su búsqueda.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"  style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;font-family:georgia;"&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;Al descender en la playa, comenzó a soplar un fuerte viento desde el oeste, que casi le voló el sombrero al capitán. Se encontró con renovado valor al sentir aquella brisa sobre el rostro, y su deseo de explorar aplacó las molestias que la expedición implicaba y la desmoralizante superstición de los marineros, que cubría la nave desde que se conocían las órdenes, como una aureola fantasmal. Mandó a sus subalternos, que se mostraban igualmente exaltados, encender una fogata y comenzar a elevar unas tiendas, en cuanto el viento amainara un poco. Asimismo, les prohibió alejarse de la costa. Se encaminó luego hacia el bosque, que se erigía en los interiores de la isla, solo, deseoso de retar cualquier peligro que pudiera presentársele, con sable en una mano y pistola en la otra.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"  style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;font-family:georgia;"&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;Caminó largo rato con entusiasmo, atento a todos los sonidos y desafiante ante todas las sombras, que jugaban a las escondidas entre las plantas. En un momento cayó un coco, como una bala de cañón, cerca de él, pero, por suerte, no llegó a golpearlo, y solo consiguió arrebatarle un sobresalto. Miró asustado en todas direcciones y un haz de luz le dio justo en la cara, cegándolo por unos segundos. Se cubrió con la manga de la chaqueta y se dirigió en busca de la fuente del reflejo, todavía más precavido; intermitentemente, el viento soplaba ahora también desde el este. Encontró, entre unos arbustos, sobre la base de un gran tronco, cerca de otra apertura a la costa, un esqueleto que, cubierto con algunos harapos, dormía inmutable, ya casi asimilado por el terreno. Lo contemplaba el capitán desconcertado, y se acercaba despacio, apuntando al azar hacia todas partes con su arma. A medida que lo hacía, observó que del cuello del cadáver colgaba una preciosa cruz plateada, desde donde se disparaba el rayo solar que lo turbara momentos atrás; la reconoció de inmediato como perteneciente a su colega perdido. Esbozó una profunda sonrisa y quitó la joya del muerto, ayudándose con el sable.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"  style="margin-left: 53.4pt; text-align: justify; text-indent: -18pt;font-family:georgia;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;-&lt;span style=""&gt;         &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;La corona te favoreció con el mando de una embarcación sin par, aunque muy por encima de tus méritos estaba, solamente por el origen de tu cuna. A mí me correspondía ese honor, desde el adiestramiento demostré tener más cualidades, así también lo hice en batalla. Ya vemos, sin embargo, que el azul de la sangre no es suficiente para salirse impune con la injusticia por mucho tiempo. Dios te ha dado la muerte, quizá para ella sí eras ya digno. Me alegra haber sido yo quien te encontrara, ser yo quien tenga la seguridad de que no ostentarás vanagloria, soberbia, tripulación... tumba digna siquiera - dijo satisfecho, con renovado aire, mientras enterraba los huesos, que lo miraban con escalofriante pasividad.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"  style="text-align: justify;font-family:georgia;"&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;Empezó después a alejarse, a lo que el viento pasaba a provenir, conservando la intensidad, enteramente desde el oriente, azotándole por la espalda mientras regresaba al campamento. Con el cambio en la corriente de aire se modificó también su ánimo; pasó, con extraña rapidez, de estar feliz y conforme a triste y desconsolado. Pensaba ahora que no era culpa de su antiguo compañero el lugar de su nacimiento, tampoco lo eran las decisiones de la corona, con seguridad que no. Comenzaron a pesarle tanto las piernas que tuvo que sentarse unos minutos a descansar, esforzándose por contener las lágrimas, que, con extraña destreza -no era un hombre habituado al llanto-, huían de sus ojos. Llegó al lugar del desembarque cerca del anochecer. Allí, sus hombres no solo no habían encendido el fuego o levantado una tienda, sino que estaban próximos a partir hacia la fragata, abandonándolo. Al verlo se les llenó el corazón todavía más de miedo, e intentaron aparentar que no estaban preparándose para dejar la isla, soltando uno los remos y sentándose y pretendiendo conversar los otros.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"  style="margin-left: 53.4pt; text-align: justify; text-indent: -18pt;font-family:georgia;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;-&lt;span style=""&gt;         &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;¡Hemos de partir de inmediato! ¡Al bote! ¡Hombres, si es que aprecian su vida, procurarán que estemos sobre la cubierta de &lt;st1:personname productid="la Joana" st="on"&gt;la Joana&lt;/st1:personname&gt; antes de que caiga el sol! - gritaba él mientras se acercaba a ellos velozmente, blandiendo la espada al aire, víctima también del mismo terror.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"  style="margin-left: 53.4pt; text-align: justify; text-indent: -18pt;font-family:georgia;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;-&lt;span style=""&gt;         &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;¡A la orden, capitán! - respondieron las cuatro graves voces al unísono.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"  style="text-align: justify;font-family:georgia;"&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;Presurosamente subieron todos al bote, abandonando por la prisa las tiendas a medio armar, y comenzaron a remar hacia la fragata los marineros, con un vigor que el capitán hubiera deseado poder obtener de ellos en muchas contiendas pasadas. De haber tenido un remo más, él mismo se hubiera unido a ellos, pero no habiendo excedentes, se limitó a aferrarse con fuerza a la cruz, que llevaba ahora en el bolsillo del blanco pantalón. &lt;&lt;ese&gt;&lt;ese&gt;Ese lugar está embrujado.&gt;, &lt;&lt;&lt;la&gt;La sangre me ha quedado helada, los muertos han de habitar allí.&gt;&gt;, &lt;&lt;desde&gt;Desde que abandonamos el hogar no he tenido un buen presentimiento.&gt;&gt;,  &lt;&lt;por&gt;&lt;por&gt;Por alguna razón este condenado trozo de tierra no aparece en los mapas, han de haberlo borrado a propósito, para prevenir a futuros cristianos del peligro que allí acecha.&gt; decían los marinos mientras acortaban la distancia con su santuario flotante. Solo el capitán permaneció mudo, procurando mostrar entereza ante sus hombres, rezando en silencio todo el camino.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/por&gt;&lt;/por&gt;&lt;/desde&gt;&lt;/la&gt;&lt;/ese&gt;&lt;/ese&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"  style="margin-left: 53.4pt; text-align: justify; text-indent: -18pt;font-family:georgia;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;-&lt;span style=""&gt;         &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;¡Zarpamos de inmediato! ¡Sin demoras, volvemos a casa! - dijo a los oficiales, a penas hubo puesto un pie sobre su barco.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"  style="text-align: justify;font-family:georgia;"&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;Todos lo miraron confundidos, pero obedecieron sin vacilar, y comenzaron a levar anclas. Entretanto, él se abrió camino, procurando camuflar el paso trémulo, hasta su cabina, donde se arrojó sobre una silla. Acto seguido tomó una jarra de vino y se sirvió hasta rebalsar una copa; la bebió de un solo trago, como si hubiera estado vagando por el caluroso desierto varios días sin líquido. Antes de que pudiera hacerlo de nuevo, notó que el suboficial estaba en el umbral de la puerta, mirándolo con inquisitiva curiosidad, pero temeroso de hablar.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"  style="margin-left: 53.4pt; text-align: justify; text-indent: -18pt;font-family:georgia;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;-&lt;span style=""&gt;         &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;¿Ca... Capitán... qué... qué sucedió? ¿Alguna noticia del San Rafael y sus tripulantes? ¿Por qué nos retiramos tan pronto? - se atrevió a decir finalmente, intentando compensar con volumen la inseguridad en su voz.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"  style="text-align: justify;font-family:georgia;"&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;Tardó algunos minutos en llegar la respuesta; se encontraba reflexivo el comandante, acariciando las gemas de la cruz.&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"  style="margin-left: 53.4pt; text-align: justify; text-indent: -18pt;font-family:georgia;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;-&lt;span style=""&gt;         &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;No hay señales de vida, el lugar parece estar desértico... no necesitamos perder más tiempo aquí. Los hombres están asustados, no vale la pena el riesgo. Regresaremos mejor preparados, en otro momento... si tal deber nos es encomendado. Por lo pronto, alégrate, volvemos a Lisboa... y no con las manos vacías, hoy hemos logrado lo que pocos hombres: incrementamos la extensión de nuestra gloriosa nación. Hoy hemos descubierto... - pensó unos segundos - &lt;st1:personname productid="la Isla" st="on"&gt;la Isla&lt;/st1:personname&gt; de las Sirenas. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3880616522026186326-2873932874954206494?l=wickedlore.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://wickedlore.blogspot.com/feeds/2873932874954206494/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://wickedlore.blogspot.com/2009/09/la-isla-de-las-sirenas.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3880616522026186326/posts/default/2873932874954206494'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3880616522026186326/posts/default/2873932874954206494'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://wickedlore.blogspot.com/2009/09/la-isla-de-las-sirenas.html' title='La Isla de las Sirenas'/><author><name>Leander</name><uri>http://www.blogger.com/profile/10838958512352319107</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='27' height='32' src='http://www.chrisabraham.com/knights-templar.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3880616522026186326.post-5666854468173188460</id><published>2009-05-11T00:34:00.005-03:00</published><updated>2009-08-04T10:25:13.811-03:00</updated><title type='text'>Un enigma insalvable</title><content type='html'>&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;o:smarttagtype style="font-family: georgia;" namespaceuri="urn:schemas-microsoft-com:office:smarttags" name="PersonName"&gt;&lt;/o:smarttagtype&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[if gte mso 9]&gt;&lt;xml&gt;  &lt;w:worddocument&gt;   &lt;w:view&gt;Normal&lt;/w:View&gt;   &lt;w:zoom&gt;0&lt;/w:Zoom&gt;   &lt;w:hyphenationzone&gt;21&lt;/w:HyphenationZone&gt;   &lt;w:punctuationkerning/&gt;   &lt;w:validateagainstschemas/&gt;   &lt;w:saveifxmlinvalid&gt;false&lt;/w:SaveIfXMLInvalid&gt;   &lt;w:ignoremixedcontent&gt;false&lt;/w:IgnoreMixedContent&gt;   &lt;w:alwaysshowplaceholdertext&gt;false&lt;/w:AlwaysShowPlaceholderText&gt;   &lt;w:compatibility&gt;    &lt;w:breakwrappedtables/&gt;    &lt;w:snaptogridincell/&gt;    &lt;w:wraptextwithpunct/&gt;    &lt;w:useasianbreakrules/&gt;    &lt;w:dontgrowautofit/&gt;   &lt;/w:Compatibility&gt;   &lt;w:browserlevel&gt;MicrosoftInternetExplorer4&lt;/w:BrowserLevel&gt;  &lt;/w:WordDocument&gt; &lt;/xml&gt;&lt;![endif]--&gt;&lt;!--[if gte mso 9]&gt;&lt;xml&gt;  &lt;w:latentstyles deflockedstate="false" latentstylecount="156"&gt;  &lt;/w:LatentStyles&gt; &lt;/xml&gt;&lt;![endif]--&gt;&lt;!--[if !mso]&gt;&lt;object classid="clsid:38481807-CA0E-42D2-BF39-B33AF135CC4D" id="ieooui"&gt;&lt;/object&gt; &lt;style&gt; st1\:*{behavior:url(#ieooui) } &lt;/style&gt; &lt;![endif]--&gt;&lt;style&gt; &lt;!--  /* Style Definitions */  p.MsoNormal, li.MsoNormal, div.MsoNormal  {mso-style-parent:"";  margin:0cm;  margin-bottom:.0001pt;  mso-pagination:widow-orphan;  font-size:12.0pt;  font-family:"Times New Roman";  mso-fareast-font-family:"Times New Roman";} @page Section1  {size:595.3pt 841.9pt;  margin:70.85pt 3.0cm 70.85pt 3.0cm;  mso-header-margin:35.4pt;  mso-footer-margin:35.4pt;  mso-paper-source:0;} div.Section1  {page:Section1;} --&gt; &lt;/style&gt;&lt;!--[if gte mso 10]&gt; &lt;style&gt;  /* Style Definitions */  table.MsoNormalTable  {mso-style-name:"Tabla normal";  mso-tstyle-rowband-size:0;  mso-tstyle-colband-size:0;  mso-style-noshow:yes;  mso-style-parent:"";  mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt;  mso-para-margin:0cm;  mso-para-margin-bottom:.0001pt;  mso-pagination:widow-orphan;  font-size:10.0pt;  font-family:"Times New Roman";  mso-ansi-language:#0400;  mso-fareast-language:#0400;  mso-bidi-language:#0400;} &lt;/style&gt; &lt;![endif]--&gt;  &lt;p class="MsoNormal"  style="text-align: justify;font-family:georgia;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="" lang="ES-AR"&gt;Danzo entre sombras difusas, entumecido por el veneno que recorre mis venas, como la presa de una serpiente, me traslado torpe, chocando con el rechazo y la indiferencia de mis anhelos. Encuentro en mis bolsillos los restos materiales de lo que ahora es mi vida, que en absoluto me sacia, que siempre recurrentes me invaden impulsos coartados. Frenético oscilo entre mis razones y mis deseos, no pudiendo, al parecer, actuar según ninguna. Busco romances y hallo contingencias, persigo azar y retorna regularidad. Encarcelado estoy, entonces, entre pasiones insatisfechas, mas que todas me tironean con fuerza desmesurada e implacable, como atados a caballos inconciliables están mis miembros y ya siento no mucho más resistir mis tendones. Cuánto más me pregunto, cuánto más observándome acometer los designios de mi ambivalente voluntad por caminos errados, cuánto más encontrarme movilizado por un vendaval que a indeseados puertos me hace arribar. El frío de mis huesos es siempre la espada que pende amenazante sobre este ser idealmente irresoluto, amorfo y repugnante, recordándome a cada instante el invariable fracaso ante mí mismo y frente a todos. Quizá no importe si al dejar fluir en libertad las corrientes, tempestuosas o apacibles, cristalinas o impuras, de las infinitas venas del caudaloso río de mi espíritu, sin oponer dique, natural o artificial alguno; encuentro en mis pensares la dicha de mis intentos, del proyecto de mi vida, que al levantar cada pieza de arquitectura me retorna una sensación de sosiego innegable, a pesar de que a cada paso se destruye y recompone en una novedad la obra. Pienso que, a fin de cuentas, en estos tiempos se juzga a partir de los fines. Los resultados son la talla de las almas, me digo. Mas yo quiero siempre tener presente mi ineptitud, quiero siempre abrazar mis desatinos, quisiera, mejor dicho, quizá, dejar de flagelarme por ellos. Hay preguntas que siempre regresan todavía interrogantes, indiferentes a cuanto cavilar ocupo en ellas. Hay mandatos desiderativos que siempre encuentran el modo de mantenerse irresueltos. Siéntome en ocasiones como cortando cabezas a la hidra de Lerna. A cada una que cae me encuentro en júbilo y profundamente placentera sabe la batalla en sí, mas humanos son mis brazos y por tanto se fatigan, haciendo germinar en mi espíritu la prosecución de una solución definitiva. Desesperado, huyo corriendo de la ciénaga mientras abro, cubierto de tortuosa esperanza, puertas que dan a espacios llenos hasta el tope de vacío e incertidumbre. Lo caótico del escenario me resulta atemorizante, y la obra que en él se exhibe me repulsa hasta la náusea. Sin embargo interminable se proyecta ante mí, no puedo mover el cuello, encadenados están mis ojos a ese espectáculo vulgar. ¡Oh amor! ¿Por qué ahora llegas a mi lecho? ¿Es que acaso se me ha vuelto natural este habitáculo hediondo que contemplo? ¿Será ya que no ansío en verdad mirar en otra dirección? Dejar de ponerme a su lado querría y encontrarme de una vez en su ombligo, rodeado del cálido aire que genera la admiración, he de admitirme. Maldigo este placer herético que me llena de culpa. Miro a mis pies y en pánico me veo sobre la superficie de Un Mundo Feliz. No lo tolero, la angustia es demasiada, el placer me excede, la culpa me abruma, la alegría se me escapa, entre los dedos; como intentando asir con manos torpes arena blanca de la playa, infinita en extensión, que es la fuente de mi alma, me encuentro. Presurosa e incansablemente busco encontrar la risa ingenua, inocente y profunda del Lobo Estepario. ¡Y en qué maligna fantasía se me convierte ahora! Por ningún lado se me aparece aquella dichosa gracia y me siento traicionado, decepcionado, el cansancio me envuelve más a cada momento, como el capullo al gusano, me eclipsa al Sol progresivamente el tedio. Recuerdo escuchar de muchos sabios, rodeados del aura de magnánima nobleza y certidumbre, que solo puede irradiar quien porta &lt;st1:personname productid="la Verdad" st="on"&gt;la Verdad&lt;/st1:personname&gt;, que el motor del espíritu es ese resto infinito de la división del deseo por la acción para su satisfacción. Perversa y cruel se me aparece hoy dicha operación, que acontece constantemente, agrietándome cada vez más, como el Sol a tierra que no conoce el cosquilleo del agua. Me pregunto entonces por qué todavía perdura mi existencia, a qué maldita morbosidad divina puedo atribuir el hecho de que sigo indudablemente concatenando los hilos inmensurables que hay en mi cabeza. Se voltea la moneda, observo, asombrado -¡Eureka!-, a consecuencia de ese mágico cuestionamiento,&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;y veo, distorsionada en principio, la imagen que hace a la otra parte de este -ahora lo entiendo claramente- aparato masoquista que es mi alma. A borbotones comienzan a brotar, de las aberturas de mi psique, las imágenes felices del goce, que, en el fondo, es indisoluble en cualquier padecer, e inseparable de él, y colorean de alegría el lienzo de mi alma. Cuasi equilibrado me encuentro, otra vez entre miles, cerca del ansiado cero, ese nirvana que parece continuamente escapárseme por rutas entero diversas. Más tranquilo a partir de allí, me dedico, con indulgente condescendencia, a vislumbrar cuánta razón tenía Nietzsche, cuántos adjetivos me sobran para tratar de dibujar hábilmente el sufrimiento y que sería interesante leer algún escrito acerca del budismo y tal vez una que otra letra de Schopenhauer. Procuro aliviado emprender el retorno al hogar, mas el estupor y la sorpresa, desvergonzados, se hacen del centro justo de mi pensar, al percatarme de que mis pies se posan únicamente sobre el fino aire. Velozmente soy desterrado de mi absorte estado previo, en que tan temeraria e infantilmente me perdí, como siguiendo el aroma tóxico del canto de una sirena o como un pobre caballo que, con la visión sesgada, transita inadvertido de cuanto ocurre en gran porción del paisaje. Igual de inconsciente que un animal actué ciertamente, pues aterrorizado percibo que, sin desearlo -¡oh estúpido!-, hube caído en las enormes fauces del acantilado. La vista me deja atónito. Por vez primera me es introducida la calma -¡qué sublime satisfacción conocerla!-. Comprendo cuán vano es el diccionario conjunto de todas las lenguas de la humanidad para retratar siquiera la medida más ínfima de tiempo vital que pudieran el físico y el biólogo más sabios mesurar o imaginar. Evoco el abrazo de una mujer, acaso el único signo incompleto de paz que en alguna ocasión previa conocí. Ya llegan el mar y las rocas. Verdaderamente no he equivocado el sendero a casa.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3880616522026186326-5666854468173188460?l=wickedlore.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://wickedlore.blogspot.com/feeds/5666854468173188460/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://wickedlore.blogspot.com/2009/05/un-enigma-insalvable.html#comment-form' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3880616522026186326/posts/default/5666854468173188460'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3880616522026186326/posts/default/5666854468173188460'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://wickedlore.blogspot.com/2009/05/un-enigma-insalvable.html' title='Un enigma insalvable'/><author><name>Leander</name><uri>http://www.blogger.com/profile/10838958512352319107</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='27' height='32' src='http://www.chrisabraham.com/knights-templar.jpg'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3880616522026186326.post-3197850674359862041</id><published>2009-03-03T00:20:00.008-02:00</published><updated>2009-11-04T00:28:06.502-03:00</updated><title type='text'>La máquina del sueño</title><content type='html'>&lt;p  style="text-align: center; color: rgb(255, 255, 255);font-family:georgia;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="color: #ff8080; font-weight: bold;font-size:100%;" &gt;&lt;span&gt;PARTE I – Ascensión&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p  style="text-align: justify; color: rgb(255, 255, 255);font-family:georgia;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style=";font-family:georgia;font-size:100%;"  &gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/_gQl8ah8Tr5M/SayVVzqqwZI/AAAAAAAAABI/nEAjENN2Dfc/s1600-h/crovax,_ascendant_hero.jpg"&gt;&lt;span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;Desbocado corría un caballo en el seno de una estepa magullada por el Sol. Su jinete, falto de temor, no hacía más que contemplar la soledad que lo rodeaba y aferrarse con todas sus fuerzas a las riendas, que de tanta fricción le habían herido ya las manos, mas no la voluntad. Impredecible era el destino de su montura e inmensurable el terreno por atravesar, pero mejor se encontraba sobre aquél insolente animal, que a pie en tan inhóspita locación. Largo tiempo más galopó velozmente, tanto que se asemejaba más a una máquina que a un ser viviente, hasta que cerca de un grupo de arbustos y rocas empezó finalmente a detenerse el equino, para pastar o buscar agua tal vez. Desdichado fue, sin embargo, cuando mientras marchaba desganado una serpiente cruzó arrastrándose entre sus patas y fruto de la torpeza la pisó en la cola, a lo que ella le respondió apuñalándolo con los colmillos; una mordida más rápida de lo que le toma a un rayo desvanecerse en el cielo. Corcoveó entonces violentamente la bestia y arrojó lejos de sí a su pretendido comandante, que voló varios metros por sobre la maraña de plantas rudas, donde observó por un instante la lucha despiadada entre un escorpión y una tarántula, para terminar cayendo duramente sobre el suelo, suscitando nuevos gritos de hombres y bestias, que alimentaban su confusión. Se incorporó con lentitud, intentando aclarar mientras tanto la mente, y observó que había aterrizado sobre otro jinete, cuyo jamelgo le había hecho correr su misma desventura y yacía ahora inmóvil a unos pasos de distancia. Revivió plenamente su conciencia al ver otra víbora que ágilmente se aproximaba en esa dirección, perdiéndose por momentos entre las heridas del terreno y el polvo que el viento levantaba, pero antes de que pudiera reaccionar, para su fortuna, un águila disipó la amenaza con sus garras; y con ella, ahora presa muerta, se fue bajo el Sol refulgente volando, hasta perderse en el horizonte.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt; Habiendo recuperado, entonces, un poco más la calma, comenzó el muchacho a acomodarse toscamente los cabellos, de tinte azul, que contrastaban con el suelo y se fundían con el cielo; a sacudirse el polvo del negro traje que vestía y a acomodar los complejos dobleces de aquella extravagante pieza de costura. Infundido de una invariable analgesia general, se acercó, seguido de eso, a quien, envuelta en ropas y velo negros que no podían ya, pese a cubrirla enteramente, esconder las raíces de su género, permanecía inconsciente sobre el suelo. Avanzó a través de unos cacharros y los restos de una precaria fogata, que por el paraje estaban esparcidos, denotando que llevaba ya algún tiempo allí y que sola no se encontraba. Cuando estuvo a su lado, víctima de una curiosidad irreprimible, procedió a quitarle el velo, al tiempo exacto que abrió ella los ojos, como si le hubiera estado levantando los párpados mismos. Atónito quedó al contemplar el tesoro que acababa de descubrir y tuvo la sensación de que ni la esmeralda más preciosa, la hoja del árbol más antiguo en primavera o la pluma de un ave del paraíso podrían siquiera empezar a reflejar tenuemente el verde resplandor de aquellos ojos. Tal fue su efecto que cayó tumbado al suelo por el peso de la maravilla y el desconcierto que lo invadían y se le escapó de los labios, simplemente, ‘Gaia’.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;-    Tristemente, muy lejos estamos de ese bello lugar – ella le dijo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;-    Nada quisiera yo más – replicó él, luego de unos segundos, desde el suelo – que llevarte a donde tu gustaras, que salirnos de este hostil desierto, pero dime primero cómo te encuentras, que fuerte caída te has ganado, gracias a mí, y créeme que, aunque ahora no haya cosa que lamente más, el tiempo no vuelve atrás y solo me queda la humilde esperanza de enmendarme contigo en el futuro. Dime pues, ¿te duele el pelo? ¿la nariz acaso?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;-    Que tonterías dices, ¿es que no ves que me encuentro bien?, dolor no siento tampoco y deja ya de preocuparte en demasía y anímate un poco, que no es la vez primera que ese testarudo camello me arroja de su lomo – contestó la joven.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;Intentó entonces ponerse en pie, pero un mareo la detuvo a medio camino y un hilo de sangre brotó camuflado de entre sus rojizos cabellos y comenzó a bajar por su cara, recorriéndole la blanca frente primero, como una copa de vino derramada sobre una mesa de suave y frío mármol. Espectáculo tal infundió temor y culpa en el muchacho, que de un salto se puso en pie y agarrándola por el brazo procuró ayudarla a terminar de incorporarse y la acompañó hasta una gran roca, que se encontraba a escasos metros de distancia, donde se recostó ella. Asombrado, notó el joven que el rastro de sangre que iba dejando la infortunada sobre la estepa se poblaba al instante de verdes brotes de vegetación que comenzaban a batallar contra el áspero y cálido viento que los azotaba.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;-    Si mi sangre esparcida sobre este pequeño parche de tierra engendra esta vida… - comenzó a decir la joven con los ojos ya cerrados - ¿la sangre de los dioses sobre la tierra engendrará los grandes bosques que tanto añoro ahora recorrer?, ¿será un segundo del tiempo de los dioses lo que a nosotros se nos aparece como los años que demora un fuerte roble o un bello pino en madurar? Acaso para las hormigas y arañas que transiten esta desolación serán nuestros minutos las largas horas en que crezcan sus bosques, nuestro pasto, ¿verdad?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;-    Me confundes, ¿es que estás diciendo que eres la diosa de las arañas y las hormigas? – replicó su oyente sonriendo y prosiguió luego con más seriedad – Mejor será que descanses aquí por un rato, yo iré a buscar agua para lavar tu herida, pero, antes que nada, traeré a tu camello a tu lado, para que no te sientas sola. Hablando de eso, ¿tiene un nombre verdad? … ¿y tú?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;-    Hazlo… por favor, a pesar de lo que pasó, adoro su compañía… mi nombre… es Serra… y el suyo… Mageta… – dijo con dificultad la joven, ya casi desvanecida.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;-    Por cierto, yo soy Crovax – le susurró tiernamente el joven al oído.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;Comenzó entonces a alejarse, con el corazón bañado de preocupación y desconsuelo, por los efectos de sus actos, en busca de aquél animal que pudiera atenuar, aunque más no fuera una pizca, la pena de aquella joven a quien él había afligido. Sin embargo, pese a sentirse responsable, también se creía muy afortunado, de haber hallado a tan hermosa muchacha en tan grande lugar despoblado y el recuerdo de aquél primer encuentro con sus ojos lo llenaba de cálida alegría y genuino optimismo, que desterraban de su mente los angustiosos pensamientos, acerca de la gravedad de su estado.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;Empezaba ya a cubrirse la estepa con manto de estrellas, cuando dio con el esquivo camello, que se alimentaba cerca del cadáver de su caballo, ahora presa de los insectos y algunos pequeños reptiles, del otro lado de la concentración de arbustos. Se adentró un poco entre las plantas y lo tomó de las riendas, a lo que el animal reaccionó con rechazo y provocó que el muchacho se cortara el brazo con una rama en punta trabada entre unas rocas.  Chispas brotaron de la herida y las llamas de su sangre comenzaron a esparcirse, desde su cuerpo, hacía los troncos secos y las plantas. En un arrebato de inspiración, ahogó la herida velozmente en la tierra y tomó entonces al camello, con el brazo sano, que esta vez se mostró dócil, infundido de temor por el fuego que comenzaba a avivarse cerca suyo, y se alejó con él de allí.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt; Para cuando regresaron, ya en plena noche, el fuego devoraba casi todo el matorral, iluminando los alrededores, que se veían recorridos fugazmente por los animales que huían de la roja amenaza. Observó que la muchacha seguía durmiendo y dejó al animal a su lado, que ya lejos del peligro se limitó a refunfuñar un poco y echarse en el suelo a descansar.  Los ruidos del jamelgo provocaron que Serra esbozara una sonrisa, conmoviendo el corazón del joven, que la contempló placenteramente por largo rato, como si bebiendo miel estuvieran sus ojos, mientras pensaba dónde podría encontrar algo de agua. A su alrededor no vislumbraba más que árida planicie manchada intermitentemente de arbustos y menos que nada anhelaba alejarse demasiado de Serra. Tampoco en los restos del rústico campamento quedaba reserva alguna. Volvieron a su mente entonces las extrañas preguntas que hiciera la muchacha tiempo atrás y comenzó a reflexionar sobre ellas. ‘Si nuestros vastos bosques son una diminuta pastura de los dioses, también nuestros profundos océanos han de ser nimios a sus pies… si agua es lo que deseo una gota de los dioses es lo que necesito… hacer llorar a un Dios es lo que he de hacer, pues’ resolvió finalmente Crovax y se dispuso a idear la forma en que le arrebataría un sollozo a una deidad.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;Pasadas horas de larga meditación, recorriendo cuantas pudiera de las insondables ramificaciones de su imaginación, se desnudó completamente, antes de que rayara el alba y cubierto ya no más que de esperanza y abnegación se procuró una piedra con borde afilado, besó los ojos de la muchacha que dormía, ahora en fiebre, y comenzó a adentrarse en la estepa.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;Se dejó caer pesadamente en el punto más desolado que pudo encontrar y se acomodó, cruzadas las piernas y derecha la espalda, asemejándose al comienzo de una meditación. Inhaló entonces, cuanto aire pudieron robarle sus pulmones a la estepa, y comenzó, piedra en mano, a cortarse a sí mismo. Cada herida la hacía con tanta fuerza como tenía en brazos y cada grieta en su cuerpo le devolvía el calor de roca fundida que baña la piel, no pudiendo, sin embargo, hacer ignición con sí mismo. Cada grito salvaje que contenía era una lágrima que lo desbordaba. El velo negro de la noche se rasgaba por el brillo de su sangre y así, pasadas las horas, llegó a opacar el fulgor del matorral con su tormento, pero no pareció conmover voluntad alguna, ya que la estepa seguía tan árida y el cielo tan deshabitado de nubes como siempre.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;Al mediodía siguiente, mientras sus heridas eran acariciadas por los inclementes rayos del Sol y rememoraba incontables leyendas, intentando vanamente comprender a los dioses, escuchó un leve sollozo, casi fantaseado, que iba rompiendo en llanto y una sonrisa se dibujó en su demacrado rostro. Poco le duró, sin embargo, su alegría, dado que lluvia no sentía sobre su piel y truenos no resonaban en sus oídos. Al abrir los ojos no vio otra cosa que a Serra que se acercaba, tiritando y con mucha dificultad, hacia donde se encontraba él, con esos grandes ojos llenos de lágrimas, cual perlas cubiertas por el agua del mar.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;-    ¿Qué estás haciendo? ¿Es que acaso perdiste el juicio? – preguntó la joven, con la voz repleta de tristeza.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;-    No deberías caminar, tienes que descansar hasta que te recuperes. Mi alma puede tolerar este sufrir, pero con lo que sé, con seguridad, que no podría vivir es con la pena de tu morir por mi causa – le respondió el, intentando mostrarse entero todavía.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;-    Cuando desperté y a mi lado ya no estabas fui víctima del temor, si vine es porque no deseo verte sufrir, ¡mira tu cuerpo!, estás ya peor que yo ¿qué ganaremos con esto? Volvamos, pues si de morir hemos en este desierto, al menos compartamos nuestros últimos días cerca y ten también por seguro que entonces yo moriré feliz– continuó ella.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;-    Si hago esto es para intentar salvarnos… sin agua, como bien auguras, no muchos son los días que nos quedan… es por eso que, recordando cuanto me habías dicho sobre tu sangre, tome la decisión de hacer llorar a los dioses, para que tengamos de beber tú y yo ya más que tierra seca – contestó él, inmutable todavía en la misma posición.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;-    ¡Es una locura! ¿es que acaso crees que puedes comprender a los dioses? ¿cómo sabes siquiera que puedes llegar a ellos? No quiero que alguien más muera en vano… por mí… – dijo finalmente Serra, con lo último de sus fuerzas, y se rindió al desmayo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;Se incorporó torpemente entonces Crovax y la llevó, sobre su espalda, hacia refugio nuevamente. Sus brazos plagados de tajos y viciados de su fortaleza original apenas pudieron con su cuerpo. Cuando estaban ya cerca, ella recuperó parcialmente la conciencia y le susurró que se dirigiera en dirección a otra formación rocosa, a unos cien metros de distancia, y le pidió que le asegurara que, fuese lo que fuese que allí viera, no la iba a dejar sola. Su voz para él era ya lo que el fuego a la cera, por lo que simplemente asintió resolutamente y luego, combatiendo contra el cansancio y el dolor, como si sacra reliquia fuera lo que cargara, se abrió paso hasta aquellas piedras. A medida que se aproximaban, empezó a temblar ella con más intensidad y a respirar con agitación. Llegaron, finalmente, y descubrió allí Crovax la raíz de la tensión que afligía aún más a Serra. El cadáver de un hombre yacía, de brazos y piernas abiertas, sobre las rocas. La repulsión los asaltó de improviso a ambos: el cuerpo había sufrido los estragos de la fauna y el clima y era ya bastante difícil decir que había sido un hombre en vida, a no ser por los restos de sus ropas y un Ankh que colgaba de su pecho, separado de su cabeza y una de sus piernas.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;Hastiado del lúgubre escenario, retornó Crovax con su compañera, al antiguo destino previsto.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;-    ¿Quién era ese hombre? – preguntó él, con cierto temor, cuando hubieron regresado.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;-    Murrow era su nombre… quien me trajo hasta aquí, es decir, quien conducía la caravana… - replicó Serra entre llanto.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;-    ¿Qué le pasó, pues? ¿Cómo es que le llegó una muerte tan violenta? –siguió inquiriendo Crovax, recordando en su mente al óbito desmembrado.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;-    Fue… mi culpa… a eso me refería antes… encontré una pequeña lagartija tomando Sol sobre una roca y la envolví en mis manos para enseñársela, pero cuando la solté sobre las suyas era… ¡un escorpión! ¡un escorpión que lo picó y le causó la muerte! No puedo explicar qué sucedió… pues por mi alma puedo jurar que no tuve intención de hacerle mal… pero que pereció es lo cierto y no hay nada ya que pueda hacer para cambiarlo – prosiguió ella, resignada.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;-    No comprendo tampoco qué pudo haber acaecido aquél negro día – le dijo él, al tiempo que la abrazaba, brindándole consuelo a su corazón – pero he de decirte que ni por un segundo dudaré de tus palabras, así que puedes estar tranquila sobre eso. Recuéstate y duerme un poco, ya no pienses en él más, ni en mí. Conserva fuerzas solamente.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;Y volvió Serra a sucumbir al sueño. En la mente de Crovax seguía inmutable la idea de tocar el alma a los dioses, a su parecer la única viable ruta para la salvación de su amada, por lo que se preparó para volver a intentarlo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt; Fue aquella una noche más fría que lo habitual, como congelada estaba la estepa por la luz de una luna llena, que se lucía majestuosa e imperante en el cielo, rodeada de infinitas estrellas, que parecían haber venido acompañándole,  a presenciar el terreno espectáculo del infortunio de un mortal. Se dirigió entonces Crovax, a los ojos de esa luna y entre el susurro de aquellas estrellas, con el cuerpo desnudo y fatigado, mas con voluntad incansable y renovado deseo, hacia una extensa área de matorral que había descubierto detrás de las rocas que hacían ahora a la tumba del conductor de caravanas. Fue internándose progresivamente, y cuanto más avanzaba más le rasgaban la piel las secas ramas y las duras espinas, provocando que dejara a su paso una estela de fuego tal, que hubiera opacado al Sol mismo en su viaje diario al ocaso, y comenzara a gestarse un voraz incendio. Cuando llegó finalmente, después de atravesada muy larga distancia, al centro, alzó los brazos al cielo y su alma comenzó a arder lo que no podía su cuerpo, que, no sin menos pesar, era de todas maneras abrasado por las llamas. No pudo mantenerse en pie por mucho más, y el resto de la noche, que pareció durar lo que un milenio, la transcurrió revolcándose entre el fuego y las brasas, asfixiado por el negro humo. Mas con tal brutal fortaleza y esmero, no lograron terminar de consumirlo o ahogarlo por completo y se extinguió antes el incendio en derredor suyo que la última llama de su vida. Casi privado de fuerzas, se rindió al desmayo con la sola esperanza en su corazón de sentir pronto el dulce beso de las gotas de lluvia sobre su espalda que, ahora tornada rojinegra, quedaba exhibiéndose al cielo como retrato vivo de su padecer.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt; Tristemente, no fue otro que el Sol quien lo despertara al mediodía, reavivando el ardor en su carne y el descontento en su alma. Con mucho esfuerzo, se volvió hasta quedar de frente al astro, a cada centímetro le torturaba la fricción entre su desgarrada piel y la dura tierra, y presa de la ira no hizo más que maldecir a los dioses con cuanto aliento pudo encontrar en su vapuleado cuerpo. Pronto, sin embargo, debió contener la rabia y comenzar a arrastrarse, con sumo dolor, entre ceniza y asperezas, lejos de los insectos que comenzaban ya a alimentarse de sus heridas. Algunos buitres volaban en círculos sobre él, acompañando su patética marcha y anunciándole la futura desdicha que se avecinaba. Logró, pese a todo, después de interminables y penosas horas de andar por el suelo como bestia, llegar hasta donde recostada yacía Serra. Utilizando la poca fuerza que le quedaba, se sentó a los pies de la roca en que ella dormía y aguardó allí a su fortuna entre lágrimas de frustración e impotencia. Verdaderamente parecía imposible concebir a alguien que sufriera más que él. Despertó ella entretanto, al escuchar el llanto de quien había entregado ya todo de sí para su bienestar. Descendió entonces, merced también de sus últimas energías, a su lado y se sentó luego sobre él. Le acarició llena de pena la corrompida piel y le besó, con todo amor y vida cuanto corrían aún por sus venas. Por azar o divino designio, entonces fue justo a caerle sobre los labios a él una gota de la sangre de su herida, suscitándole una convulsión fortísima que la arrojó lejos de su cuerpo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt; En pie se puso dificultosamente Crovax, víctima ahora de un temblor implacable que le arrebataba el control de sus miembros. No más que unos pasos llegó a dar, sin embargo, cuando como una montaña le quedaron rígidas las piernas. Confuso, no pudo más que contemplar el estupor de Serra que lo observaba, con sus verdes ojos abiertos plenamente, inmóvil, desde el suelo. Los pocos vellos que todavía poblaban su piel descascarada comenzaron a extenderse y bajar a través de su cuerpo hasta perforar la tierra y descender en ella. No podía ya separar los brazos o las manos del cuerpo y sentíase explotar por dentro. Pronto su piel se fue tornando marrón y dura, como templada por aquellas tempestuosas noches de infierno. Comenzaron a estirarse su pecho y su cuello y a salirle de la cabeza largas, muy largas mechas de cabello azul. Pasados apenas unos minutos, su cuerpo se había transformado en el tronco imponente de un gran sauce, de cuyas ramas brotaban miles de largas hojas color zafiro. Gritó Crovax con toda su alma durante el proceso, pero no escapó sonido alguno de su nuevo soma.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;Se acercó Serra a rastras, cargando con el pesado lastre de la enfermedad y la culpa, a la base del majestuoso árbol, que ahora se erigía dominante entre la flora de la estepa. Pero la detuvo nuevamente el terror, cuando observó estallar en llamas a la tupida copa del particularísimo sauce. Lo vio incinerarse, pero sin consumirse, como si el fuego no hiciera otra cosa que vestirlo gentilmente de fina seda carmesí; mas no pudo, merced compasión divina por su alma, darse cuenta del indescriptible martirio que implicaba aquél arder para Crovax, ya que inmutable se mantenía anclado a la tierra y solo sus delgadas ramas y las flamas que hacían a sus hojas se movían, al ritmo del viento, que comenzó a soplar con creciente intensidad, embelleciendo todavía más, si es que tal cosa era posible, la danza de su tormento.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;Entretanto, para satisfacción del caro anhelo de los amantes, el cielo se pobló de grises y negras nubes, que rompieron el tenso silencio del ambiente, alimentado por el mudo lamento de Crovax, con el rugido de sus truenos y pronto se desencadenó una violenta tormenta que bañó entera a la estepa. Al tocar las gotas la tersa piel de Serra, erradicaron al instante de su cuerpo el malestar y le devolvieron la vitalidad, mas no pudieron hacer nada por lavar el pesar de su alma al contemplar que el árbol seguía en llamas, evaporando con indiferencia a cualquier gota que sobre él pretendiera posarse. Se puso en pie entonces ella y abrió plena su boca, de cara al cielo, para beber hasta saciarse de la bendita lluvia que aquél abnegado joven le había procurado.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;-    Querido Crovax – comenzó a hablar al árbol la empapada muchacha - mi vida la debo a tus esfuerzos, que soberano mal te han significado, y eso me llena de tristeza, tanto como ahora esta lluvia salada inunda la tierra. Pero lo que más duele es saber que nunca podremos ya recorrer juntos los místicos senderos de los bosques de Llanowar, donde moran los bellos elfos y la vida florece entre caudalosos ríos y cristalinas cascadas, y que atado quedas al sufrir que por mí has escogido. Solo quisiera, pues, por el amor que ahora te tengo, liberarte de tu condena.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;Y como si en el cielo mismo hubieran hecho eco esas palabras, por la justicia de su amante, vino de inmediato un relámpago a darle al sauce una estocada mortal que lo dividió en dos, extinguiéndose así, finalmente, su anaranjado resplandor. Serra cayó tendida ante sus restos y entre lágrimas y desesperación cortó una de sus muñecas para intentar revivirlo con su sangre, pero no surtió el efecto deseado y comenzó a sentirse desvanecer, hipnotizada por un extraño sonido que la invadía desde la lejanía…&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-weight: bold;font-size:100%;" &gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div  style="text-align: right; color: rgb(255, 255, 255);font-family:georgia;"&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;span style="font-weight: bold; color: #ff8080;font-size:100%;" &gt;PARTE II - Despertar&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify; color: rgb(255, 255, 255);font-family:georgia;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-family:georgia;font-size:100%;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;Abrió el joven los ojos y apagó el despertador, que sonaba incansablemente a su lado. El reloj daba las diez de la mañana y los rayos del sol se colaban por las hendijas de la persiana de la pequeña habitación. Empezó después a despegarse las ventosas de la cabeza y refregarse un poco los ojos y observó, mientras lo hacía, el despertar de la muchacha que acostada estaba junto a él. Lo miró ella sonriente y le susurró que guardara silencio al tiempo que señalaba a otro hombre, que dormía todavía, en un sillón cercano a la cama. Procedió también a quitar de su cabeza las ventosas y las dejaron ambos en la pequeña mesa de luz, donde estaba también el reloj.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;-    Que sueño… raro… ¿no? – dijo en voz baja el muchacho, algo ruborizado.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;-    Déjame ver… no sabría decirlo, es que no puedo recordar nada de lo que soñamos, que raro – respondió la mujer intrigada, también procurando preservar el frágil silencio.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;-    ¿De qué hablas? ¡Es imposible que no lo recuerdes! – contestó él, sobresaltado.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;-    Cállate Alejandro, que vas a despertar a Sebastián – le reprimió ella.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;-    Entonces no te hagas la desentendida, María, bien sabes que la máquina garantiza que recordemos todo lo que soñamos. Sé que fue extraño y atemorizante, quizá hasta algo vergonzoso, pero no por eso podés negarlo – replicó Alejandro.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;-    Te digo que no me acuerdo, así que deja ya de molestarme por un tonto sueño, que esta noche tendremos otro. Desde el principio tuve mis dudas sobre esta máquina y a lo de ayer solo accedí para que me dejaras en paz, pero veo que no sirvió de mucho. La idea de compartir los sueños es muy atractiva, pero ya ves que ni siquiera funciona adecuadamente – añadió irritada María.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;-    ¡Es que no entendés! No fue CUALQUIER puto sueño. Fue un sueño muy particular… y… y es preciso que te acuerdes. No le eches la culpa a la máquina, que yo me acuerdo perfectamente y miles de unidades se vendieron ya en todo el mundo y si fueran tan defectuosas, como vos decís, no hubieran tenido tanto éxito. Incluso te voy a mostrar algo más, para que dejes de poner esa excusa – insistió Alejandro.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;Se levantó entonces de la cama y cruzó la habitación velozmente, hasta un escritorio con estantes, que estaba en una esquina del cuarto, mientras María daba un hondo suspiro y se dejaba caer pesadamente sobre el colchón. Abrió un cajón del mueble, donde habitualmente guardaba coloridas cartas de un complejo juego de mesa, al que solía dedicar largas horas años atrás, y revolvió entre ellas hasta que encontró un panfleto arrugado y lo tomó, entre satisfacción y desdén mezclados. Casi corriendo, retornó a la cama y se lo entregó, con expresión demandante, a María. Entretanto, Sebastián se había despertado y los observaba, algo extrañado, mientras procuraba desperezarse un poco. Arrancó ella el papel de las manos de Alejandro y lo contempló por un instante. Rezaba el panfleto ‘NUEVA máquina inalámbrica ONIR-ONx456. Comparta mágicas experiencias con sus familiares y amigos y recuérdelas por el resto de su vida tal y como si realmente hubieran sucedido, posibilidades ilimitadas a un precio…’ . Luego de leerlo María miró con desazón a Alejandro y tiró el papel al suelo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;-    No me importa lo que diga una estúpida propaganda, no estoy mintiendo, te digo en serio que no recuerdo nada – dijo ella, casi a los gritos.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;-    Es increíble que después de tantos años de conocernos me quieras hacer creer que mágicamente el aparato funcionó conmigo pero no con vos, hacete cargo de lo que soñamos y déjate de joder - le respondió él, también furioso.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;-    Bueno che, cálmense un poco – interrumpió Sebastián, que se paseaba en calzoncillos y medias por la habitación – que es demasiado temprano para andar peleando. Al fin y al cabo, ¿qué carajo es tan importante de ese sueño que querés que se acuerde?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;-    No puedo decírtelo Sebas, no es por vos pero… – contestó avergonzado Alejandro – es algo entre ella y yo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;-    Está bien, los dejo un rato a solas para que lo resuelvan y mientras preparo algo para desayunar, pero ténganse paciencia, que si escucho gritos llamo a la policía – decía Sebastián sonriendo, intentando transmitir calma a sus amigos, mientras se ponía unos jeans gastados que recogió del piso.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;Tomó de la mesa de luz luego Sebastián un colgante de Ankh y se lo ató al cuello, después de lo cual se acercó a María y la besó apasionadamente en los labios.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;-    Y vos… podrías tratar de hacer un poco de memoria ¿no? – le dijo finalmente y se retiró de la habitación, cerrando la puerta al salir.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;-    Ya se fue, ¿ahora lo vas a admitir? – preguntó ansiosamente Alejandro, un instante después de escuchar el sonido de la puerta al cerrarse.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;-    Basta, por favor, ¿qué tiene que ver Sebas en esto? Yo no tengo nada que admitir, vos vas a tener que aceptar la idea de que ese sueño forro se perdió entre la infinidad de otras noches sin sueños recordados, que son la norma – contestó María, enojada por su persistencia.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;Al escucharla, Alejandro se sentó vencido sobre el piso, en el medio de la habitación, víctima de la tristeza y la incredulidad. No podía terminar de asimilar la idea de que el sueño más hermoso que podrían haber soñado jamás, el que los acercaría a sus pasiones subyacentes, a sus deseos tácitos y, en fin, a su sublime amor, no lo recordara.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;Profundamente conmovida quedó María al contemplarlo y la gris figura que se lamentaba frente suyo aplacó la ira que la recorría y la movió a su lado, para abrazarlo por detrás e intentar darle consuelo a su angustiado corazón.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;-    Hay algo de mí que no sabe nadie… que solo sabía mi vieja… antes de morirse, que no sabe Sebas y que no sabes vos tampoco -  comenzó a susurrarle con dificultad María – algo que me aterra, pero que creo que puede aclarar lo que pasó y te lo voy a decir si así dejas de sufrir, pero tenés que jurarme, por nuestra amistad, que no se lo vas a contar a nadie. Ni a Dios cuando te mueras, ¿está bien?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;Asintió él, con el mismo semblante de templada resolución que había esbozado durante su sueño y llena de la misma confiada entrega prosiguió ella.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;-    Soy esquizofrénica – le dijo, en un susurro apenas audible, pero que entró en los oídos de Alejandro como el rugido del más feroz león – así que… -intentaba proseguir, con la voz trémula y el llanto casi incontenible – puede ser que ayer… en realidad, no fuera yo quien soñaba con vos.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;Por unos segundos más permanecieron así, algunas lágrimas de María corrieron por el cuello de Alejandro, que todavía más absorto se encontraba entonces.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;-    Puede ser que ayer, en realidad, fueras vos quien soñaba conmigo –logró únicamente parafrasear, con una sonrisa llena de melancolía y desesperanza en el rostro.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;Al escucharlo, rompió en llanto pleno María y salió corriendo de la habitación, motivada por el temor que le suscitaba el pensar en la inestabilidad inmanente a su condición y en lo frágil, confuso y peligroso que había resultado su ser para su amigo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;Tardó Alejandro un buen rato en volverse a poner en pie, y lo hizo para colocarse, abatido, frente a la máquina del sueño, que todavía permanecía encendida y con algunas luces titilando.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;-    ¿De haber sabido, de antemano, que me permitirías probar el más anhelado amor mío, durante una noche, para quitármelo luego, por siempre, te hubiera usado de todos modos? – le preguntó a la máquina Crovax Alejandro, al tiempo que oprimía el botón de apagado de la misma.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/_gQl8ah8Tr5M/SayVVzqqwZI/AAAAAAAAABI/nEAjENN2Dfc/s1600-h/crovax,_ascendant_hero.jpg"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: center; color: rgb(255, 255, 255); font-family: georgia;"&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/_gQl8ah8Tr5M/SayVVzqqwZI/AAAAAAAAABI/nEAjENN2Dfc/s1600-h/crovax,_ascendant_hero.jpg"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;img style="cursor: pointer; width: 146px; height: 200px;" src="http://4.bp.blogspot.com/_gQl8ah8Tr5M/SayVVzqqwZI/AAAAAAAAABI/nEAjENN2Dfc/s200/crovax,_ascendant_hero.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5308782262641934738" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/_gQl8ah8Tr5M/SayVWJF5E4I/AAAAAAAAABo/WQWZSxYVTCc/s1600-h/mageta_the_lion.jpg"&gt;&lt;img style="cursor: pointer; width: 146px; height: 200px;" src="http://4.bp.blogspot.com/_gQl8ah8Tr5M/SayVWJF5E4I/AAAAAAAAABo/WQWZSxYVTCc/s200/mageta_the_lion.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5308782268393264002" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/_gQl8ah8Tr5M/SayVV9RGPWI/AAAAAAAAABY/Sy_NS4bfH8M/s1600-h/serra_angel.jpg"&gt;&lt;img style="cursor: pointer; width: 146px; height: 200px;" src="http://4.bp.blogspot.com/_gQl8ah8Tr5M/SayVV9RGPWI/AAAAAAAAABY/Sy_NS4bfH8M/s200/serra_angel.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5308782265219038562" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/p&gt; &lt;div style="text-align: center; color: rgb(255, 255, 255); font-family: georgia;"&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://1.bp.blogspot.com/_gQl8ah8Tr5M/SayVV3bLDYI/AAAAAAAAABQ/pHOTeeLfl3o/s1600-h/birds_of_paradise.jpg"&gt;&lt;img style="cursor: pointer; width: 146px; height: 200px;" src="http://1.bp.blogspot.com/_gQl8ah8Tr5M/SayVV3bLDYI/AAAAAAAAABQ/pHOTeeLfl3o/s200/birds_of_paradise.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5308782263650684290" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://2.bp.blogspot.com/_gQl8ah8Tr5M/SayVWEpv-MI/AAAAAAAAABg/3q02YoXptH0/s1600-h/llanowar_elves.jpg"&gt;&lt;img style="cursor: pointer; width: 146px; height: 200px;" src="http://2.bp.blogspot.com/_gQl8ah8Tr5M/SayVWEpv-MI/AAAAAAAAABg/3q02YoXptH0/s200/llanowar_elves.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5308782267201484994" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;&lt;p class="MsoListParagraph"  style="text-align: justify; text-indent: -18pt; color: rgb(255, 255, 255);font-family:georgia;"&gt; &lt;/p&gt; &lt;a style="color: rgb(255, 255, 255); font-family: georgia;" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://1.bp.blogspot.com/_gQl8ah8Tr5M/SayVV3bLDYI/AAAAAAAAABQ/pHOTeeLfl3o/s1600-h/birds_of_paradise.jpg"&gt;&lt;/a&gt;&lt;p class="MsoListParagraph" face="georgia" style="text-align: justify; text-indent: -18pt; color: rgb(255, 255, 255);"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="line-height: 115%;font-size:14;"  lang="ES-AR"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"  style="margin-left: 18pt; text-align: justify; color: rgb(255, 255, 255);font-family:georgia;"&gt;&lt;span style="line-height: 115%;font-size:14;"  lang="ES-AR"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3880616522026186326-3197850674359862041?l=wickedlore.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://wickedlore.blogspot.com/feeds/3197850674359862041/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://wickedlore.blogspot.com/2009/03/la-maquina-del-sueno.html#comment-form' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3880616522026186326/posts/default/3197850674359862041'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3880616522026186326/posts/default/3197850674359862041'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://wickedlore.blogspot.com/2009/03/la-maquina-del-sueno.html' title='La máquina del sueño'/><author><name>Leander</name><uri>http://www.blogger.com/profile/10838958512352319107</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='27' height='32' src='http://www.chrisabraham.com/knights-templar.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_gQl8ah8Tr5M/SayVVzqqwZI/AAAAAAAAABI/nEAjENN2Dfc/s72-c/crovax,_ascendant_hero.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3880616522026186326.post-2937827794069452701</id><published>2009-02-25T12:22:00.004-02:00</published><updated>2009-03-24T15:24:25.314-03:00</updated><title type='text'>La caricia que condena</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;style&gt;  /* Style Definitions */  table.MsoNormalTable  {mso-style-name:"Tabla normal";  mso-tstyle-rowband-size:0;  mso-tstyle-colband-size:0;  mso-style-noshow:yes;  mso-style-parent:"";  mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt;  mso-para-margin:0cm;  mso-para-margin-bottom:.0001pt;  mso-pagination:widow-orphan;  font-size:10.0pt;  font-family:"Georgia";  mso-ansi-language:#0400;  mso-fareast-language:#0400;  mso-bidi-language:#0400;} &lt;/style&gt; &lt;!--[endif]--&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="font-family: georgia; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;El agua del mar cubría intermitentemente los pies de Agatha, que se encontraba sentada en la orilla, mirando a su padre nadar y jugando con la arena mojada. Pocas veces se había sentido tan feliz, la playa y la compañía de su padre eran dos de las cosas más preciadas para ella. A esto se le sumaba que era la primera vez que visitaba el Caribe y solo unos días atrás había sido su mítico cumpleaños número quince. La belleza del lugar la sorprendió en grado tal que pasaba día y noche contemplando el océano, recostada a sus puertas.&lt;b style=""&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="font-family: georgia; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;         &lt;/span&gt;Luego de un rato de hacer pozos y ver como los mismos eran rellenados en pocos minutos, decidió ir a nadar con su padre; se levantó, con algo de pereza, y comenzó a correr hacia él, buscándolo con la mirada, sin embargo, el mar ya no regresaba, se alejaba únicamente y por &lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;más que andaba ella a la máxima velocidad que sus piernas le permitían, no pudo alcanzarlo. La playa se tornó un desierto desolado. Algo desconcertada por lo sucedido, se dejó caer sobre la arena, puso sus manos detrás de su cabeza y se quedó contemplando el cielo: el sol brillaba y no había nube alguna que opacara su resplandor. Unos momentos después, unas gotas comenzaron caer sobre la cara de Agatha, volviéndola todavía más insegura… despertó. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="font-family: georgia; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;         &lt;/span&gt;Al abrir sus ojos, se dio cuenta que afuera llovía tempestuosamente. Se apresuró en salir de la cama y cerró la ventana después. Durante unos instantes se quedó observando como el agua golpeaba continuamente techos de casas y autos. Tenía una perspectiva privilegiada desde ese lugar. También desde allí pudo ver que eran las once y treinta de la noche, por el reflejo de su reloj. Se sintió presa del hambre, ya que se había acostado sin cenar, pero no hizo caso a aquel malestar y se sentó en la cama. Prendió un modesto reproductor de música, que tenía apoyado sobre una mesita contigua, y sacó una caja de cartón bastante grande de debajo de la cama. Dentro había fotos de ella y su padre, algunos libros, muñecas desgastadas y una caja más pequeña, de donde extrajo una botella de whisky barato, llena hasta la mitad. Cerró las cajas, se recostó y se puso a beber unos tragos.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="font-family: georgia; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;         &lt;/span&gt;Antes de que pudiera acabarse la botella alguien comenzó a golpear,&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;descaradamente fuerte, contra la puerta de su habitación.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 18pt; font-family: georgia; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;- ¿Quién es? – preguntó Agatha con tono indiferente, mientras tapaba la botella y la metía nuevamente bajo la cama.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 18pt; font-family: georgia; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;- ¿Quién va a ser, tonta? Por favor, abrime ya esta puerta que necesito decirte algo – replicó una voz femenina.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 18pt; font-family: georgia; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;- En un segundo Erica, dame un segundo sin que te exasperes – respondió Agatha, al tiempo que se ponía en pie y cruzaba el río de cds, papeles y revistas, que cubrían casi la totalidad del piso de su pequeña habitación, para llegar a la puerta.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 18pt; text-indent: 17.4pt; font-family: georgia; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Soltó el cerrojo y en un momento la puerta se abrió completamente, empujando a Agatha hacia atrás. Tropezó y cayó en el suelo. Entró la otra mujer a la habitación, prendió la luz y comenzó a mirar, con desconfianza e impaciencia, cada rincón del precario cuarto de Agatha. Finalmente la vio tendida en el piso y con expresión de descontento en su rostro le dijo:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 36pt; text-indent: -18pt; font-family: georgia; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;-&lt;span style=""&gt;         &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;No sé cómo tenés el atrevimiento de tratar así a tu madre… bueno, por lo menos no hay olor a droga en tu habitación hoy.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 36pt; text-indent: -18pt; font-family: georgia; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;-&lt;span style=""&gt;         &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Desde ya que no hay – le dijo su hija mientras se incorporaba sin ayuda.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 36pt; text-indent: -18pt; font-family: georgia; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;-&lt;span style=""&gt;         &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Dale nena, no tengo toda la noche – decía Erica, mientras Agatha se sentaba en la cama – toma esta plata y tráeme dos paquetes de cigarrillos, que se me acabaron hace un rato.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 36pt; text-indent: -18pt; font-family: georgia; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;-&lt;span style=""&gt;         &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Ahora te los traigo – contestó la hija, su voz transmitía tristeza y frustración.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 36pt; text-indent: -18pt; font-family: georgia; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;-&lt;span style=""&gt;         &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Arréglate un poco antes de irte por favor, nadie te pide nada, pero, cuando menos, no me hagas quedar en vergüenza.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 35.4pt; font-family: georgia; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Agatha suspiró, se desnudó íntegra y se puso un viejo pantalón, unas botas para la lluvia y una camisa negra. Entró en el baño, prendió la luz y se miró al espejo: su hermosa cabellera negra estaba muy despeinada y descuidada y el maquillaje, del mismo color, que adornaba sus ojos, diluido y corrido por el caer de sus lágrimas. “Que asco” pensó, y comenzó a lavarse la cara hasta que solo quedó el color blanco de su pálido rostro. Acto seguido se acomodó levemente el pelo y se pesó. Cuarenta y seis kilos exactos. Sonrió y salió del baño, pasó corriendo por la cocina – donde estaba su madre viendo televisión – y cruzó el umbral de la puerta principal. Cerró con un leve golpe, que parecía indicar su emoción por escapar, al menos por corto rato, de las discusiones con Erica.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 35.4pt; font-family: georgia; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Comenzó a bajar las escaleras del edificio – vivía en el sexto piso y hacía años que los ascensores no funcionaban – lentamente, escuchando las voces que provenían desde dentro de los otros departamentos. Ya por la hora, sin embargo, nadie parecía estar fuera de su hogar. Al llegar al segundo piso, Agatha se detuvo contra el marco de una gran ventana, enrejada por fuera, y se quedó mirando la calle unos segundos. Mientras lo hacía metió su mano en uno de los bolsillos de la camisa y comenzó a mover y jugar con un pequeño frasco de vidrio, que allí llevaba guardado. Finalmente se decidió a sacarlo y lo abrió. Vertió parte del contenido – un polvo blanco – sobre el marco de la ventana y lo contempló por unos segundos. Comenzó a sollozar. Sacó el billete de veinte dólares que le había dado su madre minutos atrás y formó una línea recta con el polvo, enrolló el papel y aspiró la cocaína. Todo preludio de llanto cesó y se sintió infundida de energía que la recorría velozmente. Agarró con todas sus fuerzas la reja de la ventana, inhaló profundamente y mientras comenzaba a soplar dio varios tirones a las barras, queriendo arrancarlas ilusamente. Bajó corriendo los dos pisos restantes y al salir se quedó inmóvil, al sentir las gotas que caían sobre su cuerpo. De pronto un trueno quebró el lúgubre silencio de aquella noche y la llenó de temor. Se recorría en ideas y fantasías de que la habían comenzado a seguir. Retomó nuevamente la marcha, corriendo todavía más rápido, en dirección a la pequeña tienda que estaba a dos cuadras de su edificio.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 35.4pt; font-family: georgia; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Al acercarse, comenzó a distinguir la luz del lugar, esto la tranquilizó y desaceleró un poco. Para cuando entró, ya estaba empapada y su aspecto sobresaltó al hombre que atendía la estación de servicio con despensa. Compró lo que le había sido encargado además de una botella barata de Vodka. Salió de la tienda y se fue a un costado, donde el techo todavía la resguardaba del castigo de la lluvia, pero donde también la luz casi era nula y nadie más se espantaría de verla; de cualquier modo en todo el recorrido no había visto a otra persona, a excepción del comerciante. Se sentó pensadamente contra la pared, abrió la botella, tomó un poco y la dejó a su lado. “Espero a que pare y vuelvo” se dijo y del bolsillo del pantalón sacó una cajita de plástico con dos cigarrillos de marihuana. Encendió uno y se quedó fumando y bebiendo por un rato, en total soledad.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 35.4pt; font-family: georgia; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Al terminar de fumar y de beberse casi todo el alcohol, se levantó, no sin bastantes problemas, y lanzó la botella casi vacía contra la pared del edificio continuo, que se encontraba abandonado desde que ella tenía recuerdos. El estruendo le arrancó unas carcajadas, que cesaron de inmediato cuando alguien apoyó la mano sobre su espalda. Sintió una angustia tan intensa, que parecía poder atravesar por el centro tanto su cuerpo como su espíritu y detenerlo en cuestión de segundos. Como instintivamente, poseída por aquel impulso, dio unos pasos hacia delante y volteó intentado sacudirse el temor de encima. Poco a poco lo fue identificando, reconociéndolo: medía aproximadamente un metro con noventa centímetros y vestía unos zapatos negros que relucían de lustre, camuflando la calidad mediocre y una larga gabardina negra, que parecía haber estado en contacto con el agua por varias horas, completamente cerrada, que solo dejaba entrever la parte baja de unos pantalones de vestir igual de corrientes. Una barba mal afeitada y una sonrisa altiva, que parecía querer imponer una idea de status y levantar por el cuello a cualquiera que, con razón o sin ella, quisiera cuestionarla, completaban lo necesario del sujeto. La angustia cesó en Agatha tan rápido como había irrumpido en su mente y en su lugar empezaron a germinar la desesperanza, la tristeza, el odio y aquel miedo, que en vano intentó abandonar momentos antes de conocer la identidad del curioso personaje.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="font-family: georgia; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;El hombre, de porte intimidante, se acercó nuevamente a ella y, manteniendo su distintiva sonrisa invariable, le dijo:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 36pt; text-indent: -18pt; font-family: georgia; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;-&lt;span style=""&gt;         &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Veo que no estás sorprendida de verme. ¿Me estabas esperando acaso?&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 36pt; text-indent: -18pt; font-family: georgia; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;-&lt;span style=""&gt;         &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;¿Por qué&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;te estaría esperando a vos? – le dijo Agatha intentando mostrar, sin éxito, una relativa templanza.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 36pt; text-indent: -18pt; font-family: georgia; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;-&lt;span style=""&gt;         &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Creo que lo más indicado sería que no juegues a hacerte la indiferente… a menos, desde luego, que tengas la plata para cancelar nuestra deuda – le respondió el hombre irritado.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 36pt; text-indent: -18pt; font-family: georgia; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;-&lt;span style=""&gt;         &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Ya te dije ayer que no iba a llegar para hoy, Nathan, necesito más tiempo…&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;- decía Agatha, tratando ya solo de contener las lágrimas – no me es fácil reunirla.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 36pt; text-indent: -18pt; font-family: georgia; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;-&lt;span style=""&gt;         &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;¡No te endeudes entonces, estúpida! – le gritó Nathan entre risas – Agatha preció haber sido golpeada por el ímpetu de aquellas palabras, de modo tal que casi la tumban… - Bueno, bueno – prosiguió él finalmente, ya más sereno – se ve que no estás para una buena en esta vida, creo que si te quedaras sin alcohol y drogas no pasarían dos minutos antes de que te suicidaras.&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;Si quieres que considere otro plazo, acompáñame.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="font-family: georgia; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Después de haber dicho eso, Nathan pasó al costado de Agatha y siguió en dirección al edificio donde la botella había impactado. Por unos momentos ella permaneció quieta, intentando reunir fuerzas para sobrevivir a lo que se avecinaba. Al final volteó y comenzó a seguirlo. Las piernas le temblaban y tenía los hombros rígidos por la tensión, los mareos la hacían tambalear. Se mojó nuevamente al cruzar la solitaria calle y cuando llegó al otro lado, aquel que tantas veces se había mostrado comprensivo y amistoso cuando ella le compraba drogas, ahora abría de una patada una de las puertas podridas de ese sucio edificio, abandonado y consumido por el tiempo, y le ordenaba que entrara. Una vez que los dos estuvieron dentro, él la arrojó violentamente contra una pared húmeda y lodosa. Hubo silencio por unos segundos y luego solo el sonido del caer de la lluvia, y de sus pasos, acercándose. Sintió su respiración en la nuca y un frío que le llagaba a los huesos la puso todavía más tensa. Nathan apretó sus manos contra los hombros de Agatha y lentamente fue bajando, percibiendo cada respiración, cada temblor, cada sollozo. Le desabrochó los pantalones y se los bajó hasta los pies, comenzó a recorrer su cuerpo con las manos. Se detenía algunos instantes y proseguía, aumentando cada vez más el pánico en ella. Finalmente, comenzó a desabrocharse la gabardina y el cinturón, haciendo ruidos para que Agatha se diera cuenta, sin verlo; estaba de espaldas a él. Ella casi no podía respirar, lo hacía entrecortadamente y en intervalos muy irregulares. Luego de esa espera, que le pareció eterna y asfixiante, sucedió lo que más temía: sintió como la bombacha le fue prácticamente arrancada y su aborrecido opresor comenzó a penetrarla, despiadadamente. El sufrimiento físico y mental se le hacía extremadamente difícil de tolerar, cada tanto daba indicios de comenzar a llorar o gritar, pero se detenía al instante, porque ante tales señales su agresor no hacía más que incrementar la tortura. Dentro de ella confluían afectos y sensaciones descoloridas, percepciones teñidas y deseos opuestos, que la habían llevado casi al desmayo, solo uno fue momento de claridad, solo una percepción logró abrirse paso, plena e intachable, hirviente y a penas concebible: placer. Esbozó un principio de gemido, casi inaudible, pero lo suficiente como para suscitar una risotada en el atacante. Inmediatamente siguió un llanto incontrolable, por parte de ella, que ya ni siquiera podía sostenerse en pie y solo dejaba su peso en la pared y en las manos implacables e indiferentes del tormento. Lo último que sintió, fue una cucaracha, o al menos eso creyó, que caminaba por su brazo y su espalda luego. Víctima de un renovado terror, comenzó a retorcerse y forcejear, hasta que cayó al suelo estrepitosamente. Lejos estaba de poder incorporarse, simplemente permanecía quieta, con la mirada fija&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;y el cuerpo destrozado.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="font-family: georgia; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;         &lt;/span&gt;Nathan quedó satisfecho, sonreía complacido. Se arregló rápidamente la ropa y contempló unos segundos lo que quedaba tirado en el piso de aquella niña, que hacía algunos años atrás, había llegado a él queriendo comprar marihuana, que suponía para tolerar el abandono del tal Edward, si no recordaba mal, su padre. Ya hacía tiempo que en él imágenes como estas no engendraban más que desprecio, así que simplemente se retiró, procurando no ser visto casualmente.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="font-family: georgia; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;         &lt;/span&gt;Pasaron algunas horas más hasta que Agatha pudo ponerse de pie, volver a vestirse y comenzar a arrastrarse hasta su casa. En todo el camino casi no pudo dejar de llorar el odio que la recorría: hacia su madre, Nathan, el vendedor de la estación de servicio, que aparentemente no escuchó nada, pero en especial se odiaba a sí misma: la deuda, el sometimiento, el placer en que veía su última decadencia. Cuando finalmente llegó a su edificio, contuvo la respiración, se mojó la cara con la lluvia y el llanto comenzó, por fin, a ceder. Subió las escaleras con mucho esfuerzo mientras esperaba ansiosa que al llegar, su madre ya estuviera durmiendo. Entró, sigilosamente, en el departamento y se asomó primeramente a la cocina. Allí estaba Erica, frente al televisor. Volteó, la miró por unos segundos y no pudo distinguir nada muy en claro, debido a que solo la luz proveniente del televisor alumbraba, sin embargo, le dijo a su hija:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 36pt; text-indent: -18pt; font-family: georgia; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;-&lt;span style=""&gt;         &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;A veces entiendo por qué se fue Edward. Te mando a comprar algo a dos cuadras y volvés cuatro horas después oliendo horrible y, seguramente, no trajiste lo que te mandé, ni la plata. Menos mal que no puedo verte, creo que me moriría de pena.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="font-family: georgia; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Agatha tuvo deseos de asesinar a su madre, sin embargo no le quedaba energía ni para algo que al momento parecía necesario lógicamente. En cambio, corrió hasta el baño, se quitó la ropa y se quedó bajo la ducha, hasta el amanecer. Cuando los rayos del sol comenzaron a pasar a través de un pequeño tragaluz en el techo del baño, salió de la tina, se secó un poco y ya completamente exhausta, recorrió un último tramo, para caer rendida al sueño, todavía desnuda, sobre la cama.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="font-family: georgia; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;         &lt;/span&gt;Al abrir sus ojos, percibió que había parado de llover y ya era plena la noche, de aquel nuevo día. Miró su reloj, que daba las diez en punto y se quedó unos minutos más tendida sobre la cama. Su rostro carecía de expresión precisa, solo daba indicios de desconsuelo y apatía, se asemejaba más al molde de una joven que a la joven misma. Salió de su habitación buscando a su madre, pero no estaba por ninguna parte de la casa. Por un momento la idea de Erica siendo torturada y asesinada por el traficante – no solo una vez la había amenazado con algo semejante – recorrió su mente y se sintió entre el alivio y el temor, o una condensación de ambos. De cualquier manera, desestimó la idea enseguida, ya que también era usual que su madre fuera a visitar a alguna de sus vecinas. Pronto volvieron los recuerdos de la noche pasada y decidió que ya había tenido suficiente. Todavía desnuda, se terminó el whisky que le quedaba, se fumó su último cigarrillo de marihuana, se cambió y salió posteriormente a recorrer la ciudad.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="font-family: georgia; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;         &lt;/span&gt;Pasó por muchos bares y boliches, en todos se reencontraba con viejas amistades y todas la ayudaban a mantenerse alejada del pesar de su memoria. En uno de esos lugares, sin embargo, también fue vista por uno de los contactos de Nathan,&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;que no tardó en advertirle que&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;quien supuestamente sufría mucho por no poder pagarle, andaba de juerga por el centro de la ciudad, sin la menor preocupación.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="font-family: georgia; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;         &lt;/span&gt;Cuando dieron las cinco de la madrugada Agatha difícilmente podía mantener el rumbo. Volvía a pie del último lugar donde había estado y le quedaban unas veinte cuadras todavía por recorrer. Ya cuando estaba más cerca, divisó la pequeña capilla, ahora abandonada, donde había sido bautizada. Sin dudarlo, entró por una ventana, que estaba mal tapiada, y se recostó en una de las gradas, semi destruidas, que quedaban en el fondo del lugar. Durante algún tiempo se quedó recordando con alegría su niñez y las épocas en que podía comunicarse con su madre, se preguntaba si el abandono de su padre habría sido lo único que socavara su relación. Mientras se perdía en estas reflexiones, casi se quedó dormida, pero un fuerte estruendo la sobresaltó. Se sentó y observó que la estatua de Jesús crucificado que colgaba sobre lo que quedaba del antiguo altar se había desprendido, revelando un enorme agujero en la pared, que daba a la calle, y cayendo al suelo, aunque sin dañarse. Miró hacía la abertura unos minutos más, en un momento le pareció ver una luz que venía desde afuera, sin embargo nunca existió o desapareció rápidamente, así que volvió a recostarse. No mucho después, volvió a ser perturbada por unos ruidos, esta vez, sin embargo, se trataba del sonido de la madera al resquebrajarse. Atemorizada, se incorporó y quedó atónita al ver como Cristo se había vuelto carne y trataba de liberarse, de la cruz a la que estaba clavado. Antes de que Agatha pudiera decidir si huir o permanecer allí, Jesús había logrado incorporarse y la contemplaba, apacible y sereno, aunque sus heridas permanecían abiertas y perdía mucha sangre, que tenía un olor extraño, a la vez conocido e indefinible. Comenzó a caminar hacia ella y Agatha, detenida por el estupor, no podía más que aguardar. Cuando estuvo a su lado, Cristo le acarició el pelo, manchándolo de sangre y le sonrió tiernamente.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 36pt; text-indent: -18pt; font-family: georgia; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;-&lt;span style=""&gt;         &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;¿No hay nada que quieras decirme? – preguntó,&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;con una voz que apaciguó los temores de Agatha. Esta tardó unos instantes en responder, miles de preguntas y oraciones le venían a la mente y le parecía imposible decidirse. Finalmente dijo, al tiempo que las lágrimas le mojaban las mejillas:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 36pt; text-indent: -18pt; font-family: georgia; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;-&lt;span style=""&gt;         &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Perdón.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 36pt; text-indent: -18pt; font-family: georgia; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;-&lt;span style=""&gt;         &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;¿Perdón? ¿Por qué habría de perdonarte yo? – le replicó él.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 36pt; text-indent: -18pt; font-family: georgia; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;-&lt;span style=""&gt;         &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Por mis pensamientos, mis actos, mi vida, todo – le contestó Agatha con dificultad.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 36pt; text-indent: -18pt; font-family: georgia; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;-&lt;span style=""&gt;         &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;¿Por qué lloras? ¿Por qué te preocupas? – decía Jesús, sonriendo ahora más acentuadamente - ¿Es que acaso creías que yo esperaba algo de ti? ¿Por qué sentiste una libertad semejante como una falla? ¿Sería que no llegó cómo tal? – Se sentó junto a Agatha y la abrazó, cubriéndola con su sangre, la besó en la frente y cerró sus ojos con la mano – Ya no es importante pensar en estas cosas por más tiempo, vamos a otro lugar.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 18pt; text-indent: 17.4pt; font-family: georgia; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Al abrir los ojos Agatha se encontró en la playa del Caribe junto a su padre. Él se levantó, se alejó unos pasos de ella y empezó a saludarla mientras le decía que pronto estarían juntos nuevamente. Ella lo contemplaba y se sentía feliz, tan solo por estar cerca de él. El viento comenzó a soplar con bastante fuerza y Agatha percibió que en cada ocasión que el viento la recorría, una parte de ella se volvía arena y se perdía volando. Esto no la inquietaba, por el contrario, la idea de formar parte de aquel paraíso eternamente la llenaba de júbilo. Pronto ya no quedó nada del cuerpo de la joven Agatha…&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 18pt; text-indent: 17.4pt; font-family: georgia; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;         &lt;/span&gt;Erica despertó algo tarde, cerca de las nueve, ya que había vuelto pasada la medianoche, de jugar a las cartas en lo de una de sus amigas. Mientras se preparaba el desayuno, encendió el televisor y sintonizó un canal de noticias. Al parecer alguien había incendiado una antigua capilla abandonaba y dos dotaciones de bomberos trabajaban para apagarla. Cuando la cámara enfocó de cerca el lugar, lo reconoció al instante…&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3880616522026186326-2937827794069452701?l=wickedlore.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://wickedlore.blogspot.com/feeds/2937827794069452701/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://wickedlore.blogspot.com/2009/02/la-caricia-que-condena.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3880616522026186326/posts/default/2937827794069452701'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3880616522026186326/posts/default/2937827794069452701'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://wickedlore.blogspot.com/2009/02/la-caricia-que-condena.html' title='La caricia que condena'/><author><name>Leander</name><uri>http://www.blogger.com/profile/10838958512352319107</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='27' height='32' src='http://www.chrisabraham.com/knights-templar.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3880616522026186326.post-1624315762831295635</id><published>2009-02-25T00:50:00.018-02:00</published><updated>2011-01-25T12:39:04.964-03:00</updated><title type='text'>Ira Invernal (Wintry Rage)</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if gte mso 9]&gt;&lt;xml&gt; 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El golpe seco de su hacha se esparcía un poco, tímidamente, para luego desvanecerse en la inmensidad del bosque de pinos cercano. Se detuvo por un momento para descansar, respiraba muy dificultosamente y los brazos le dolían. Cuando se disponía a retomar con su labor, escuchó el crujir de una rama, cerca de la arboleda y, al elevar la mirada por encima de los maderos, vio a dos lobos que olfateaban curiosos y, poco a poco, iban hacia el granero. Rápidamente, se dirigió en la misma dirección, aunque nevaba despiadadamente y los depredadores se movían mucho más hábilmente que él, sin hundirse ni agitarse. Por fortuna, se asustaron ante los gritos y gestos con el hacha, que Iván hacía mientras procuraba llegar, y salieron corriendo a los interiores del bosque, perdiéndose de vista en pocos segundos. Ya más tranquilo y aliviado, Iván entró al granero, dejó el hacha al costado de la puerta y comenzó a revisar a cada una de sus trece ovejas, para indagar si alguna había sido herida, aunque le resultaba una posibilidad lejana, dado que creía que habría escuchado el alboroto. Cuando terminó, y comprobó que todas estaban sanas, se sentó un momento para recuperar el aliento y, a continuación, tomó una vieja escopeta, que allí tenía guardada, y salió del lugar. Se internó escasos metros entre los árboles y disparó al aire dos veces, con la clara intención de mantener a los intrusos a raya, al menos por un rato. Volvió y tiró el arma en una esquina. Les dio de comer a sus lanudos animales, que estaban bastante atemorizados por los estruendos, y salió finalmente, exasperado, en busca de un poco de paz en su morada.&lt;br /&gt;     Presurosamente, motivado por el cruel frío que lo recorría, transitó los casi veinte metros que separaban el granero de la modesta cabaña. Cruzó el umbral, cerró la puerta tras de sí y se quedó contemplando unos instantes, desde allí, a su hermosa esposa Elena y a su hija Maryana, que estaban recostadas, cerca del calor. Se aproximó y depositó dos leños, que traía consigo, junto a la estufa, y notó que sólo la pequeña permanecía dormida, mientras que su mujer abrió los ojos y lentamente fue incorporándose. Lo miró fijamente, y con una sonrisa le agradeció todo su esfuerzo. Lo besó luego suavemente y se acomodó un poco la rojiza cabellera. Con un gesto le indicó a su marido que no hiciera ruidos fuertes, ya que su hija descansaba apaciblemente, y volvió a tenderse junto a ella, sobre una cálida piel de oso marrón, que el mismo Iván había matado años atrás. Él se sentó a la mesa, luego de colgar el abrigo, y se sirvió medio vaso de vodka, para intentar recuperar algo del calor que le había sido arrebatado. Junto a una lámpara de aceite Elena le había dejado una píldora y el diario, de hacía tres días. Tomó el medicamento y se puso a leer el periódico.&lt;br /&gt;    Tiempo después algo distrajo a Iván de su actividad; notó olor a humo y se levantó de la silla para ir a examinar la estufa. Al ponerse en pie se sintió algo mareado, sin embargo, logró comprobar con la mirada que era efectivamente desde donde intuía que provenía el malestar. No le pareció nada raro, ya que la pequeña chimenea solía taparse de hollín y tierra. Se aproximó luego y la movió un poco, intentando destaparla, y se dirigió a la cocina, para abrir una pequeña ventana. Cuando lo intentó, descubrió que estaba congelada por fuera y no se desplazaba un centímetro, si bien se esforzó intensamente en ello. Mientras pensaba qué hacer, notaba que el humo se expandía, cada vez más en el ambiente. Casi corriendo, pero todavía intentando preservar el delicado silencio, pasó nuevamente cerca de la estufa y volvió a sacudirla, en esta ocasión con más intensidad, mientras en voz baja murmuraba algunos insultos. Trabajosamente, subió las escaleras e intentó abrir el ventanal de la habitación principal, pero también estaba atorado. Bajó corriendo, ya agitado y sin preocuparse por el ruido, pensando que probablemente el problema estaría solucionado, para darse ánimos y no perder la calma. Se paró frente a la vieja y gris salamandra y vio como ésta seguía exhalando un vapor negro y desagradable, sin dar el menor indicio de culpa alguna. Tomó uno de los leños y le propinó una buena patada, para dirigirse luego hacia la puerta principal, con intención de dejarla entreabierta para purificar el aire. No habiendo dado más que unos pasos, escuchó un agudo crujido, seguido de un fuerte golpe. Volteó y, sorprendido, observó que el calorífero se había desprendido de la chimenea y caído de costado, abriéndose y expulsando el carbón y madera ardientes que contenía, en el lugar donde su esposa e hija dormían. Maryana despertó dando un alarido, que conmovió profundamente el corazón de su padre. Ascuas blancas habían caído sobre su tersa piel, y la quemaban, provocándole un dolor a penas figurable por intermedio de tales gritos. Su madre despertó también al instante, e intentó socorrerla, pero percibió, horrorizada, que un trozo de carbón le había abrasado la pierna, en el muslo, y que su pelo comenzaba a arder rápidamente, por una astilla de madera encendida, que se posó sobre su cabeza. Se incorporó velozmente y fue hacia la puerta, con la esperanza de aliviarse de aquella inminente amenaza, sumergiéndose en la nieve. Sin embargo, tropezó con el otro leño, y su cráneo golpeó fuertemente contra el borde de la mesa.&lt;br /&gt;    Iván corrió azarosamente unos momentos, desconcertado y sin saber qué hacer, y quedó luego anclado en inerme estupor, bajo el marco de la puerta de la cocina. Quería moverse y ayudarlas, desesperadamente y con todas sus fuerzas, pero los músculos permanecían en una tensión inmutable, y así fue condenado a presenciar como el carbón había dejado en carne viva la piel virgen de su pequeña hija, ahora inconsciente, por quedar exhausta de gritar y estar expuesta a semejante dolor, y por la impresión de ver su cuerpo y el de su madre en tal estado. Era consumida sobre el altar flamígero que formaba la piel de oso llameante en que yacía, sin poder ya oponer resistencia al destino, lento pero inevitable, que la devoraba.&lt;br /&gt;    Obligado y encadenado a ver al amor de su vida, único atenuante de la soledad que primaba en su vida en la lejanía, madre de su única hija, ser destruida por el fuego, a ver su cara, cuya imagen tantas veces le había traído paz, ser corrompida y deformada por aquella fuerza incontenible. Fue demasiado. Lo que más asustaba a Iván era no saber si la caída había acabado con ella, o debería aún padecer la sentencia de la quema.&lt;br /&gt;    El fuego comenzó a extenderse hacia él y, movilizado por una fuerza que parecía provenir de lo más elemental y dominante del alma, saltó por encima del cuerpo flameante de su esposa y abrió la puerta de la casa. Seguido de ello, comenzó a correr hacia el granero. Ya no sentía nada, a excepción de los movimientos de su corazón, que latía aceleradamente. Al llegar, comenzó frenéticamente a buscar la escopeta, que no recordaba dónde había puesto. Las ovejas, asustadas, se golpeaban contra las puertas de sus corrales, incrementando el grado de su desesperación. Finalmente la vio, tirada contra un costado. Corrió hacia ella, la levantó y se preparó para el final: se sentó contra la pared, se quitó una de sus botas y puso el cañón del arma en su boca y el pie en el gatillo. Las lágrimas brotaban a borbotones de sus ojos que, sin poder centrarse en un punto fijo, parecían haber quedado atados eternamente a las imágenes de su esposa e hija víctimas del fuego. Los cerró con un último esfuerzo y presionó el gatillo. No sucedió nada. Una y otra vez perseveró en sus intentos, hasta que logró resignarse y aceptar que el arma estaba descargada. Con mucha dificultad, se puso en pie y la arrojó lejos de sí. Dentro de él ya no quedaba más que un mar tempestuoso, y las fuerzas de su cuerpo estaban a punto de extinguirse. Solamente deseaba el fin. Así, exhausto y cabizbajo, a penas pudiendo renguear, se acercó a la puerta del granero y contempló su morada: por dentro brillaban las llamas danzantes, que indiferentemente aniquilaban todo cuanto había amado y todo por lo que se había esforzado. El dolor se apoderó de él. Sentía una presión desmedida en el pecho, que lo sofocaba y comenzaba también a hacer fuerza contra su cuello y estómago. Un mareo le quitó la verticalidad y así, postrado en el suelo, no pudo soportar la náusea que lo atacó, y vomitó todo cuanto tenía dentro. Quedó inmóvil, como si tuviera un yunque sobre el torso, que le impedía erigirse, y su conciencia ya estaba casi desvanecida. Sentía llegar el final. Ya no había nada por hacer, no quedaba esperanza que pudiera levantarlo. Cerró sus ojos por última vez y decidió sólo esperar, mientras una y otra vez rememoraba los trágicos sucesos, y su cuerpo se secaba de lágrimas. Todo fue silencio, todo fue un lento, interminable desagote; únicamente podía escuchar el crujir, cada vez más fuerte, de unas ramas en el bosque…&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="font-family: georgia; text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal"  style="text-align: justify;font-family:georgia;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="font-family: georgia; text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal"  style="text-align: justify;font-family:georgia;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="font-family: georgia; text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal"  style="text-align: justify;font-family:georgia;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="font-family: georgia; text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal"  style="text-align: justify;font-family:georgia;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="font-family: georgia; text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal"  style="text-align: justify;font-family:georgia;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="font-family: georgia; text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal"  style="text-align: justify;font-family:georgia;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="font-family: georgia; text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal"  style="text-align: justify;font-family:georgia;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="font-family: georgia; text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal"  style="text-align: justify;font-family:georgia;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="font-family: georgia; text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal"  style="text-align: justify;font-family:georgia;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="font-family: georgia; text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal"  style="text-align: justify;font-family:georgia;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="font-family: georgia; text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal"  style="text-align: justify;font-family:georgia;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3880616522026186326-1624315762831295635?l=wickedlore.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://wickedlore.blogspot.com/feeds/1624315762831295635/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://wickedlore.blogspot.com/2009/02/ira-invernal-wintry-rage.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3880616522026186326/posts/default/1624315762831295635'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3880616522026186326/posts/default/1624315762831295635'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://wickedlore.blogspot.com/2009/02/ira-invernal-wintry-rage.html' title='Ira Invernal (Wintry Rage)'/><author><name>Leander</name><uri>http://www.blogger.com/profile/10838958512352319107</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='27' height='32' src='http://www.chrisabraham.com/knights-templar.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry></feed>
